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Planificación socialista y un futuro posible

Martín Mikori

SOCIALISMO
Ilustración: Juan Atacho

Planificación socialista y un futuro posible

Martín Mikori

Ideas de Izquierda

Hace rato que el capitalismo se muestra como un sistema cada vez más disfuncional. La disparidad obscena que crece cada año entre la riqueza de un puñado de billonarios que supera la de la mitad de la población mundial, la situación de pobreza extrema que afecta a cientos de millones, la crisis climática asociada a un sistema que no puede parar de estimular la producción con el solo fin de la ganancia, que implica “abaratar” lo más posible cualquier cuidado ambiental para producir más barato, etc., son algunas de las expresiones más salientes de ello. Y no son las únicas: el descontento con el estado de cosas que produce este sistema es muy extendido, el horizonte de futuro se ha vuelto muy sombrío. No sorprende que sectores juveniles, incluso en EE. UU., bastión del capitalismo, se vengan mostrando favorables a las ideas socialistas, en lo que se llamó “socialismo millenial”. Es por ello que discutir cómo podemos alcanzar una alternativa superadora del capitalismo y por qué esta tiene que ser socialista es fundamental.

Mucho se hace por presentar al socialismo cómo un sistema empobrecedor, que fracasó y es responsable de la miseria de más de un país capitalista. En el mejor de los casos, se lo presenta como una utopía: un sistema que no podría funcionar y que a la vez es imposible de alcanzar.

Quienes reivindicamos y militamos por el socialismo, trataremos de ayudar a imaginar algunos elementos de la sociedad que queremos construir, donde la planificación de la producción es fundamental, y que los medios de producción sean propiedad colectiva. Desde ya para llegar a ese futuro comunista que Marx aproximó mediante ciertas ideas de qué tipo de sociedad se podría construir, se necesitará una transición que comience en un gobierno de los trabajadores.

El objetivo de este artículo es debatir alrededor de por qué la planificación socialista es un modelo social muy superador al capitalista, y posible. Es decir, la producción de bienes y servicios decidida de manera colectiva utilizando medios de producción socializados podrá satisfacer necesidades sociales y a la vez la planificación es la mejor manera de encararlo ya que ayudará a estimar las necesidades y asegurarse de producir lo necesario y a la vez trabajar la menor cantidad de horas posibles utilizando los recursos naturales de una manera racional.

Producción orientada por la ganancia o planificación socialista

En la sociedad capitalista en la que vivimos, la decisión sobre qué producir está en manos de la minoría poseedora de los medios de producción. Este modo de producción permite que haya una apropiación privada del excedente social. El objetivo de cómo y qué producir está basado en maximizar ganancias.

Los capitalistas definen la producción de los bienes y servicios, siempre y cuando los mismos generen las ganancias suficientes de acuerdo a sus expectativas. En caso que esto no se cumpla, estos bienes y servicios no se producirán o la inversión de los mismos quedará restringida aunque las necesidades sociales queden sin cubrir, por carecer un sector de la sociedad de los medios materiales para expresarse como “demanda efectiva”, debido a la desigualdad en la distribución de la renta. La demanda real no expresa de ningún modo las preferencias reales de los individuos, sino lo que pueden consumir.

En cambio, ¿qué pasaría si fuera la clase trabajadora la que decidiera qué y cómo producir? Parece una obviedad, pero es la clase trabajadora, población numerosamente mucho mayor que la poseedora de medios de producción, la que potencialmente tiene la capacidad de tomar en sus manos la gestión de los medios de definir qué tenemos que hacer.

Una planificación socialista podría ayudar a combinar las necesidades sociales que queremos satisfacer y en base a eso, organizar y prever la producción de bienes y servicios. Para realizar esto, Trotsky en sus escritos “la economía soviética en peligro” (1932), entendiendo las debilidades de la planificación en la URSS, propuso la necesidad de combinar estos tres factores, vitales para pensar la economía planificada. Se trataría hoy entonces de:

i) Plan rector: la elaboración de un plan, es decir una asignación previa de recursos, articulada entre departamentos centrales y locales, que debería considerar las necesidades de producción de bienes y servicios contemplando horas de trabajo, insumos a utilizar, cronograma de tiempos e impacto ambiental. De esta manera se trazará una proyección de producción.

ii) Comercio: dependiendo de la etapa en transición al socialismo que se esté, será importante contraponer la planificación a la realidad. Ver qué falla e ir ajustando a medida que surjan problemas o cambios en las necesidades sociales.

iii) Una democracia soviética: que garantice la información y que sea clara y fácilmente comprensible para que el conjunto de la población pueda entender qué está pasando y por qué. En función de esa información se ajustará el plan en la medida que cada cambio sea necesario. Será vital tener un control permanente del uso y apertura de la información. No puede haber una clase dominante que quiera sacar ventaja, una burocracia o un Estado policial que la utilice para perpetuarse y evitar persecuciones o manipulaciones.

