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Red Internacional

En este informe del Observatorio de les Trabajadores de LID ofrecemos las claves para leer la situación actual del mercado de trabajo, los salarios y la pobreza

Martes 19 de abril | 08:00
ilustración: @satrapamultimedial

En las últimas semanas los datos post-pandemia en Argentina parecen configurar una paradoja: hay crecimiento económico y del empleo, y al mismo tiempo, hay aumento de la pobreza y de la desigualdad social (medida en términos de distribución funcional del ingreso) en relación con las cifras pre-pandemia. En este informe vamos a demostrar que esa supuesta paradoja no es tal y para hacerlo vamos a mirar algunos datos del mercado de trabajo o, dicho en otros términos, intentaremos responder a la pregunta: ¿qué tipo de trabajo se consigue en la calle?

Como ha sido dicho hasta el cansancio por el oficialismo los datos del INDEC para el 4to trimestre del 2021 (última medición disponible) dieron una buena noticia: la desocupación abierta [1] se ubica en 7%, lo que representa un importante descenso no sólo en relación en su comparación interanual (era 11% en el 4to trimestre de 2020) sino incluso por debajo de los niveles pre-pandemia: tanto respecto al 2019 (que estaba en 8,9%) como respecto al 2017 y 2016 (7,2 y 7,6% respectivamente).

Asimismo, esta baja en la desocupación se encuentra acompañada de la suba de la tasa de actividad [2] y de la tasa de empleo [3] (que alcanzaron niveles similares a 2019, pre-pandemia). Esto significa que la merma en la desocupación no puede atribuirse a una caída en el nivel de actividad o el denominado “efecto desaliento”: aquella porción que se encuentra disponible para trabajar pero que, producto de la situación, está desalentado de buscar empleo y por ende estadísticamente termina engrosando las filas de la inactividad. En síntesis, no se achicó la “torta” de la actividad sino que hay un crecimiento neto del empleo.

En un país que ha alcanzado, en la última crisis catastrófica (2001), cifras de desocupación del 25% asociando desempleo con pobreza, todo aumento neto del empleo parece ser un motivo para descorchar. Sin embargo, las cosas no son tan simples ni las buenas noticias tan buenas.

La tasa de desocupación captura sólo una fracción de las tensiones existentes en el mercado de trabajo. Bajo las características actuales de las dinámicas de acumulación, emergen otros indicadores sustanciales para una aproximación más certera a los problemas que tenemos en el mercado de trabajo, tales como aquellos que componen la llamada “presión sobre el mercado de trabajo”. Para analizar esta presión tenemos que ver qué pasa con la sub-ocupación [4], y los ocupados demandantes de empleo [5]. Si miramos la subocupación, encontraremos que a fines de 2021 había menos subocupados que a fines de 2020, en pleno auge de los efectos de la pandemia (12% vs. 15%), lo que configuraría una buena noticia. Sin embargo, si miramos un poco más atrás en el tiempo, encontramos dos cosas preocupantes: a) que esa baja interanual deja a la sub-ocupación en niveles altísimos, como son los de fines de 2018 (luego del peor año del gobierno de Macri); b) que hay una sostenida tendencia al aumento del subempleo desde 2013 en adelante, es decir que hace casi 10 años (correspondiente al segundo gobierno de Cristina) viene aumentando el sector de los activos que trabajan menos de 35 horas semanales y quisieran trabajar más.

El dato de la subocupación tiene vital importancia porque nos habla de la calidad del empleo que se crea en los momentos de “recuperación” (como el actual). La extensión y permanencia en el tiempo del subempleo nos indica que la estructura ocupacional mantiene muy altos niveles de precariedad, dando cuenta de que la fuerza de trabajo tomada integralmente está subutilizada. Teniendo esto en cuenta, la buena noticia del aumento del empleo neto empieza a empañarse.

