SEMANARIO

Postales de un mundo convulsionado por la crisis

Esteban Mercatante

panorama
Ilustración: Sebastián Labi

Las discusiones en nuestro país parecen abstraerse del convulsionado mundo actual. Macri quiso vender que el ajuste “traería inversiones”, Cristina nos brinda un idílico argumento de que “antes estábamos mejor”. Lo cierto es que el kirchnerismo al final de su mandato y el macrismo en la actualidad “chocaron” con los vientos de frente de la economía y la política mundiales. Vale preguntarse ¿en qué mundo estamos parados realmente?

En la última semana, la coalición del Movimiento Cinco Estrellas y la xenófoba Liga del Norte llegó al gobierno en Italia después de meses de crisis política, mientras en España una moción de censura hizo caer a Mariano Rajoy. Anticipando al nuevo gobierno italiano hostil a la UE, las bolsas europeas tuvieron una semana agitada (aunque la cerraron en alza). El magnate George Soros lamenta que “todo lo que podía salir mal, ha salido mal” en la UE. Son las postales más recientes de un mundo que vive bajo los efectos duraderos que dejó la crisis de 2008 haciendo crujir los regímenes políticos de los Estados capitalistas en las más diversas latitudes, incluida América Latina.

La Gran Recesión

En septiembre de 2008, la crisis inmobiliaria que desde 2007 venía golpeando al sistema financiero norteamericano pegaba un salto y producía un shock de alcance mundial con la quiebra del banco de inversión norteamericano Lehman Brothers. El descalabro financiero que se extendió por las principales plazas del mundo. Por la internacionalización del mercado de hipotecas y sus derivados, y por el rol de los bancos de inversión de EE. UU., el contagio fue global y acelerado. Además, la burbuja inmobiliaria de los EE. UU. había tenido equivalentes en Irlanda, España y otros países, y todas entraron en caída. Se cortaron las cadenas de pago, golpeando duramente a las empresas más integradas con el sistema financiero mundial, es decir a las grandes trasnacionales. El impacto en toda la economía “real” fue fulminante, dando lugar a la más severa caída de la economía mundial (con los peores efectos en EE. UU., Europa y Japón) y el comercio desde el crack de 1929 y la depresión que lo siguió.

Los de finales de 2008 y comienzos de 2009 fueron meses de desconcierto y sensación de estar moviéndose al borde del abismo para los estados mayores de la clase dominante. Sin embargo, esta vez no hubo una depresión como la de los años ‘30. La Gran Recesión (como se llamó al decaimiento económico que siguió al crack, para diferenciarla de la Gran Depresión) se declaró oficialmente concluida en 2010. Tampoco se registró, como respuesta a la crisis, un retorno de las principales potencias al proteccionismo y otras medidas de guerra comercial. Al contrario, comandados por el imperialismo norteamericano, las potencias imperialistas articularon iniciativas coordinadas a través del G20.

Si el sistema mundial capitalista atravesó así su cuarto gran episodio de crisis desde que hay registro histórico, resulta tentador concluir que las crisis se han vuelto un fenómeno manejable para la clase dominante. Que el capitalismo tiene crisis, que son consustanciales a este sistema; y que incluso puede ingresar en estado de emergencia, como en 2008, pero lo puede resolver.

Sería esta una conclusión apresurada. La amenaza de catástrofe solo logró ser conjurada en 2008 al precio de una formidable batería de medidas de emergencia. Entre estas se destacan la inyección de liquidez a los bancos mediante transferencias públicas, lo que se tradujo en un salto del endeudamiento estatal, sobre todo en EE. UU. y la UE; medidas fiscales de estímulo a la actividad, incremento de la obra pública y de los gastos de seguridad social (lo cual se dio muy disparmente por país, siendo China el que realizó las intervenciones de mayor escala), que nuevamente exigieron un salto en el endeudamiento estatal; y una intervención monetaria sin precedentes en los mercados de capitales a través de los Quantitative Easing (un bombeo de dinero en gran escala volcado asegurar el valor de las acciones y bonos), medida inaugurada por la Reserva Federal (Fed) que fue luego imitada por los bancos centrales de otros países, sumada a la vigencia de tasas de interés de casi 0 % que rigieron desde entonces hasta hace pocos años

De esta forma, la crisis de 2008 fue respondida con la aplicación en gran escala de todas las medidas de “contención de la crisis” ejercitadas durante todas las décadas previas en más de 70 crisis financieras que se habían producido desde los ‘80 en distintos países, a lo cual se agregaron alquimias novedosas.

