OPINION

Paradojas virales

Una reflexión de Ariel Petruchelli, docente de historia e investigador de la Universidad Nacional del Comahue sobre la pandemia de coronavirus y capitalismo.

Miércoles 25 de marzo | 12:16

Desde hace al menos medio siglo, sectores importantes de la comunidad científica internacional vienen alertado sobre los problemas presentes y futuros del crecimiento económico indiscriminado. Desde hace unas dos décadas los llamados de alerta e incluso alarma sobre el cambio climático, la emisión de gases de efecto invernadero, la contaminación ambiental, el extractivismo, la desforestación y la inminente proliferación de todo tipo de plagas se han multiplicado hasta la angustia.

Sin embargo, las ínfimas cuotas de reducción de la emisión de gases que las autoridades internacionales lograban consensuar (muy lejanas aún así de las recomendaciones hechas por los científicos) no eran cumplidas. El escenario global es el de una larga y rápida marcha hacia la catástrofe. De no frenarse el calentamiento global en la próxima década, las víctimas se contarían por cientos de millones. Esto se sabe. Lo saben. Pero la marcha de la economía capitalista no se detiene. Más bien al contrario: si el crecimiento no supera en 3 por ciento anual se habla de crisis o de recesión, y se alerta sobe las penosas consecuencias sociales en términos de desempleo, etc. La economía debe crecer. No hay alternativa. Pero el planeta estallará. No hay alternativa. Pero el cambio climático causará ciento de millones de víctimas y de muertes. No hay alternativa: la economía tiene que crecer.

Pero estamos destruyendo nuestra casa que es este planeta cada vez más devastado. No hay alternativa, hay que seguir adelante: la economía no se puede detener. Pero esto es absurdo, los bienes que se producen son cada vez más superfluos (automóviles, celulares, tablets) y la inmensa mayoría de las personas a duras penas puede comer. Las cosas son así, no hay alternativa, no hay alternativa, no hay.

Las cosas estaban así a nivel mundial. Y de repente llegó el Covid 19. En cuestión de semanas se redujo un 35 % la emisión gases de efecto invernadero. La economía mundial se frenó prácticamente en seco. Países enteros entraron en cuarentena obligatoria. Todo, absolutamente todo lo que se decía que era imposible, de repente se volvió realidad.

El planeta respira, ligera y temporalmente aliviado, mientras enormes cantidades de la población mundial viven en estado de pánico y de auto-encarcelamiento como medida de salvación pública. Paradójicamente, un virus ha hecho más por frenar el calentamiento global que todas las autoridades de todos los países en los últimos cincuenta años.

Las buenas conciencias quizá se consuelen pensando que al menos esta catástrofe viral servirá para que tomemos conciencia de que todos somos parte de un mismo barco y que necesitamos unirnos para salvarnos. Y sin embargo no; en este momento de “frente único” contra la amenaza del covid 19 es necesario no perder la cabeza. Ningún virus hará lo que tenemos que hacer como humanidad.

Aunque resulte disonante y políticamente incorrecto, hay que decir que el impacto público de esta pandemia tiene mucho que ver con las franjas etarias, los sectores de clases y los grupos étnicos que se han visto principalmente afectados. El sesgo es pronunciado. Más aún: es casi increíblemente pronunciado. A nivel mundial, el 95 % de las víctimas superan los 60 años. Más aún, el 80 % de las víctimas superan los 70 años, y por ende se hallan casi todas por encima de la esperanza de vida promedio (que ronda los 72 años, con obvias y escandalosas diferencias regionales y de clase).

El virus prácticamente no afecta a los menores de 10 años, y hasta ahora no ha provocado ningún deceso en esta franja etaria. Los casos de contagio son escasos en la franja de entre 10 y 19 años, y los muertos son unos pocos.

Ahora bien, es claro como el agua clara que el promedio de edad de los líderes políticos mundiales, de los ricos y los super-ricos, de los CEOs de las corporaciones, de los ejecutivos de organismos internacionales; en suma, la franja etaria promedio de quienes dominan el mundo los coloca entre la población de riesgo. A esto se suma que los estados más afectados son potencias mundiales o países relativamente acomodados, y que con la excepción parcial de China, el virus circuló profusamente en sectores sociales con capacidad para viajar al extranjero. En menores de 30 años la mortalidad del covid 19 no difiere mucho de la gripe común. Para la gran mayoría de la población mundial, la amenaza mortal del virus es realmente baja.

No nos engañemos: no son las vidas de la población en general lo que les preocupa. Son sus propias vidas, que sienten ante un riesgo mayor. Mientras los muertos en masa caen por balas, cólera, desnutrición, malaria o gripe en las villas miseria, en África, en Medio oriente, en los campos de refugiados, en las barriadas populares ... la vida sigue para ellos como si tal cosa. Nunca les tembló el pulso para reducir presupuestos de salud, pagar jubilaciones miserables, recrudecer la explotación, achicar los salarios, talar los bosques, echar al mar refugiados, contaminar los ríos, inundar el mundo de sustancias cancerígenas, establecer bloqueos económicos a países enteros o lanzar misiles a mansalva lamentando cínicamente sus “efectos colaterales”. Pero cuando las víctimas potenciales son ellos… entonces son capaces de todo. Incluso de hacer lo inimaginable. Incluso de hacer lo que durante años dijeron que no se podía hacer -reducir drásticamente la emisión de gases- aunque fuera indispensable para salvar a millones de personas de una catástrofe inminente.

