Cultura

TRIBUNA ABIERTA

Posguerra

Sábado 2 de enero de 2016 | Edición del día

Está la famosa historia del japonés que sigue alerta en la trinchera porque no se ha enterado para nada de que la guerra ya terminó. La escena es disparatada y por eso suele despertar comicidad: un caso más de loco risible. Pero están también las historias de los niños que, en Japón, siguieron naciendo con graves malformaciones, efectos de la radiación criminal de las bombas lanzadas en agosto de 1945. Con lo cual, en cierto modo, podría considerarse que, en efecto, la guerra de alguna manera seguía, que no estaba terminada del todo: que aquel loco, sin dejar de estarlo, algo de razón tenía.

No es tan fácil delimitar la escena del final de una guerra, o detectar hasta qué punto una guerra se prolonga después de la guerra propiamente dicha. A menudo hay líneas de extensión que perduran al cabo de los combates abiertos. O formas del hostigamiento bélico que no van a retirarse por el hecho de que el ejército enemigo se retire, que no van a replegarse por más que se replieguen las tropas. Cierto tipo de humillación, por ejemplo, se arrastra en el tiempo, es de esa clase de heridas que nunca se cierran o siempre se reabren.

En estos días, al cabo de más de medio siglo, Japón accedió a una reparación largamente esperada y reclamada por parte de Corea del Sur. Durante la ocupación originada en la Segunda Guerra Mundial, el ejército imperial sometió a numerosas mujeres a la condición de la esclavitud sexual, las obligó a la prostitución, las denigró en el forzamiento físico. La guerra es, como tal, una práctica que precisa reducir a la persona a un cuerpo, para luego reducir el cuerpo a una cosa: no es extraño entonces que se proyecte en la violencia de la leva de putas (la leva produce eso que precisa, lo fabrica para incorporarlo).

Hasta ahora, Japón había reconocido estos hechos tan sólo de una manera general, por no decir difusa. Incluso las reparaciones económicas habían sido concedidas tan sólo como paliativos amplios, por no decir imprecisos. No fue sino en estos días, pasados tantos años, que accedió al otorgamiento de una suma indemnizatoria destinada específicamente a aquellas mujeres que pasaron por la infamia y han sobrevivido hasta ahora. El hecho habilitó de inmediato una mejora en las relaciones diplomáticas entre Corea del Sur y Japón. Y fue por todos celebrado, por todos saludado.

Ahora bien, sabemos por Jorge Luis Borges, y más exactamente por su genial “Emma Zunz”, que es en rigor de verdad el dinero, la feroz prepotencia del pago, el instante desolado del cobro, lo que hace puta a la puta. Es entonces que la ficción de ser puta, que trama y ejecuta Emma, se vuelve materialmente verdad: no en el juego del ofrecimiento erótico, ni siquiera en el acto sexual en sí mismo, sino en la presencia terrible de esos billetes que el marinero deslizó en el cuarto. Es la plata lo que sella la flagrante caída del haber tenido que venderse.

¿Cómo habría que tomar, entonces, estas sumas que hoy Japón desembolsa, toda vez que están destinadas a aquellas mujeres a las que alguna vez prostituyeron? ¿Qué provocan exactamente al pagar: la revocación tardía de lo que hicieron o, por el contrario, su completamiento y su confirmación?

No digo, no, por supuesto, que no haya que recibir ese dinero. Digo, sí, que hay que cobrarlo. Y proceder de inmediato a romperlo. A romperlo, sin más, a romperlo. Tal y como hizo Emma Zunz.







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