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Red Internacional

La presencia de empresarias creció en las últimas décadas pero eso no tuvo impacto en la vida de la mayoría de las mujeres. La llegada a puestos de poder de una minoría se transforman en ejemplo de que es posible ser iguales. Pero ¿cuál es la realidad que enfrentan la mayoría de las mujeres?

Jueves 13 de mayo | 12:18

Las mujeres representan la mitad de la fuerza de trabajo a nivel global. Sin embargo, en América Latina, alrededor de la mitad de esas mujeres en edad de trabajar no lo hace y tampoco busca un trabajo a cambio de un ingreso.

En Argentina y Chile la tasa de participación de las mujeres es del 45%, en Bolivia del 66%, en Colombia del 50%, en México el 39%, Perú 51% y Uruguay 55%.
En nuestro país, de acuerdo a un estudio del 2020 de la consultora KPMG junto a la Revista Mercado, de las 500 empresas con mayores ingresos del país solamente el 8% de los cargos directivos se encuentran ocupados por mujeres.

La participación de las mujeres en sectores claves de la economía es muy reducida, como en construcción o transporte. Sin embargo existen ramas altamente feminizadas en todo lo que se refiere a salud, cuidados, educación o industrias de la rama alimenticia, con una participación promedio del 70%.

Y aquí se suma un factor más, a pesar de ser sectores en donde la mayoría son mujeres, los cargos de dirección son ocupados por varones. En este punto entonces es donde se incorpora el llamado “techo de cristal”.

Este término intenta explicar y visibilizar los diferentes obstáculos que impiden a las mujeres llegar a lugares de poder y de decisión. Nancy Fraser, feminista estadounidense, explicaba esta metáfora asegurando que podían romper este techo de cristal aquellas “mujeres más bien privilegiadas, con buena formación, y que ya poseen grandes cantidades de capital cultural y de otro tipo”.

Justamente las empresas cuya actividad industrial emplea en su mayoría a mujeres son las que intentan dar un “baño” de igualdad de oportunidades con algunos programas que poco o nada tienen que ver con las posibilidades reales de las mujeres que trabajan en sus fábricas.

Tal es el caso de Pepsico, la multinacional encargada de producir alimentos y algunas bebidas gaseosas. Hace unos días lanzó su campaña, que va por la 5ta. Edición, “Mujeres con Propósito”. Un programa que, de acuerdo a su propia definición, “busca acompañar y fortalecer la capacitación de mujeres para impulsar su desarrollo profesional, emprendedor, o capacidad de inserción laboral”.

Esta multinacional tuvo como CEO por más de una década a una mujer, Indra Nooyi, estadounidense de origen hindú, reconocida por el multiculturalismo en su compañía. Esta mujer individualmente pudo alcanzar los máximos niveles de éxito en los negocios dentro de la empresa, además de haber abierto las puertas a personas de color y a las mujeres al interior de la organización.

Sin embargo que una mujer esté al frente no se traduce de manera lineal en buenas condiciones de trabajo. Las obreras de Pepsico trabajaban con jornadas laborales de más de 12 horas, los fines de semana, descansos muy cortos, bajos salarios y condiciones de trabajo peligrosas.

En el 2017 la multinacional decidió cerrar una de sus plantas en el país dejando en la calle a 600 familias. Las trabajadoras y los trabajadores tomaron la fábrica para resguardar su fuente laboral hecho que desencadenó una brutal represión.

La lucha de LATAM

Rosario Altgelt, al frente de la aerolínea LATAM fue la responsable de llevar adelante un gran ajuste en esa empresa dejando en la calle a 1700 personas.

La CEO de LATAM afirmaba: “Me motiva muchísimo esto de llevar a la gente a cumplir sus sueños”. Pero su motivación nunca incluyó a las trabajadoras y los trabajadores de la compañía. Ella fue la responsable de enviar telegramas para presionar a las trabajadoras y los trabajadores a aceptar un plan de retiro voluntario.

Como contábamos en esta nota, el 8 de marzo de 2020 las trabajadoras de la aerolínea hicieron una asamblea de mujeres y la respuesta de la CEO fue contundente: “¿Me pueden explicar si creen que es gratis para la compañía atrasar vuelos de todo el día por una asamblea de mujeres?”, y cerraba con un, “Encima yo que soy mujer, más bronca me da porque no me banco el Día de la Mujer”.

Las trabajadoras de los viñedos

Un ejemplo más reciente puede ser el de la industria del vino. Una actividad importante en provincias como Mendoza en donde algunas pocas mujeres empresarias de las bodegas pudieron romper ese techo de cristal.

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Lo cierto es que el acceso a ese puesto tiene como contracara la explotación de cientos de mujeres en los viñedos, bodegas y fincas con condiciones laborales extremadamente precarias. Son consideradas “ayudantes” trabajando por temporadas cosechando, podando y atando. Sin embargo siguen siendo invisibles, negándoles la efectivización y de esa forma el acceso a derechos laborales elementales como licencias pagas, días de descanso, obra social y aportes jubilatorios.

Madgalena Viani, de Bodega Trivento, asegura que: “Respecto al aporte que hacemos nosotras, creo que no por ser de un género distinto somos diferentes. Depende del compromiso que le pongamos, la manera responsable de trabajar”.

La presencia de empresarias creció en las últimas décadas pero eso no tuvo impacto en la vida de la mayoría de las mujeres. La llegada a puestos de poder de una minoría se transforman en ejemplo de que es posible ser iguales. La realidad es que solo algunas pueden llegar al techo de cristal y romperlo, mientras la mayoría nunca sale del sótano.

Luego de la segunda ola feminisita, a partir de los años 80, los Estados y corporaciones asimilaron demandas y discursos para transformarlos en agendas propias en pos de la "ampliación de derechos".

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Esta herramienta de cooptación produjo que gran parte del movimiento de mujeres y los feminismos reemplazaran la lucha por la liberación de las mujeres por la igualdad de oportunidades. Esto no solo fue un simple cambio de consignas sino que significó abandonar el cuestionamiento del régimen social basado en la desigualdad y la explotación de la mayoría.

La idea de la lucha por la igualdad de género escindida de la crítica y el cuestionamiento del que hablábamos fue utilizada hábilmente por los movimientos de derecha que, modernizando el discurso para hacerlo más "digerible", lo tomaron para terminar fortaleciendo valores conservadores.

Este feminismo liberal incomoda a muchas feministas pero pocas lo relacionan con ese proceso en el que las demandas abandonaban las luchas en las calles para entrar en ministerios, abandonando la lucha política por cambiar la sociedad de raíz, por acabar con la alianza capitalismo-patriarcado.

Para finalizar tomamos la reflexión de la filósofa inglesa Lorna Finlayson: “La pregunta importante no es si es posible que exista un capitalismo sin discriminación de género, sino si esa sería una igualdad por la que valga la pena luchar”.




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