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Pánico y locura en el “Estado de derecho”

Últimamente, por todas partes, oímos voces alarmadas porque en Argentina se vulnera el “Estado de derecho”. Pero ¿qué es y por qué hay tanta gente preocupada por él? Un debate con un editorial de Carlos Pagni.

Cecilia Rodríguez

@cecilia.laura.r

Sábado 9 de diciembre de 2017 | Edición del día

Últimamente, por todas partes, oímos voces alarmadas por que en Argentina se vulnera el “Estado de derecho”. Lo dice la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner cuando denuncia la persecución hacia ella y otros dirigentes kirchneristas llevada adelante por el juez (de la) servilleta Claudio Bonadío. Lo dice Patricia Bullrich cuando se refiere a un grupo de unas decenas de mapuches que tomaron un pequeño predio en Villa Mascardi, supuestamente pertrechados “con armas de grueso calibre”, que a esta altura son más difíciles de encontrar que las armas de destrucción masiva que inventó Bush para lanzar la guerra de Irak. Lo dicen, diariamente, decenas de panelistas que parecen expertos en todo y opinan sobre todo. Lo dice Carrió cuando brama contra la corrupción de unos mientras se va silbando bajito ante la corrupción de otros (los propios). Lo dice -o más bien, lo actúa- el policía que se toma la atribución de disparar por la espalda y a un metro de distancia a un diputado provincial del Frente de Izquierda en Neuquén, por el “delito” de acompañar a un grupo de trabajadores que estaban reclamando por sus fuentes de trabajo. Pero ¿qué es el “Estado de derecho” y por qué hay tanta gente consternada por él?

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El editorialista del diario La Nación, Carlos Pagni, intentó hace unos días dar una respuesta sobre este asunto. El título ya dice mucho: La dificultad de la sociedad argentina para obedecer la ley y no la voluntad del que manda. El contenido de la editorial se basa en tres supuestos.

El primero, el punto de partida de Pagni, es Borges: no su literatura, sino su política. En el ensayo “Nuestro pobre individualismo”, el escritor señala que “el argentino, a diferencia del americano del norte, no se identifica con el Estado. El Estado es una inconcebible abstracción”. Pagni lee también la nota al pie: “el Estado es impersonal y el argentino solo concibe una relación personal, para él robar dineros públicos no es un crimen".

De esto, Pagni deduce su segundo supuesto: una especie de pecado de origen, una especie de “modo de ser” o de ontología del argentino, que devendría en una “dificultad para obedecer la ley y no la voluntad de quien manda”, es decir, dificultad para evitar que se establezca una “gobernabilidad basada en el caudillo” y en la autoridad de un líder que, por ende, puede ser corrupto y violar la ley porque lo que importa no es la ley.

A este escenario, Pagni lo agrava aún más planteando su tercer supuesto: en la Argentina actual el problema es que “no está claro quien manda”. Es decir, el Estado de derecho no tiene autoridad, el “poder está fragmentado”, Macri “gana elecciones pero sigue en minoría en el Congreso”. Por lo tanto, ya no se obedece a la ley ni a un caudillo y todo se resuelve, según Pagni, por el choque de fuerzas: “la realidad se comporta de acuerdo a quién tiene mayor capacidad de extorsión sobre el sistema”, es “una especie de paralelogramo infinito de fuerzas para definir el propio interés o para definir la vida pública”.

Vamos a intentar contestar a estos tres supuestos en una serie de notas. En esta primera entrega, nos detendremos en el primero: eso que dice Borges de que “el argentino no se identifica con el Estado”, porque el Estado es “impersonal”, es una “inconcebible abstracción”.

Hay ciudadanos… y ciudadaaaaanos

Al examinar la frase de Borges, lo primero que habría que preguntarse es “¿qué es “el argentino”? ¿Hay acaso un arquetipo? ¿una forma de ser propia de los argentinos y argentinas? ¿acaso somos todos iguales? ¿todos pensamos lo mismo? De hecho ¿acaso todos los que vivimos en territorio argentino somos argentinos?

