Sociedad

HIDROCARBUROS

Pico del petróleo: el fin del oro negro llegó para quedarse

El gobierno avanza con la profundización de un modelo económico en bancarrota, ignorando señales que indican la necesidad urgente de un cambio de rumbo.

Sábado 13 de agosto de 2016 | Edición del día

La civilización moderna está basada en la producción de energía fácil y barata. La Revolución Industrial, que comenzó hace más de dos siglos, se alimentó a si misma con los grandes yacimientos de carbón, lo cual le permitió a su vez liberar esfuerzos productivos para nuevos emprendimientos. De a poco quedaron en el pasado la tracción a sangre y la agricultura de supervivencia, siendo reemplazadas por máquinas de vapor que agilizaron la producción de alimentos y la mecanización industrial.

Más tarde, a mediados del siglo XIX, el descubrimiento del petróleo como una nueva fuente de energía le dio nueva fuerza a la revolución industrial, cambiando una vez más el panorama energético mundial y sentando las bases para un mundo nuevo, esta vez basado en el consumo de petróleo y gas. De a poco estos combustibles fósiles se convirtieron en el motor de los procesos industriales, del transporte y de la alimentación. Hoy prácticamente no hay esfera de la actividad humana que no dependa de la extracción y el procesamiento de hidrocarburos.

Las reservas de Argentina nunca dieron lugar para ilusionarse, salvo durante el gobierno de Menem, cuando creció la idea de ser un país exportador de petróleo. Para ello se forzó la sobre explotación de yacimientos convencionales agotando así las pocas reservas conocidas.

Sin embargo, la realidad nos muestra que esta época de bonanza, que duró 160 años gracias a la abundancia de combustibles fósiles baratos, ya está llegando a su límite. La demanda de combustibles es cada vez mayor. Por un lado el aumento de la población mundial implica una mayor necesidad de alimentos, transportes y productos derivados de hidrocarburos. Al mismo tiempo, la concepción de la economía como un proceso en perpetuo crecimiento implica un consumo de recursos que no se condice con los límites naturales de la disponibilidad de estos hidrocarburos.

Esta demanda creciente pone de manifiesto los límites de los yacimientos conocidos de hidrocarburos convencionales, al punto tal que, a nivel global, todos los yacimientos ya han llegado a su máxima producción, y la mayoría ya está declinando en forma irreversible. Las reservas de petróleo convencional se están acabando y no se encuentran nuevas reservas que puedan reemplazar la producción perdida: típicamente se descubre un metro cúbico de petróleo por cada seis metros cúbicos que se consumen.

Este paulatino agotamiento alcanza a países que fueron líderes en extracción y exportación. Entre ellos es notoria la declinación de los yacimientos offshore de México, de Noruega en el Mar del Norte, y el súper reservorio Ghawar en Arabia Saudita. Por su parte las reservas de Argentina nunca dieron lugar para ilusionarse, salvo durante el gobierno de Menem, cuando creció la idea de ser un país exportador de petróleo. Para ello se forzó la sobre explotación de yacimientos convencionales agotando así las pocas reservas conocidas.

Hoy estamos pagando el precio de esa aventura al tener que importar petróleo y gas a precios internacionales para mantener una estructura de desarrollo basada en energías fósiles.

Ante el descalabro de la provisión de energía los gobiernos sólo presentan alternativas extremas tales como pozos en el mar, explotación en el Ártico, extracción de hidrocarburos no convencionales usando el método de fractura hidráulica (fracking), combustión subterránea de carbón, o la temida energía atómica. Al mismo tiempo se avanza sobre técnicas que permitan la extracción de hidratos de metano del fondo del mar.

Hoy nos preocupa la explotación de yacimientos no convencionales en tierra firme tales como los yacimientos de esquistos o las arenas compactas de Vaca Muerta, en las provincias de Neuquén y Río Negro.

La explotación de yacimientos no convencionales requiere el uso del método de fractura hidráulica para aumentar la permeabilidad de las rocas y así permitir el flujo del petróleo y gas hacia el pozo. Esto es necesario porque las rocas no convencionales tienen muy baja permeabilidad y no permiten extraer libremente el petróleo almacenado en las mismas.

