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Red Internacional

Chile. ¿Puede Gabriel Boric cumplir la promesa de aumentar salarios aceptando las exigencias de los empresarios?

¿El gobierno cumplirá su promesa de subir los sueldos y reducir la jornada laboral? Estas se han planteado como medidas prioritarias según el gobierno. Sin embargo, pretende implementarlas tratando de quedar bien con los empresarios. “Hay que ponerse en los zapatos de los empresarios para poder avanzar” decía Izkia Siches. Es el momento de que la clase trabajadora imponga sus términos.

Fabián Puelma@fabianpuelma

Viernes 25 de marzo | 10:05

Una de las grandes promesas de campaña de Gabriel Boric fue subir los sueldos. Muchas y muchos trabajadores votaron por él con esta expectativa. Es un deseo cada vez más sentido, aunque menos alegre que antes porque los precios no paran de subir. Un aumento de sueldo sería, a esta altura, una medida urgente en defensa del salario frente a la inflación.

En los últimos seis meses el pan ha subido hasta un 30% y se prevén nuevas alzas por los efectos de la guerra en Ucrania. El precio del gas en Chile podría subir 22% en los próximos meses. Los combustibles ya han aumentado en un 30% en solo tres meses y se esperan nuevas alzas esta semana. No olvidemos que la inflación ya venía alta, anotando cifras que hace mucho no se veían. En enero el Índice de Precios al Consumidor (IPC) fue el doble de lo que esperaban los analistas. En febrero fue menor a lo esperado, sin embargo, los alimentos, bebidas no alcohólicas, vivienda y servicios básicos fueron los que más empujaron la cifra.

No es extraño, por tanto, que muchos trabajadores y trabajadoras se comiencen a preguntar cuándo se cumplirán las promesas de campaña. Quienes votaron por Boric de manera más convencida responden que hay que darle tiempo. Otros se ponen el parche antes de la herida: “no lo dejarán gobernar”. Pero todos acuerdan que las promesas se deben cumplir y los cambios tienen que llegar.

¿Qué pasará con el sueldo mínimo?

La promesa de campaña es llegar a los 500.000 chilenos (635 dólares) de sueldo mínimo de aquí al fin del mandato de Gabriel Boric. Pero es aquí donde empiezan los detalles y la letra chica. Lo concreto es que en abril el gobierno debe presentar un proyecto de aumento. Dicen que lo realista es hacer un reajuste escalonado para que, desde marzo del 2023, la cifra llegue a los $400.000. Sería un aumento de un 14% en un año. ¿Cuánto será el reajuste real por sobre la inflación? Aún no lo sabemos, pero tengamos en cuenta que el IPC está llegando a casi 8% en doce meses. Esto, sin mencionar que este gobierno estaría muy lejos de asegurar un sueldo mínimo bruto que cubra la línea de la pobreza del hogar (que según datos de la Fundación Sol debería ser de $611.801).

Además, hay sectores que no estarían cubiertos. Este jueves, trabajadoras y trabajadores del Hospital Barros Luco realizaron una asamblea y a mano alzada decidieron movilizarse por 24 horas para demandar por sus condiciones laborales que siguen postergadas. Además de demandas internas, una de los puntos más sentidos tiene que ver con los bajos sueldos.

La pregunta que rondaba en la asamblea de este jueves fue: si a nivel nacional se discutirá sobre salario mínimo, ¿por qué se excluirá a las y los trabajadores de la salud? Y es que auxiliares y técnicos tienen sueldos de hambre. Hay trabajadores en los hospitales que su sueldo base es casi mitad de un sueldo mínimo y el Ingreso Mínimo que rige para el sector público se calcula incluyendo las asignaciones, a diferencia del sector privado que el sueldo base no puede ser inferior al mínimo. Por eso muchas y muchos trabajadores se van al sector privado, aumentando la falta de personal en los hospitales. La demanda que circulaba en el Barros Luco es simple: que se equiparen las condiciones. Y el ánimo detrás es que si el gobierno ya asumió e hizo estas promesas, hay que empezar a cobrarle la palabra.