Como dijimos antes, junto con la desocupación, los sub-ocupados y los ocupados demandantes de empleo constituyen el indicador “presión sobre el mercado de trabajo”. Si nos detenemos en la observación de estos últimos, también encontramos un dato preocupante: los ocupados demandantes de empleo presentan un aumento sostenido en los últimos años (ver Gráfico N°2). Si tomamos como punto de comparación el cuarto trimestre del 2017, cuando los niveles de desocupación eran similares a los actuales, los ocupados demandantes de empleo aumentaron 2.7% (17.4% en 2021 vs. 14.7% en 2017). Descartando la hipótesis sacrificial de que a la gente le gusta trabajar muchas horas (en lugar de pasear, escuchar música, estar con sus seres queridos, hacer deportes o lo que fuera), la explicación del aumento de los ocupados demandantes suele estar atada a un fenómeno inequívoco: sueldos bajos (por lo que hay que buscar más trabajo para poder vivir).

En síntesis, la baja en la desocupación tan festejada viene acompañada de un “piso alto” de subocupación y de ocupados demandantes, dos categorías que aumentan sostenidamente en los últimos años como indicador de una degradación del tipo de empleo que se consigue en Argentina. Incorporemos ahora otro sector de trabajadores para terminar de armar el panorama de esta “recuprecarización”: el denominado sector “informal”. [6]

Como hemos señalado en anteriores informes, fueron los trabajadores informales quienes sufrieron las mayores consecuencias del impacto de la pandemia sobre el mercado de trabajo. Mientras los esfuerzos del gobierno estuvieron centrados en subsidiar a las empresas para amortiguar la caída del empleo formal, los trabajadores informales sufrieron altos niveles de destrucción del empleo. Hacia ellos, el sector más vulnerable del mercado de trabajo, no se orientaron políticas que permitieran contrarrestar los límites que el aislamiento preventivo y obligatorio imponían sobre las dinámicas de sus trabajos; estamos hablando del comercio informal en la vía pública y los transportes, pero también de ramas de actividad con alta incidencia de trabajo no registrado como la gastronomía, las trabajadoras de casas particulares o los trabajadores de la construcción (ver La segunda ola y la fragmentación de la clase trabajadora). De esta manera, durante el 2020 los niveles de informalidad descendieron, pero no a partir de un proceso de formalización del trabajo sino por el pase directo a la desocupación o la inactividad de una porción muy importante de los trabajadores no registrados. Cuando observamos las recientes mejoras en los principales indicadores del mercado de trabajo (desocupación, empleo y actividad), se vuelve obligatorio preguntarnos qué sucede con este sector y, una vez más, las noticias no son buenas: en la comparación interanual (2020 vs. 2021) la informalidad aumentó (32.7 vs 33.3).

Estos datos sobre subocupación, ocupados demandantes e informalidad son los que explican (parcialmente) un fenómeno que viene extendiéndose en Argentina (y a nivel internacional): el de los trabajadores pobres, es decir, trabajadores activos que tienen trabajo y, sin embargo, son pobres ya sea porque trabajan menos horas de las que “quieren trabajar” (aunque el término correcto es “necesitan trabajar”), ya sea porque aunque trabajen jornada completa demandan más empleo, ya sea porque trabajan con tan pocos derechos y salario que conforman los llamados “informales”. Estos son los rasgos cada vez más marcados de un mercado de trabajo que hizo estallar la idea de que es pobre quien no trabaja o quien no tiene empleo y va consolidando, cada vez más obscenamente, la categoría de “trabajadores pobres”.

O, dicho de otra manera: ¿por qué cada vez más trabajadores ocupados son pobres en Argentina? Porque si se suman los sub-ocupados y ocupados demandantes (quienes tienen trabajo pero buscan más porque no les alcanza para vivir) y los informales (que trabajan en peores condiciones laborales y salariales) encontramos que estamos ante más del 42% de los trabajadores ocupados. [7] Para cualquiera que crea que esta devaluación de la calidad del trabajo y de la vida solo afecta a este sector de les trabajadores, se equivoca: cuando más de un 40% está expuesto a estos niveles de precarización, la presión a la caída del valor de la fuerza de trabajo afecta a la totalidad de las y los trabajadores.