Uno de ejemplos que da el propio Pagni para tratar de ilustrar su teoría contradice de entrada su argumento: el reclamo ancestral de tierras por parte de las comunidades mapuches enfrenta, por un lado, a un pueblo que precede por siglos la instalación del Estado argentino y, por el otro, a empresarios y propietarios de tierras que, en su mayoría, son extranjeros, como Benneton. Solo que, en esta disputa, hay extranjeros y extranjeros, como diría un famoso meme de los Simpsons. A uno, sospechado de tener algo que ver con la desaparición y muerte de un joven, se le cuidan las tierras y los jueces evitan allanar sus cientos de miles de hectáreas, compradas a precio de remate. A los otros, se les cobran las insubordinaciones con una balacera y cacería hasta el río y hasta la muerte.

A lo mejor Pagni está usando eso de “argentino” pero no se refiere a la nacionalidad, sino que lo usa como sinónimo de ciudadano. Y entonces sí: la Constitución dice que todos los ciudadanos somos iguales ante la ley ¿pero es realmente así? Volvamos a la Patagonia: ¿acaso no era ciudadano argentino Santiago Maldonado? ¿No era él más ciudadano de lo que es Benneton, que no está nacionalizado? ¿No son más ciudadanos los mapuches que Benneton? Si, legalmente si. Y sin embargo Benneton, sin ser ciudadano, tiene más derechos que los otros, que son perseguidos, reprimidos o ahogados en el marco de una represión.

Incluso desde el punto de vista de Pagni ¿quiénes violan la ley? ¿todos tenemos la misma capacidad de “no obedecer la ley”? ¿todos los ciudadanos tenemos la posibilidad de “robar dinero de los fondos públicos”? ¿No es más fácil que robe fondos públicos un funcionario del gobierno y una empresa contratista que un tipo que se la pasa trabajando 8, 10, 12hs diarias aportando al sistema previsional (y generando con eso gran parte de los “fondos públicos”), para terminar la vida cobrando la mínima? Hasta para violar la ley, hay ciudadanos y ciudadanos.

El Estado de UN derecho: el “derecho” a la propiedad privada.

Lo cierto es que el Estado, aunque a veces parezca una abstracción, como dice Borges, suele aparecerse de una manera muy concreta allí donde se viola el sacrosanto principio que sostiene al famoso Estado de derecho: la propiedad privada. Allí donde un joven y un puñado de familias mapuches desafían la tierra de Benneton, hay represión y muerte. Allí donde un grupo de familias trabajadoras toman una planta con la intención de evitar despidos y ponerla a producir -lo que redundaría en un bien para la sociedad- hay represión. Para Pagni, la propiedad privada es un derecho garantizado por la ley. Concedámosle esto: concedamos que la propiedad privada no constituye, en sí, un robo permanente de vida, tiempo y salud a aquellos a los que explota y despoja de toda propiedad. Concedámosle que es un derecho ¿hay, acaso, algún otro derecho que sea tan defendido, al punto de matar, en Argentina? ¿Hay alguna fuerza de seguridad que alguna vez en la vida haya defendido el derecho constitucional a la huelga y la protesta? ¿Y qué sucede con el derecho ancestral de los pueblos originarios a tener un territorio donde puedan vivir como les plazca? ¿Y el derecho al trabajo? ¿Alguien ha visto a un gendarme yendo a detener a la patronal de Lear por los despidos ilegales? No, sin embargo, hemos visto a un gendarme tirarse sobre el capó de un auto con la intención de malograr una protesta contra dichos despidos.

Así que tenemos un Estado de derecho en el cual un derecho sobresale entre todos: el derecho a la propiedad privada: y con esto no nos referimos a la casa o el auto del vecino, sino a la propiedad de los grandes medios de producción -las fábricas y las máquinas que hay adentro, los puertos y los barcos y los conteiner, las rutas, las vías, las constructoras, los ladrillos y el cemento, los trenes, los frigoríficos, las tierras, las cerealeras, los bancos y su capital financiero, etc., etc., etc. Estos grandes medios de producción se ponen en movimiento diariamente gracias a miles y millones de personas que trabajan a cambio de un salario, sin importarle mucho al capital si el que trabaja mapuche, argentino, boliviano o paraguayo. Sin embargo, esas personas que trabajan, responsables de todo lo que se produce y se consume, están despojadas de la propiedad e, incluso, los frutos de su trabajo le son ajenos: son propiedad de los, valga la redundancia, propietarios.