Ilustración: Sebastián Labi

Efectos en cadena

Lo central, sin embargo, es que esta batería de iniciativas permitió contener el episodio más dramático generado por el shock solo para abrir paso a nuevos capítulos. En ese sentido, si pudo darse por concluida la Gran Recesión, esto no cerró la crisis abierta en 2008.

En EE. UU., desde 2009 se inició una recuperación que fue la más débil de los últimos 75 años. En la UE, el costo de las medidas de contención terminó de volver insostenibles los desequilibrios que caracterizaron a las economías más expuestas por la arquitectura de una unión construida en beneficio de la competitividad global del capital europeo. La respuesta de austeridad ante la crisis, aplicada bajo el mandato de la “troika” con auspicio de Alemania (secundado por Francia), sumió a Grecia, España, Portugal, Italia, e Irlanda en depresión económica. Los duros recortes fiscales no se limitaron a la Eurozona, Gran Bretaña (que todavía es parte de la UE pero nunca participó de la unión monetaria) siguió el mismo camino.

Capitalismo zombie

Contener el hundimiento económico no equivale a superar la crisis. El PBI de EE. UU. creció todos los años desde 2010, pero a un débil promedio de 2 %. En la Zona Euro el promedio fue de 1,3 % (incluyendo una recaída recesiva en 2012 y 2013 por la crisis de deuda). Un contraste con lo que ocurrió en el mundo “emergente”, donde la locomotora China permitió recuperar tasas más altas de crecimiento sosteniendo la demanda de commodities. Esto no evitó sin embargo que desde 2014 empezara a golpear en estos países también un “viento de frente” por la menor afluencia de capitales que recibieron en los años poscrisis gracias al bombeo monetario de la Fed y otros bancos centrales, y el desinfle de los precios de commodities, lo que explica las crisis y restricciones que vienen afrontando desde entonces varios países de América Latina, entre ellos nada menos que el gigante brasilero. La falta de dólares que aqueja hace tiempo a la Argentina, y que Macri buscó saldar con endeudamiento astronómico hasta que le cortaron el chorro, responde también a esta situación.

En este contexto, prominentes teóricos, insospechables de una visión crítica del capitalismo, vienen debatiendo hace varios años si lo que viene ocurriendo no debe caracterizarse como un “estancamiento secular”. Entre quienes discuten esta perspectiva hay distintas explicaciones, pero el elemento compartido es la caracterización del débil crecimiento como fenómeno de largo alcance.

Como planteó Paula Bach: “la mirada retrospectiva [que implica el planteo del estancamiento secular; N. de R.] se encuentra así –sorpresivamente– con elementos de caracterización que desde el marxismo venimos identificando hace décadas, cuestión que, hasta cierto punto, resulta una ‘prueba de realidad’ para nuestra teoría”. Efectivamente, varios marxistas han apuntado a la debilidad de la acumulación de capital, es decir, de los desembolsos de los empresarios destinados a ampliar la capacidad productiva y elevar la productividad. El marxista británico Michael Roberts, por ejemplo, habla de una nueva larga depresión.

Esta debilidad de la acumulación es un resultado directo de las medidas que evitaron un mayor hundimiento en 2008, dejando en pie empresas hiperendeudadas y con ingresos insuficientes. En la actualidad, la deuda corporativa del sector no financiero alcanzó el récord del 45,3 % del PBI, superando el nivel alcanzado en momentos previos a las dos últimas recesiones. Es récord el número de empresas que ingresan en la categoría de zombie, es decir, aquellas cuyos ingresos no son suficientes para mantener al día el pago de sus deudas pero logran mantener la actividad gracias a la refinanciación permanente del capital y algún descuento de los intereses. En las economías más ricas, el porcentaje de zombies entre las firmas que cotizan en bolsa pasó de 5 % en 2007 a 10,5 % en 2015, según el último informe del Banco de Basilea. En EE. UU., el 75 % de las empresas cotizantes necesita algún grado de refinanciación de sus deudas para subsistir. Dentro de estas, las que debieron refinanciar tanto capital como intereses fueron nada menos que 32 % en 2014 [1]. Pero también detrás de la capacidad de China para sostener elevadas tasas de crecimiento se registra la misma tendencia: en ese país, el 12 % de las empresas que cotizan en bolsa y el 14 % de las estatales son zombies [2].

Esta situación sería insostenible sin las políticas de crédito laxo aplicadas como respuesta a la crisis. En EE. UU., además del QE, las tasas de interés a casi cero rigieron hasta 2013, y desde entonces la Fed viene paulatinamente apuntando a desactivarlas, pero sin haber logrado aún llevarlas siquiera a 2 % anual.