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El salario en caída libre

Veamos ahora a esos “trabajadores pobres” desde el punto de vista del salario. Un informe reciente del Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales (Cedlas) de la Universidad Nacional de La Plata, señala la existencia de un 31,5% de trabajadores ocupados que se encuentran por debajo de la línea de pobreza. Se trata de una dinámica que definen como una “pérdida de capacidad del trabajo de proteger a las personas de la pobreza”. [8]

Si observamos lo acontecido con los niveles de salario real de los trabajadores registrados, estos datos no resultan sorprendentes: la caída sostenida del salario real de los trabajadores registrados, tanto del sector público (cuya pérdida es mayor) como del sector privado, explica el tránsito a la pobreza de un sector de los trabajadores ocupados de bajos y medianos ingresos. Si tenemos en cuenta que los trabajadores informales y los denominados “cuentapropistas no profesionales” (muchas veces asalariados encubiertos como el caso de las plataformas) tienen menos ingresos que los asalariados registrados, no sorprenden (aunque escandalizan) las siguientes cifras tomadas del mismo informe: el 50,6% de los trabajadores informales se encuentran bajo la línea de pobreza; mientras que el 54,3% del sector de trabajadores cuentapropistas no profesionales son pobres. Lejos de la fórmula marketinera de que “los últimos serán los primeros” [9], nos encontramos ante un empobrecimiento del conjunto de los y las trabajadoras en Argentina. [10]

Desafiando el supuesto que correlaciona una mejora en los niveles de empleo con un consecuente alivio en las tasas de pobreza, lo que observamos son niveles de pobreza que se tornan más “inelásticos” en relación con las tasas de desocupación. Como podemos observar en el gráfico, los niveles de desocupación [11] oscilan mientras los porcentajes de pobreza e indigencia tienden a aumentar y sostenerse en niveles altos. Si comparamos con el segundo semestre del 2017, en el cual la tasa de desocupación era similar (incluso, levemente mayor) podemos observar la intensidad de esta tendencia: los niveles de pobreza aumentaron en un 12,6% y la indigencia está cerca de haberse duplicado.

Si miramos esta situación desde el punto de vista de la distribución funcional del ingreso, encontramos que la participación de la remuneración de los trabajadores en el valor agregado bruto cayó de 46.3 en el 4to. trimestre de 2020 a 44.6 en el 4to trimestre de 2021. Esta cifra implica el peor porcentaje de los últimos 5 años, y una caída de casi 10 puntos en los últimos 5 años (estaba en 53.9 en 2016).

De conjunto, la observación de estos indicadores nos permite desarmar el discurso triunfalista que acompañó la publicación de los últimos datos de mercado de trabajo. Las tendencias que señalan un aumento de la sub-ocupación, de los trabajadores ocupados que demandan más empleo, la consolidación del sector informal, junto con la caída del salario real y niveles de pobreza que parecen no enterarse de las “buenas noticias” del mercado de trabajo nos hablan de la fragilidad de la recuperación en curso. Si tenemos en cuenta que las perspectivas de crecimiento de la economía oscilan apenas entre el 3% y el 3,5%, y donde la mayor parte de ese crecimiento se explica por el arrastre estadístico que deja la recuperación del segundo semestre del 2021 [12] este escenario es el “mejor” que nos ofrecerá el mercado de trabajo durante cierto tiempo - a menos que la organización de los trabajadores y su capacidad de lucha lo impida- y cuya precariedad debería alertarnos sobre la rapidez con la cual la situación social puede agravarse.

RESUMEN

En las últimas semanas los datos post-pandemia en Argentina parecen configurar una “paradoja”: hay crecimiento económico y del empleo, y al mismo tiempo, hay aumento de la pobreza y de la desigualdad social. Aquí un punteo de las características del mercado de trabajo que empañan el discurso triunfalista del gobierno.