Aprendizajes sobre la planificación

La idea de planificación, que escandaliza a los economistas libertarianos y otros defensores del libre mercado, se encuentra muy incorporada en las empresas capitalistas. En la actualidad hay empresas capitalistas que tienen una aceitada planificación. La mayoría de las grandes corporaciones implementa “metodologías ágiles” que combinan el trazado de un plan de largo plazo (1 año o más), evaluaciones trimestrales y planificación por equipo (semanal o quincenal). Es decir, utilizan una asignación previa de recursos en lugar de dejarse llevar por la espontaneidad o utilización de mecanismos de precios internos. Además utilizan un manejo de inventarios al mínimo y la programación económica. Ejemplos como Walmart, Amazon y a nivel latinoamericano, MercadoLibre, son grandes monopolios de información que aprovechan para poder estimar qué, cuánto y cuándo se va a vender de cada producto para estimar desde necesidades de empleados para logística, stock de productos y packaging, hasta para ofrecer servicios a sus vendedores y así recomendarles qué, cuándo y a cuánto vender. Por otro lado, aprovechan esta información para elegir los productos más rentables en base a la información que tienen en su propia plataforma para empezar a competir en ese rubro. Esta planificación intra-empresa, que ya existe en el capitalismo en función de maximizar los beneficios, puede adaptarse y reformularse para servir a la satisfacción de las necesidades sociales si cambiamos de raíz la propiedad y gestión de los medios de producción fundamentales.

Para que esto suceda, una tarea de vital importancia es imaginar y debatir cómo sería una sociedad distinta, tomando los mejores elementos de la teoría marxista, incorporando las experiencias derrotadas de los Estados obreros del siglo XX y considerando los avances teóricos y tecnológicos de la actualidad, que nos dan más herramientas para debatir la planificación, parte central del proyecto socialista.

Un ejemplo para imaginar el futuro socialista

Si bien la planificación se deberá ir definiendo en la práctica, como primera aproximación, para ayudar a imaginarnos, basados en experiencias, podemos tratar de pensarla para la alimentación. Es sabido que la producción global de alimentos, megaconcentrada en pocas compañías, podría garantizar las necesidades sociales. Como también que, dado que la producción está regida por la ley de mercado, se desperdicia alrededor del 30 % de los alimentos mientras 811 millones de personas padecen hambre. Desde ya el primer paso sería socializar la tierra y los medios de producción. Pero luego también quedaría un desafío de definir qué y cómo producir.

Una planificación de la alimentación, en primer lugar, debería estimar la cantidad y tipo de alimentos necesarios para satisfacer demandas sociales. Este ejercicio no debería ser muy complejo ya que podríamos partir de utilizar las estadísticas de consumo actuales y también ir ajustando en la medida que vayamos entendiendo qué cosas necesitamos más o menos.

Por otro lado, realizar una división de cómo llevar adelante esa producción basada en diferentes aspectos, como las tierras que podrían utilizarse, la maquinaria necesaria y la cantidad de horas de trabajo necesaria para hacer una correcta distribución. Al estar socializada la tierra y los medios de producción no existiría nada así como la renta agraria ni la necesidad de extraer plusvalor. Esta división democrática de la producción deberá plantearse en niveles globales y locales para poder asignar recursos y también tener una justa distribución de los alimentos.

De esta manera podríamos garantizar alimentación para todo el planeta mediante considerar las verdaderas necesidades y definir la producción en este sentido, asegurar que la misma sea de calidad y a un costo menor ya que el excedente social pasaría de manos privadas a estar socializado. Adicionalmente información democráticamente expuesta podría ayudarnos a entender los diferentes efectos secundarios que produce cada tipo de alimento. Desde contaminación, maltrato animal e impacto de los alimentos en nuestra salud. Si pudiéramos garantizar alimentación para toda la población, sería mucho más sencillo discutir posibles alternativas de transición para ir eligiendo los mejores caminos de producción y consumo. Este es un claro ejemplo que ayuda a comprender dónde está la irracionalidad y cómo nos afecta en diferentes niveles. Si a este caso le incorporamos otros sectores estratégicos dónde la planificación es totalmente viable como banca, energía, vivienda, transporte, por mencionar solo algunos, podemos imaginar un futuro socialista mucho más realista que lo que nos quieren hacer creer.

Como está escrito anteriormente, este camino no será posible vía la regulación de empresas, ya que el mismo, aún en el mejor de los escenarios, solo conseguirá que la planificación de la producción siga en manos privadas, con algunas restricciones adicionales. En cambio, es necesario socializar los medios de producción para que el excedente social pase de estar en manos de unos pocos a que sea distribuido hacia el conjunto de la población.