Por eso, a pesar de que después del salvataje de 2008 una nueva ronda de ofensivas contra las condiciones de trabajo, las pensiones y otras medidas siguieron favoreciendo al capital, no se restablecieron las condiciones de la acumulación de capital. Sin saneamiento de la deuda y en un contexto donde la rentabilidad no recuperó los niveles previos a la crisis, no sorprende que la inversión siga débil.

El ruido y la furia

Hoy, a una década de abierta la crisis, lejos de cualquier retorno al orden, vemos que a pesar de todos los recursos que puso en juego la clase dominante para contener sus peores efectos, aun al precio de perpetuarla en el tiempo con el objetivo de asegurar que su poder no se viera desafiado, no pudo conjurar este peligro. Las secuelas trajeron un nuevo salto en la regresión social que ya había atravesado todo el período neoliberal. Mientras que el 60 % de los empleos destruidos durante 2008-09 en los EE. UU. eran de salario medio, el 58 % de los creados desde entonces han sido de salario bajo. Un cuarto de los ocupados en ese país tienen trabajos por los que perciben ingresos inferiores a la línea de pobreza. En la UE, el deterioro fue todavía más marcado.

Además del nuevo salto en la degradación de la calidad del empleo, y del salto en el desempleo y la lisa y llana exclusión del sistema de empleo formal (los “desanimados” que salen directamente de registro), los sectores trabajadores también sufrieron un marcado deterioro en su nivel de vida por el “sinceramiento” que impuso la nueva situación de mayores restricciones de acceso al crédito. El endeudamiento había llegado a representar el 160 % del ingreso de los hogares en Reino Unido y cerca del 130 % en Estados Unidos y España. Como observa Paula Bach:

Las consecuencias del ataque a las condiciones de vida que bajo las décadas de “gloria” neoliberal fueron parcialmente enmascaradas tanto por el crecimiento moderado y las “burbujas exitosas” de los años ’90 o 2000 como por el crédito al consumo que se montó sobre el boom inmobiliario posterior a la crisis de 2001, quedaron al desnudo en el período posterior a la caída de Lehman.

Agrega que luego del estallido de la crisis, gran parte de los ingresos “se dirigieron a pagar deudas no solo hipotecarias sino de tarjetas de crédito, de servicios de salud o préstamos académicos”. Esto se traduce en una reducción del ingreso disponible para otros fines.

Este es el trasfondo de la “ira populista”, como la definió el columnista del Financial Times Martin Wolf, su manera de referirse a una polarización política que puso en crisis a los principales partidos de las democracias europeas y también se coló en el bipartidismo norteamericano (con Trump, pero también con Bernie Sanders como candidato “socialista” en la interna demócrata). Los partidos que más fielmente expresan la política de ortodoxia fiscal, baja de impuestos e integración económica y financiera vienen retrocediendo en su ascendiente político. Esto explica el Brexit, el ascenso de los partidos de extrema derecha en toda Europa, que se anotaron una importante victoria con la formación de gobierno en Italia con la alianza del Movimiento Cinco Estrellas y la Liga del Norte. Una tendencia particular de este tipo se expresa hoy en Brasil, con la proyección política que está logrando Bolsonaro. Desde luego tenemos el gobierno de Donald Trump y su retórica de America First. Aunque sus iniciativas más proteccionistas se llevan mal con una internacionalización del capital que para las principales empresas de los países imperialistas resulta aún hoy impensable (e indeseable) que se revierta, da cuenta de una nueva situación más agresiva de la política imperialista, forzada por la imposibilidad de sostener a perpetuidad este panorama de débil acumulación sin forzar cambios más de fondo, que implican la redefinición de las relaciones entre las clases y entre los Estados. Esta polarización también viene teniendo su expresión por izquierda en los fenómenos neorreformistas, que se ubican a la izquierda de los partidos socialdemócratas devenidos social liberales. Algunos de los partidos neorreformistas ya han mostrado dónde lleva su estrategia, como Syriza en Grecia, que aplicó el ajuste de la troika, o Podemos en el Estado Español, que aunque mantenga caudal electoral ya no despierta grandes ilusiones (participa en varios gobiernos locales con el PSOE y está integrado al régimen). Otros expresan un giro a izquierda de sectores de la juventud y una tendencia a la militancia, como el DSA (Democratic Socialists of America) en Estados Unidos, que canalizó en gran medida el “fenómeno Sanders”, o Momentum en el Partido Laborista de Gran Bretaña, referenciado en la figura de J. Corbyn, que organiza algunos cientos de miles de jóvenes. Recientemente emergió en las pasadas elecciones de Chile el Frente Amplio.

