Sociedad

Lucha por tierras para vivir

Olla popular en la toma de Magaldi en Rosario: las mujeres en la primera fila de organización

Son más de 82 familias luchando por su derecho a la vivienda contra las amenazas de desalojos. Más de 100 niños y padres que se quedan sin trabajo. La solidaridad de vecinos y la organización de las mujeres son el sostén de cada día.

Viernes 2 de octubre | 21:44

Un guiso en ollas de 200 litros, una mesa de madera donde preparan y entregan las porciones, un cuadernillo donde van anotando las familias que retiran el alimento y ellas… las mujeres organizando la resistencia. “Algunos de nuestros maridos se van a trabajar y nosotras damos una mano acá para que a nadie le falte comida”. “Los vecinos del barrio nos donan alimentos, ropa. Con esa solidaridad es que organizamos esto. Por la noche no hay luz y se complica, pero hoy aprovechamos e hicimos la primera olla popular. También vamos a hacer meriendas, los niños tienen que comer”, cuentan las mujeres de la toma de Magaldi, donde se encuentran 82 familias construyendo viviendas ante la falta de lugar para vivir. Terrenos en la zona oeste de Rosario que estaban abandonados usados como basural y aguantadero y ellos acondicionaron para poder habitarlos.

Actualmente hay amenazas de desalojo, pero por el momento ningún fiscal, ni entidad del gobierno se hizo presente para comunicárselos. “Nos enteramos las novedades por los medios cuando vienen, nadie se comunicó con nosotros. También vino la policía hace unos días, pero no tenían orden”, cuentan algunas vecinas. Y como en muchas otras tomas que están transcurriendo en el país, producto de una crisis habitacional que se profundiza en los tiempos de pandemia y desocupación, la postal de las mujeres en la primera fila de organización se ve también en estos territorios.

Organizan como abastecer la comida colectivamente, se ocupan de mantener la higiene con lo poco que tienen en sus viviendas precarias, buscan el agua en bidones en casas aledañas de vecinos solidarios ya que no cuentan con ningún servicio. Preparan el fuego y sostienen a sus hijos a puro pulmón, haciendo lo que pueden con lo que tienen. Ellas están seguras de que tienen que cuidar ese espacio, que no les queda otra en medio de la situación en la que están. Algunas, incluso, intentan continuar sus estudios secundarios desde un celular con pocos datos desde ahí mismo. Son las primeras en poder explicar cómo se sostienen y cuál es la realidad económica de cada familia.

“Ya está lista la comida”, gritan desde el comedor que armaron a mitad de la toma y los vecinos van saliendo de sus carpas y casillas, con platos y tuper y van a buscar sus porciones. “Somos cinco”, dice una de las chicas que va con la olla a buscar el guiso y las cocineras calculan con los cucharones cuanto darle a cada uno para que la comida alcance para todos. “Desde las 8 que nos levantamos no paramos. Nos vamos a buscar las cosas que nos donan, salimos a buscar herramientas para cocinar que tiene cada uno, venimos a organizar la olla, luego tenemos que lavar nuestras ropas, ocuparnos de los chicos… Yo tengo siete hijos”, explica una de las encargadas de la olla.

Algunas tienen entre 21 y 30 años y están allí junto a sus mamas y tías y también con hermanas más chicas. Van al frente y sin dudarlo invitan a sentarnos para contar como viven. Están cansadas de que les roben el futuro y de ser invisibles para todos. Están luchando por una tierra para vivir. Antes de la pandemia vivían el día a día, algunas junto a sus compañeros, en su mayoría albañiles, constructores de casas que nunca pudieron habitar, ahora, sin trabajo. Muchísimas otras son madres que vivían de changas, de cuidar niños de otros, de limpiar casas ajenas. Los altos alquileres, el aumento de precios en alimentos e impuestos se volvieron imposibles y llegaron hace algunas semanas a estas tierras, en busca de un techo. Porque el quédate en casa, era insostenible… No había casa.

Buscaron anotarse en planes de vivienda, pidieron ayuda a los gobiernos, siguen buscando trabajos para sostenerse económicamente, pero las respuestas no llegan. Ellas están sosteniendo una lucha por conquistar un derecho elemental, la vivienda. Un derecho que nunca tuvieron. Aún tienen mucho por hacer, ruegan que no llueva antes de poder terminar de bajar las montañas de tierras y escombros que tienen alrededor, porque si no perderán todo.

Están de pie, aguantando los amedrentamientos y con sus cuerpos y sus palabras muestran quienes son. Tratando de explicar a todo el que se acerque porque están ahí, intentando torcer las versiones falsas que circulan en grandes medios de comunicación. Ellas aguantan, porque están convencidas de que quieren tener una vida que merezca ser vivida, porque los niños que corren, se trepan a árboles y juegan alrededor de ellas, son su motor para seguir







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