Desde luego que políticos y empresarios conocían y conocen perfectamente los efectos devastadores que el cambio climático ocasionará: pero calculaban que a ellos no les llegaría. Los muertos del cambio climático no serían sus muertos. Para su sorpresa, el covid 19 también se metió con ellos. De eso al pánico no había mucho más que un paso. Hasta que se desarrolle una vacuna nos tendrán a todos y todas obsesionados con su amenaza. La gripe común afectó a 32 millones de estadounidenses el año pasado, 350.000 de los cuales debieron ser hospitalizados y 18.000 murieron. En España los muertos por gripe en 2019 fueron más de 6.000.

Pero, claro, para la gripe hay vacuna y se mueren solamente quienes no pueden costearla. Para el covid 19 todavía no la hay. Cuando la vacuna esté disponible los medios de comunicación de masas se olvidarán pronto si la bendita vacuna no llega al pobrerío.

Con un puñado de excepciones (quizá Corea, acaso Alemania) las autoridades públicas oscilaron entre el negacionismo omnipotente y el pánico. Los líderes chinos pasaron de uno a otro en cuestión de días: de negar el problema y tomar medidas represivas contra los médicos que alertaban sobre los riesgos, a establecer una cuarentena total en Wuhan. A medida que los contagios se esparcían por el mundo por medio de los viajeros y viajeras internacionales, el pánico comenzó a generalizarse entre las clases altas. Desde luego que en España y, sobre todo en Italia, la situación es dramática. Pero no deberíamos olvidar que la inmensa mayoría de las víctimas pertenecen a franjas etarias numerosas en esos países, pero exiguas en muchos otros. En África, en India, en buena parte de América Latina los mayores de 80 (que son el 50 por ciento de las víctimas) son muy escasos: allí se mueren antes de alcanzar esas edades por enfermedades curables. En Italia los mayores de 65 años representan un 22 % de la población. En España son aproximadamente el 16 %. Son países del llamado “primer mundo”. Pero en Argentina sólo un 8 % corresponde a esa franja etaria, en la que se registra el 95 % de las víctimas fatales. Y digámoslo todo: en India son menos del 2 %. Desigualdad global, que le dicen.

Esto no significa que haya que tomar a la ligera a la pandemia. Pero el pánico que ha generado tiene mucho que ver con que ha afectado a sectores sociales que tradicionalmente se consideran invulnerables. Y al poder social, económico, político y mediático que poseen.

Entre tanto, esos mismos sectores querrán volver, cuando pase el temblor, a la lógica capitalista de siempre, basada en un productivismo estúpido y un consumismo histérico. El 99,9 por ciento de la humanidad sobrevivirá al Covid 19. Pero seguirá presa del desquiciado virus de una vida orientada por las ganancias del capital, que nos conduce a todos al desastre a pasos rápidos y -en medio de un estado de sitio real o virtual a causa del virus- a paso militar. Y a ese desastre no le pondrá freno un virus biológico, sino la organización, la consciencia y la capacidad de lucha de los trabajadores y trabajadoras del mundo dispuestos a enfrentar la locura capitalista.

Con o sin Covid 19, la tarea de la hora -aunque a muchos parezca imposible- es abolir el capitalismo. Acaso sin quererlo, los sectores dominantes, al paralizar la economía, nos han dado muestras de su propia radicalidad. La tibieza, la moderación, el hacer sólo lo que parece posible, la negociación a la baja, la cautela reformista, el posibilismo, son taras insufladas en la conciencia pública por décadas de propaganda interesada. Ellos, los dueños del mundo, son capaces de tomar las medidas más radicales cuando se sienten personalmente amenazados. Nos han dado una lección. Nosotros, los explotados en el capitalismo del desastre, debemos tirar por la borda el tibio posibilismo que nos suicida en cuotas. Hay que tomar las medidas más radicales para acabar con el capitalismo. Cuando la vida está en juego, no hay margen para la tibieza. El capitalismo coloca a la inmensa mayoría de la humanidad ante la inminencia del desastre ecológico. Si la economía se puede parar por un virus, ¿cómo no podríamos relentizarla por medio de una revolución que organice sensatamente la producción y distribuya igualitariamente el disfrute de las riquezas?

En medio de la pandemia, cierto aislamiento social es desde luego recomendable, aunque la brutalidad policial con que en muchos casos se quiere imponer una imposible y en gran medida hipócrita cuarentena total sea un despropósito, sobre todo en las condiciones de hacinamiento o de falta de vivienda que proliferan en nuestro país.

Pero, en cualquier caso, recordemos que a la revolución no la vamos a hacer quedándonos en casa.







Temas relacionados

Covid-19   /    Calentamiento global   /    Economía mundial   /    Opinión   /    Neuquén

Comentarios

DEJAR COMENTARIO