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Red Internacional
La Izquierda Diario

Historia de amor de jóvenes precarizades.

Soledad FloresPeriodista y escritora

Viernes 12 de febrero | 10:02

El Gordo estaba ansioso, lo estaba esperando.

Siempre los escucho en casa, cuando hablan por celular.

El día anterior, cuando me iba a dormir, me dijo “quiero que sea mañana”.

La mañana siguiente me desperté, salí de mi cuarto y los escuché garchando.

El pibe había llegado temprano desde Rosario.

Le decía “hola, cómo estás? No sabés cómo te extrañé”.

Pero no le hablaba con la boca solamente.

Le hablaba con todo lo que trajo en bondi desde el Litoral.

***

“Te están creciendo las tetitas”, le dijo el Gordo en la cocina antes de desayunar.

Le rodeó con sus brazos cortos la cintura y apretujó su cachete en el pecho lampiño del pibe.

“Tenía ganas de verte” le dijo.

El pibe hacía equilibrio con dos tazas de chocolatada en las manos.

Yo preparaba mi café.

Cuando el Gordo lo liberó se sentaron.

El Gordo apoyó los codos en la mesa y la pera en los puños.

Miraba al pibe con cara de emoji con ojos de corazones.

“Juegos para adultos” dice el póster de Venus que el Gordo tiene arriba de la cama:
Un osito de peluche rosa con látigo, gargantilla y antifaz de cuero negro.

Apuré el café y me fui a trabajar.

El Gordo miraba al pibe con ganas de llevarlo de nuevo a jugar.

***

Cuando volví encontré solo al pibe.

El Gordo había salido a laburar.

El pibe estaba fumado, descansando.

Me saqué la mochila y me empezó a contar, todo lo que quisiera ser, todo lo que se propone, pero que las siestas son su mayor pasatiempo, porque le alcanza el tiempo libre solo para descansar.

Quiere empezar ciencias políticas en la Universidad de Rosario.

Quiere renunciar a su puesto de cadete y empezar a trabajar en otro lado, donde le dijeron que va a hacer menos horas y va a tener estabilidad.

El pibe sonrió con toda la jeta y dijo que sabe que por un año va “a tener estabilidad”.

***

A la noche después de un rato, el pibe me dijo “me derretí”.

Yo pensé “y sí, con este calor el Gordo le re dio masa”, pero el pibe siguió con sus palabras.

“Me derretí, me relajé” dijo, chorreado en el sillón cama.

22 años de músculos tendidos en cuero, me hablaban sin las eses ni las erres del final.

La marca de la remera en los dos brazos, más bronceados que el pecho, indicaban dónde lo alcanza el sol de sus días por el Litoral.

Pero las marcas del motoquero, son mucho más que un bronceado desparejo.

Tenía un cascarón redondo y grueso en la rodilla.

Me contó que le dolía porque se cayó de la moto.

Hacía días que no paraba de cadetaear, cuando no vio el charco de aceite en el asfalto y derrapó.

La última semana había metido muchas extras para ahorrar.

Despatarrado en el living, me dijo que a veces solo quiere ver al Gordo cuando siente que no da más.

Yo me acordé cuando veía a un chico en La Plata.
Era igual que apretar reset.

Era olvidar la miseria en que nos habíamos conocido.

Era descansar en serio, con música, masajes, con porrito y mucho sexo.

No teníamos nada, pero nos dábamos maña.

Él en La Plata, sin trabajo.

Yo en Once, operadora de call.

Despertarme con él era el único lujo posible, pero yo me lo daba seguido.

La Plata está acá nomás, pero Rosario no para todes está tan cerca.

El pibe extraña al Gordo porque puede venir poco.

Mañana cambia el pasaje y le dice al jefe que todavía le duele el palo que se pegó en la moto.

***

Días antes el Gordo caminaba por la casa y arrastraba las patas con el alma fracturada.

  •  Extraño a Santi...

    Sacaba más papada de la que tiene y fruncía la boca grande para abajo.

    Al pibe le habían dicho que no en el trabajo.

    Iba a tener que cadetear.

    Otra semana sin verlo.

    La otra noche el pibe le dijo por WhatsApp, “yo te quiero pero más te deseo”.

    El Gordo esperaba que el pibe lo viniera a refrescar.

    El pibe pudo venir cuando se cayó de la moto, porque por unos días no pudieron obligarlo a trabajar.

    El Gordo entiende al pibe porque se acuerda cómo fue su primer tiempo en Capital.

    Dejó la casa y se vino a provocar a la miseria y a la suerte, a ver a cuál encontraba primero.

    Había imaginado de todo pero no tanta miseria, tanta miseria por años, hasta que un día de puro culo consiguió su primer trabajo en blanco.

    El Gordo consiguió un trabajo tan “estable”, que ni tiempo le deja para salir de la ciudad.

    El trabajo del pibe es tan inestable, que un golpe de suerte para él fue un golpe, literal.

    ***

    No quiero verlos cuando se despidan.

    Yo sé que habrá sido poco.

    Habrá sido un lujo recién besado, recién lamido, recién vestido y salido de duchar.

    Ese pibe en la puerta, que hasta hace minutos se montaba, se estará yendo de vuelta hacia el Litoral.

    El Gordo andará un día con la cara para abajo, a las puteadas porque no lo vuelve a ver hasta el cumpleaños.

    El pibe pensará en el Gordo, cuando salga a la calle a repartir comidas y seguro llore cuando se ponga el casco.

    Pero será eso, un solo día o capaz un par.

    Hay muchas cosas que los dos abrazan, como la organización y la lucha.

    La lágrima cae y los dos putean, por la distancia que marca el billete más que la ruta.

    Volverá cada uno a seguir la pelea, porque están cansados de todo y porque saben que sufren, pero no por amor.




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