Una vez terminado el pozo, entubado y cementado, se inyecta un gran volumen de agua, arena y productos químicos dentro de las formaciones. La presión del fluido crea múltiples fracturas en la roca por donde fluyen los hidrocarburos hacia el pozo, mientras que la arena sirve como agente de sostén para mantener abiertas las fracturas. Cuando se acaba el petróleo y el gas contenido en esas fisuras es necesario fracturar el pozo nuevamente hasta que nuevas fracturas ya no resultan en un aumento de la producción. En ese momento se abandona el pozo y se hace otro pozo para alcanzar partes de la roca no explotadas previamente.

Hay varios problemas con este tipo de explotaciones. La vida útil de estos pozos es limitada –3 o 4 años– por lo tanto se necesita la perforación de miles de pozos para mantener el nivel de producción. Cada una de estas fracturas consume millones de litros de agua potable. Los fluidos residuales quedan contaminados de forma permanente con cientos de productos químicos –muchos de ellos no declarados– que resultan en contaminación masiva del aire y el agua. Las pérdidas inevitables de los pozos por fallas de aislación, a través de cañerías rotas y cementaciones defectuosas, permiten fugas de fluidos tóxicos que contaminan los acuíferos subterráneos y escapan hacia la superficie. El gas metano que escapa de los pozos es cien veces más poderoso que el dióxido de carbono como agente de calentamiento global. A los fluidos de desecho los esconden bajo tierra inyectándolos a altas presiones, lo cual da lugar a terremotos. Los gases y productos químicos resultantes de estas explotaciones son responsables por una variedad de enfermedades en las poblaciones aledañas: asma, enfermedades respiratorias diversas, cáncer, afecciones a los sistemas reproductivo, inmunológico, neurológico y endocrino, con consiguientes dificultades en el desarrollo humano.

A esta larga lista se le puede agregar la limitada utilidad en términos energéticos. Habiendo agotado los yacimientos de fácil extracción, las alternativas ahora son de complejidad creciente. A un mayor costo económico se le debe sumar una baja tasa de retorno energético. Esto significa que se gasta casi tanta energía para sacar el petróleo o el gas como la energía que entregan estos combustibles. Como consecuencia queda un saldo cada vez menor de energía neta para la sociedad.

El sistema capitalista creció impulsado por fuentes de energía que en su momento parecían inagotables. La experiencia nos muestra que el planeta tiene límites infranqueables tanto para la provisión de recursos como para el mantenimiento de un modelo económico basado en la destrucción de la naturaleza.

Ante este panorama la pregunta casi obligada es: ¿No hay otras alternativas? La respuesta es: hay otras alternativas pero éstas requieren un cambio profundo en el modelo de desarrollo, la concepción de la economía, y nuestro rol en la sociedad. No debemos perder de vista que el sistema capitalista creció impulsado por fuentes de energía que en su momento parecían inagotables. La experiencia nos muestra de manera inequívoca que el planeta tiene límites infranqueables tanto para la provisión de recursos como para el mantenimiento de un modelo económico basado en la destrucción de la naturaleza. Lamentablemente los cambios radicales en nuestra sociedad quedan fuera de consideración para nuestros gobernantes, hoy más preocupados en soluciones a corto plazo que en visualizar un futuro, no muy distante, en el cual estos cambios estarán forzados por la realidad energética y climática.

Tanto Arabia Saudita como Noruega ya reconocieron los límites de una economía basada en el petróleo y están cambiando su modelo económico para adaptarse a un futuro diferente. Mientras tanto, en la Argentina, nuestros gobernantes siguen por el mismo camino pisoteando derechos humanos básicos como el derecho al aire y al agua, o el derecho a la consulta libre, previa e informada a las comunidades originarias.

• El autor es geógrafo, extrabajador petrolero de YPF y coautor del libro Veinte mitos y realidades del fracking (2014).







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