Las “líneas rojas” de los empresarios que asumió el gobierno

El salario es solo un ejemplo que sirve como botón de muestra. Los bajos sueldos son un punto más de la herencia de la dictadura contra la cual nos rebelamos. Pero lo mismo puede decirse de las pensiones, de las extensas jornadas laborales, de derechos laborales como la negociación colectiva y la huelga, sin mencionar salud, educación, los derechos de las mujeres trabajadoras, pueblos originarios, entre muchas otras urgencias.

Si queremos conquistar estas demandas lo primero es ver la realidad de frente. No es que al gobierno de Boric “no lo van a dejar gobernar”: fue Boric mismo quien metió a la Concertación adentro y juró lealtad a la gobernabilidad, el ajuste fiscal y reformas moderadas. El ministro de Hacienda Mario Marcel ya empezó a mostrar los dientes: criticó al gobierno de Piñera de gastar mucho en planes sociales, es férreo opositor de los retiros y patrocina el brutal recorte que quiere hacer el Senado al royalty que se aprobó en la Cámara de diputados. Es un ministro anti-obrero y es uno de los pilares del gobierno de Boric.

La clase trabajadora no sólo deberá exigirle a Boric que cumpla sus promesas, sino que deberá enfrentar esta agenda del propio gobierno. Y es que no es la única, Izkia Siches quiere quedar bien con Dios y con el Diablo y le dice a los grandes empresarios que “hay que ponerse en los zapatos de los ministros y nosotros en los de los empresarios para poder avanzar”. Las y los trabajadores saben que un salario que satisfaga a los empresarios jamás será justo. Ellos nunca han regalado nada. Cada conquista por más mínima que sea se ha logrado luchando. Eso no cambiará con este gobierno.

Hay que sacar la voz

¿Cómo empezar entonces? Movilizarse por demandas urgentes como el salario y las condiciones laborales en medio de una situación económica más estrecha, y con los ojos puestos en acabar con toda la herencia que dejó la dictadura y los treinta años contra la clase trabajadora (incluyendo la reforma laboral de Bachelet), es un punto de partida fundamental. En ese sentido, el gesto que hicieron hoy las y los trabajadores del Barros Luco es un ejemplo a seguir.

Es el momento para que la clase trabajadora saque la voz y confiar en sus propias fuerzas. La Convención tampoco ha dado respuesta a las demandas de las y los trabajadores. Por el contrario, se mantiene totalmente ajena a las urgencias populares y cada vez más permeable a la presión y griterío de la derecha, de los grandes empresarios, jueces y senadores. La izquierda sindical y los sindicatos que impulsaron el Eje Sindical no pueden limitarse a la diplomacia y presión a los constituyentes. ¿O acaso una reunión y una foto tiene la fuerza para detener a los grandes empresarios cuando golpean la mesa y ponen todos sus recursos para bloquear los cambios?

El pliego de demandas sindicales presentadas a la Convención debe transformarse en una gran campaña en cada lugar de trabajo con el impulso de asambleas. Ahí los propios trabajadores deben ser quienes definan cuáles son las demandas que consideran más importantes para impulsar acciones de movilizaciones escalonadas. Junto con esto, hay que romper todo corporativismo. La unidad de las demandas de la clase trabajadora sin importar su categoría, si son públicos, privados, de planta, contrata, subcontratados, etc, es lo que puede dar la fuerza para ponerse en movimiento.

Para esto hay que prepararse para expulsar a la burocracia sindical parasitaria de los sindicatos. El nombramiento de Bárbara Figueroa como embajadora en Argentina es un símbolo aberrante del carrerismo y arribismo de las cúpulas sindicales de la CUT. Mientras que el Partido Comunista posa “a izquierda”, criticando a Boric por la represión en Plaza Dignidad con Jadue como francotirador, defiende rabiosamente a Bárbara Figueroa en su ascenso a diplomática. Todo, mientras la ministra Jeannette Jara, del mismo partido, convoca a líderes de la CPC a diálogo tripartito por reforma de pensiones. La renuncia a la presidencia de la CUT de Silvia Silva (Partido Socialista) en medio de acusaciones cruzadas es una muestra más de la debacle de la CUT. Es el símbolo de toda una casta de dirigentes que corren a reunirse con las nuevas autoridades, sin convocar a ninguna asamblea.

Poner en movimiento la fuerza de la clase trabajadora no es una tarea simple. No cabe duda. Pero es una tarea indispensable en el escenario que se abre.




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