En esa misma línea Marx propone como perspectiva una sociedad libre de productores asociados que definan qué y cómo producir. El comunismo como un control planificado y consciente de los hombres libremente asociados:

El hombre socializado, los productores asociados gobiernan el metabolismo humano con la naturaleza de una manera racional, llevándolo a cabo bajo su control colectivo, en vez de ser dominados por dicha interacción como si fuera un poder ciego, y lográndolo con el menor gasto de energía y en condiciones más valiosas y apropiadas para su naturaleza humana.

Un ejemplo de la potencialidad de esto se puede ver en la formación de transición que fue el Estado obrero de la URSS. Entre 1930 y 1960, aún con la burocratización que no permitió el desarrollo de una economía planificada democrática, consiguió transformar, en pocas décadas, un país capitalista atrasado con resabios feudales en la segunda potencia económica e industrial del planeta. Por supuesto, debido al estalinismo y los giros burocráticos como la colectivización forzosa (que estuvo precedida por una política que alimentó alegremente el enriquecimiento de los campesinos capitalistas mientras se degradaba la industria nacionalizada), estas transformaciones se dieron de manera traumática. Sufrió además grandes dificultades, tanto por atraso tecnológico y porque la burocracia impuso cada vez más deformaciones e impedía la verdadera deliberación y control por parte de la población sobre la producción y el destino de la economía. Incluso y a pesar de estos límites, existió un avanzado proceso de industrialización. Si bien existe un sentido común del impacto negativo de estos procesos que se intentan asimilar con el proyecto socialista que queremos construir, es importante señalar que ciertos aspectos de la socialización de los medios de producción y la planificación de la economía generaron estos avances inéditos para economías atrasadas. Trotsky, en La revolución traicionada, escribía de manera contundente señalando los éxitos innegables de los avances en el terreno de la producción:

La amplitud de la industrialización de la URSS, en medio del estancamiento y de la decadencia de casi todo el universo capitalista, se desprende de los índices globales que presento a continuación [...] En diciembre de 1913, la cuenca del Donetz produjo 2.275 toneladas de hulla; en diciembre de 1935, 7.125 toneladas. Durante los tres últimos años, la producción metalúrgica aumentó dos veces, la del acero y de los aceros laminados, cerca de 2,5 veces. En comparación con la preguerra, la extracción de naftas, de hulla y de mineral de hierro aumentó 3 o 3,5 veces. En 1920, cuando se decretó el primer plan de electrificación, el país tenía estaciones locales de una potencia total de 253.000 kilovatios. En 1935 ya había 95 estaciones locales con una potencia total de 4.345.000 kilovatios. En 1925, la URSS tenía el undécimo lugar en el mundo desde el punto de vista de la producción de energía eléctrica; en 1935, solo era inferior a Alemania y a los Estados Unidos. En la extracción de hulla, la URSS pasó del décimo lugar al cuarto. En cuanto a la producción de acero, pasó del sexto al tercero. En la producción de tractores ocupa el primer lugar del mundo. Lo mismo sucede con la producción de azúcar.
Los inmensos resultados obtenidos por la industria, el comienzo prometedor de un florecimiento de la agricultura, el crecimiento extraordinario de las viejas ciudades industriales, la creación de otras nuevas, el rápido aumento del número de obreros, la elevación del nivel cultural y de las necesidades, son los resultados indiscutibles de la Revolución de Octubre en la que los profetas del viejo mundo creyeron ver la tumba de la civilización.

Y continúa, en debate con quienes opinaban la producción socializada no era posible y advirtiendo que aunque continúe el proceso de burocratización, la experiencia del modelo soviético serían una escuela para las futuras generaciones:

Ya no hay necesidad de discutir con los señores economistas burgueses: el socialismo ha demostrado su derecho a la victoria, no en las páginas de El Capital, sino en una arena económica que constituye la sexta parte de la superficie del globo; no en el lenguaje de la dialéctica, sino en el del hierro, el cemento y la electricidad. Aun en el caso de que la URSS, por culpa de sus dirigentes, sucumbiera a los golpes del exterior –cosa que esperamos firmemente no ver– quedaría, como prenda del porvenir, el hecho indestructible de que la revolución proletaria fue lo único que permitió a un país atrasado obtener en menos de veinte años resultados sin precedentes en la historia.

Recapitulando, son los trabajadores quienes producen, pero son los dueños de los medios para producir quienes deciden qué y cómo. ¿Qué queremos los socialistas revolucionarios? Que el conjunto de la clase trabajadora se ponga al frente de una profunda transformación de la sociedad, socializando esos medios de producción (fábricas, infraestructuras estratégicas, transporte, etc.), para que la misma se defina en función de las necesidades sociales y no de las ganancias. Y a su vez, que se haga democráticamente, considerando el tiempo de trabajo necesario para generar la cantidad de bienes y servicios que se requieran y teniendo en cuenta también las consecuencias ambientales.


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