Aún los que no trabajan, porque están desocupados, colaboran con el circuito de la ganancia capitalista, que necesita un permanente ejército de reserva -como señalaba Marx- para mantener a la baja los salarios y, a la vez, amenazar al trabajador ocupado con un futuro de desocupación cada vez que se insubordine. Por supuesto, el desocupado -dice el panelista o Carrió- no puede cortar calles porque “vulnera derechos”, y entonces, aparece la gendarmería a desalojar la ruta y así todo se conecta en el gran círculo vicioso del capital y del “Estado de derecho” que, como decían Marx y Engels, no es más que la junta que administra los negocios del capital.

De abstracciones y grietas

El Estado siempre es un Estado de clase. Aparece ante los ojos de Pagni y de toda la teoría política burguesa como un “ente abstracto” porque, como explicaban Marx y Engels, debe elevarse en cierta medida por encima de las clases para amortiguar el choque entre ellas.

En El Capital, Marx analiza el surgimiento de la legislación fabril inglesa que, por primera vez en la historia, reguló el trabajo infantil y femenino, la jornada laboral y elementales cuestiones de higiene y seguridad. Su análisis partía de este punto de vista: librado a sus tendencias “naturales”, el capital, o, más precisamente, un modo de producción que produce valor (que es abstracto y matemáticamente puede producirse siempre más, hasta el infinito) tiende a explotar a la fuerza de trabajo hasta la muerte, dejando como alternativa una catástrofe social o empujando a la clase obrera, si quiere sobrevivir, a la resistencia, a la lucha, la huelga y, en un sentido histórico, a la revolución permanente. La legislación fabril inglesa, que fue resistida por los propios capitalistas, no negaba para Marx el carácter capitalista del Estado, sino que la confirmaba. Era una necesidad estratégica para que el propio capitalismo pudiera desarrollarse.

Esa necesidad histórica de “amortiguar el choque entre las clases”, se expresa cotidianamente en la política nacional, de formas muy diferentes. Hoy no existe ningún ejemplo como el proceso de surgimiento de la legislación fabril en Inglaterra, pero la lógica del análisis de clase que realiza Marx sirve para comprender muchos fenómenos actuales. Por ejemplo, los sindicatos estatizados, como la CGT, dirigidos por una burocracia más empresaria que obrera, se convierten en grandes herramientas para “amortiguar” el tratamiento de contra-reformas como la previsional, pactando con el gobierno no hacer una sola huelga general para frenarla. No solo de represiones vive el capitalismo. Pagni mismo ejemplifica su teoría del “Estado abstracto” trayendo a colación la importancia que le dio Macri a establecer buenas relaciones con la CGT y lograr un acuerdo antes de lanzar la reforma previsional. En este marco, también señala el traspiés que significó para el gobierno la ruptura entre Macri y Moyano, una relación atravesada por el negocio de la AFA, de OCA y por el pequeño detalle de que el segundo dirige uno de los principales sindicatos que puede paralizar el país, y el primero quiere aplicar una reforma laboral que liquide conquistas históricas. Mientras Macri amenaza, mandando a un juez a meter preso al guardaespaldas de Moyano y su vice en Independiente, Moyano amenaza retirándose de la tregua y haciendo una movilización medio floja pero no llamando al paro contra la reforma previsional. Entonces resulta que las clases no se enfrentan directamente sino a través de sus intermediarios, sus “representantes”. La trampa en este asunto es que mientras Macri representa fielmente los intereses de su clase, Moyano no representa los intereses de los trabajadores sino los suyos propios, como parte de una casta burocrática que tiene el privilegio de no trabajar y participar de los grandes negocios.

Los diferentes “representantes” que integran el Estado capitalista pueden tener enfrentamientos, disputas, diferencias, como las de Macri y Moyano, pero en última instancia todos sirven los mismos intereses. Pongamos como ejemplo la famosa grieta.

No hay dudas de que el kirchnerismo tiene una forma de gobernar diferente que Cambiemos, un gobierno directo de los CEOs y grandes familias propietarias de tierra, como los Bullrich. No hay dudas de que, entre Cambiemos y el kirchnerismo existe un enorme enfrentamiento (al punto de llegar a persecuciones políticas increíbles como la de Bonadio y la prisión preventiva “para todos”). Pero con todas estas diferencias y enfrentamientos, los intereses de clase que defienden Cambiemos y el kirchnerismo son los mismos. De un lado de la grieta, represión en Pepsico, Rafael Nahuel, balazo a un diputado del Frente de Izquierda y Santiago Maldonado, en defensa de Benneton. Del otro, represión en Lear para las automotrices y los Qom barridos a sangre y fuego, para extender la frontera de la soja.

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