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Red Internacional

El archiconservador y retrógrado arzobispo de La Plata volvió a la carga nuevamente con sus declaraciones que destilan un profundo arcaísmo. Exhortó a sacerdotes a no reconocer uniones “adulteras”.

Miércoles 1ro de febrero de 2017 | 00:36

La Iglesia Católica considera como uniones adulteras a aquellas relaciones que mantienen un hombre y una mujer a pesar del hecho de que el primer marido o la primera esposa sigan viviendo. Generalmente la tradición católica pone todo el peso del adulterio en la mujer, no así en el varón. Este mundo de matrimonios que duran toda la vida solo puede existir en la mente de algunos pocos feligreses o de sacerdotes fundamentalistas.

El monseñor Aguer sumó una nueva declaración a su ya extensa lista de comentarios homofóbicos, misóginos y retrógrados. En esta ocasión advirtió que los sacerdotes que bendigan uniones adulteras, fornicarias o concubinarias podrían ser sancionados. "Quienes incurran en la frivolidad que se va extendiendo en algunos lugares se harán pasibles de las sanciones que correspondan en cada caso", advirtió el arzobispo de La Plata.

Más allá que las disposiciones internas de la Iglesia, como sus reglamentos y sanciones, no tendrían que atañer más que aquellos que practican el culto, declaraciones como la de Aguer no hacen más que retrasar siglos una realidad que superó con creces la moral oscurantistas de estos personajes medievales. Por otra parte, el reto de Aguer contra los curas que bendigan uniones adulteras (una palabra en franco desuso) no es más que un intento de legitimar a la unión matrimonial heterosexual como la única relación legítima y válida.

Fue el mismo arzobispo quien sostuvo que el aumento en las tasas de femicidios y violencia de género se debían a la desaparición del matrimonio. Lo que omite Aguer es que un importante porcentaje de los casos de violencia machistas, sino el mayoritario, ocurren al interior de la institución matrimonial.

El pensamiento de este siniestro personaje llegan al colmo de negar el derecho al divorcio, derecho por el cual el movimiento de mujeres ha peleado a lo largo del siglo XX contra la Iglesia y un Estado cómplice que hasta bien entrada la década del ochenta se negó a reconocer.

Las arengas a favor de la unión matrimonial indisoluble “hasta que la muerte los separe”, además de constituirse como una cruzada contra el resto de las relaciones sexo afectivas que no se encuadran en el molde, también es un ataque contra la autonomía de las mujeres.

A pesar del estilo provocador de Aguer al que nos tiene acostumbrado, que poco contribuye a la tarea que se dio la Iglesia en un momento de constantes pérdidas de fieles, sus palabras pocas veces han sido rebatidas por personajes de peso de la institución. Ello es así porque este tipo de pensamiento no es exclusivo del arzobipo de La Plata, sin ir más lejos fue el propio Para Francisco quien sostiene que los transexuales son igualables a armas nucleares y que la teoría de género y el divorcio son armas de ataque de la colonización ideológica del lobby a favor del matrimonio igualitario y el derecho al aborto.

Conclusión: no es un Aguer es toda la institución.




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