  • La desocupación abierta al 4to trimestre de 2021 se ubicó en el 7%, lo que representa un importante descenso no sólo en relación en su comparación interanual (era 11% en el 4to trimestre de 2020) sino incluso por debajo de los niveles pre-pandemia: estaba en 8,9% en 2019.
  • La pobreza y la indigencia al segundo semestre de 2021 es más alta que en el segundo semestre de 2019 (pre-pandemia). O sea, pese a la recuperación del empleo neto, hay más personas pobres e indigentes en el país. Si se compara con el segundo semestre de 2017, las noticias son muy malas: la pobreza aumentó 12 puntos y la indigencia se duplicó.
  • La participación de la remuneración de los trabajadores en el valor agregado bruto cayó de 46.3 en el 4to. trimestre de 2020 a 44.6 en el 4to trimestre de 2021. Esta cifra implica el peor porcentaje de los últimos 5 años, y una caída de casi 10 puntos en los últimos 5 años (estaba en 53.9 en 2016).

La explicación (o parte de ella)

  • La tasa de desocupación captura sólo una fracción de las tensiones existentes en el mercado de trabajo. Hay que mirar otros indicadores sustanciales tales como aquellos que componen la llamada “presión sobre el mercado de trabajo” (sub-ocupados y ocupados demandantes de empleo) y la informalidad.
  • Si miramos la subocupación, encontraremos que a fines de 2021 había menos subocupados que a fines de 2020, en pleno auge de los efectos de la pandemia (12% vs. 15%), lo que configuraría una buena noticia. Sin embargo, si miramos un poco más atrás en el tiempo, encontramos dos cosas preocupantes: a) que esa baja interanual deja a la subocupación en niveles altísimos, como son los de fines de 2018 (luego del peor año del gobierno de Macri); b) que hay una sostenida tendencia al aumento del subempleo desde 2013 en adelante, es decir que hace casi 10 años (correspondiente al segundo gobierno de Cristina) viene aumentando el sector de los activos que trabajan menos de 35 horas semanales y quisieran trabajar más.
  • Los ocupados demandantes de empleo presentan un aumento sostenido en los últimos años. Si tomamos como punto de comparación el cuarto trimestre del 2017, cuando los niveles de desocupación eran similares a los actuales, los ocupados demandantes de empleo aumentaron 2.7%.
  • La informalidad aumentó de 32.7% en 2020 a 33.3% en 2021.
  • Si se suman los sub-ocupados y ocupados demandantes (quienes tienen trabajo pero buscan más porque no les alcanza para vivir) y los informales (que trabajan en condiciones salariales y de derechos laborales ultra precarizadas) encontramos que estamos ante más del 42% de la población ocupada.

[1La desocupación abierta, (tasa de desocupación) comprende a las personas que no tienen ocupación, están disponibles para trabajar y buscan empleo activamente, como proporción de la Población Económicamente Activa (PEA).

[2La tasa de actividad mide la población económicamente activa (PEA) sobre el total de la población.

[3La tasa de empleo mide la proporción de personas ocupadas con relación a la población total.

[4Se refiere a los ocupados que trabajan menos de 35 horas semanales por causas involuntarias y desean trabajar más horas

[5Se refiere a la población ocupada que busca activamente otra ocupación y/o más horas de trabajo.

[6La OIT (así como la mayoría de las encuestas de hogares que realizan los operadores estadísticos en cada país) utilizan el término “informalidad” para agrupar relaciones laborales y económicas sin registro. Aquí utilizamos descriptivamente el término para hacer uso de esas estadísticas ya construidas.

[7Dicha cifra, visible en el gráfico 4, fue construida utilizando la proporción de asalariados sin descuento jubilatorio sobre el total de ocupados, a diferencia del gráfico 3, que mide esa proporción en base al total de asalariados dentro de la población ocupada.

[9Sepan que los últimos serán los primeros: de ellos vamos a ocuparnos más que de nadie porque son quienes más necesitan nuestro auxilio”. Alberto Fernández ‬

[11El dato de desocupación abierta semestral surge del cálculo promedio de la desocupación trimestral que calcula el INDEC.





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