La crisis de 2008 reverbera en las convulsiones (o terremotos) políticos que sacuden a los países imperialistas, que a la vez ponen en riesgo la articulación geopolítica que permitió al imperialismo norteamericano contener hasta ahora la aparición de cualquier disputa seria por su hegemonía. Con la paradoja de que es ahora Donald Trump uno de los principales factores disruptivos en el orden creado por los EE. UU.

Y eso, a su vez, como muestra en estos días el temblor de las bolsas como consecuencia de la crisis política en Italia, acompañada por la de España, reabre los riesgos de una nueva hecatombe financiera. Con el agravante de que las herramientas que podrían usarse para enfrentarla (como los QE) están más gastadas y hay una mayor fragilidad sistémica por el nivel de endeudamiento, público y corporativo.

¿Decadencia persistente o nuevas catástrofes?

En 2009, Mark Fisher escribía Realismo capitalista. Abrevando en Fredric Jameson (que recordaba en 2003 en la New Left Review 23 que “alguien dijo alguna vez que parece más fácil imaginar el fin del mundo que imaginar el fin del capitalismo”), Slavoj Zizek y Franco “Bifo” Berardi, entre otros, buscaba conceptualizar la radical ausencia de la mínima posibilidad de imaginar siquiera posibilidades alternativas a este orden social, que se cimentó en los explotados y excluidos al calor de derrotas y avanzada de contrarreformas neoliberales desde los años ‘80 (que logró imponer el famoso “no hay alternativa” de Margaret Thatcher).

En cierto sentido, la “estructura de sentimiento”, si se nos permite tomar prestado el término de Raymond Williams, que Fisher buscaba caracterizar con ese concepto, no se ha difuminado a pesar de la crisis de la “gran empresa” neoliberal. Una década después de la peor crisis atravesada por el capitalismo desde 1929, y ante la constatación de que la trayectoria de los últimos 10 años difirió de la atravesada en la década de 1930, sin recuperarse enteramente pero conteniendo el colapso, parece como si esta paulatina decadencia pudiera perpetuarse. Wolfgand Streeck parece moverse en una perspectiva similar cuando anuncia el fin del capitalismo como un proceso que podría desenvolverse durante un largo período de decadencia económica, política, social y moral.

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Que no resulta realista pensar que pueda prolongarse indefinidamente esta situación decadente, con crecimiento débil, imponiendo un peso cada vez más insoportable sobre las masas trabajadoras producto de la decadencia pero sin forzar choques más duros y una reestructuración drástica masas formidables de capitales para restablecer las condiciones de valorización, lo recordó en tiempos recientes la nueva ronda de contrarreformas laborales, que en países como Francia viene desatando una dura respuesta de la clase obrera.

En tiempos de agresividad imperialista recargada, con Donald Trump prometiendo que EE. UU. va a escalar en guerras comerciales (pero sin perder de vista que lo estratégico es la primacía del capital norteamericano en los sectores tecnológicos líderes y usando la amenaza comercial como ariete para una mayor apertura de China para Wall Street), las tensiones geopolíticas no prometen nada parecido al páramo de una plácida decadencia. El abandono del acuerdo con Irán, los vaivenes con Corea y el nuevo capítulo de escaladas arancelarias están ahí para recordarlo.

Porque el capitalismo no promete una perspectiva de apacible decadencia, sino un nuevo eslabonamiento de catástrofes que actualizan la sentencia de Rosa Luxemburgo, socialismo o barbarie, resulta urgente la necesidad de construir una organización revolucionaria que pueda hacerse cargo de ese desafío.

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NOTAS AL PIE

[1como muestra el documento de Leila L. Davis, Joao Paulo A. De Souza y Gonzalo I. Hernández, Un análisis empírico de los regímenes de Minsky en la economía de EE. UU., University of Massachusetts, Amherst, 2017

[2Peta Tomlinson, “A las empresas zombies chinas les espera una masacre”, Accaglobal.com, 2016
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Esteban Mercatante

@EMercatante
Nacido en Bs. As. en 1980. Es economista. Miembro del Partido de los Trabajadores Socialistas desde 2001. Coedita la sección de Economía de La Izquierda Diario, es autor del libro La economía argentina en su laberinto. Lo que dejan doce años de kirchnerismo (Ediciones IPS, 2015), y compilador junto a Juan R. González de Para entender la explotación capitalista (segunda edición Ediciones IPS, 2018).
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