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Red Internacional

En un nuevo aniversario del escritor que describió como pocos las intensas y fuertes emociones para convertirlas en poemas, una selección para conocerlo a través de sus palabras.

Martes 17 de agosto | Edición del día
Oliverio Girondo y Norah Lange, la novelista y poetisa que también fue su pareja.

"Lo cotidiano podrá ser una manifestación modesta de lo absurdo, pero aunque Dios —reencarnado en algún sacamuelas— nos obligara a localizar todas nuestras esperanzas en los escarbadientes, la vida no dejaría de ser, por eso, una verdadera maravilla" (Poema 19)

Palabras enrevesadas, teñidas de humor e ironía. De sexo y amor. De ingenio y experimentación. Leer por primera vez la obra de este autor, nacido en Buenos Aires un 17 de agosto de 1891, es asomarse apenas al universo de uno de los principales exponentes de la vanguardia de la década del ’20 del siglo pasado.

Fragmento del poema "Espantapájaros" de Oliverio Girondo adaptado al guion de la película "El lado oscuro del corazón" (Eliseo Subiela, 1992)
Fragmento del poema "Espantapájaros" de Oliverio Girondo adaptado al guion de la película "El lado oscuro del corazón" (Eliseo Subiela, 1992)

La pasión por la vida y su palpable intensidad fueron los motores de Girondo, quién en su rol de poeta quiso borrar los tintes elitistas de la incomprensión y la abstracción hacia el terreno de la cotidianidad de la persona común, tal como lo demostró en su primer libro "Veinte poemas para ser leídos en el tranvía".

Pero, como todo vanguardista, estos intentos estaban cargados de juego y de experimentos y en donde la metáfora era la reina absoluta. Hoy es la mejor excusa para descubrirlo o para volver a sentir en la piel lo hermoso de sus palabras.

Lo que esperamos

Tardará, tardará.

Ya sé que todavía
los émbolos,
la usura,
el sudor,
las bobinas
seguirán produciendo,
al por mayor,
en serie,
iniquidad,
ayuno,
rencor,
desesperanza;
para que las lombrices con huecos portasenos,
las vacas de embajada,
los viejos paquidermos de esfínteres crinudos,
se sacien de adulterios,
de hastío,
de diamantes,
de caviar,
de remedios.

Ya sé que todavía pasarán muchos años
para que estos crustáceos
del asfalto
y la mugre
se limpien la cabeza,
se alejen de la envidia,
no idolatren la saña,
no adoren la impostura,
y abandonen su costra
de opresión,
de ceguera,
de mezquindad.
de bosta.

Pero, quizás, un día,
antes de que la tierra se canse de atraernos
y brindarnos su seno,
el cerebro les sirva para sentirse humanos,
ser hombres,
ser mujeres,
no cajas de caudales,
ni perchas desoladas-,
someter a las ruedas,
impedir que nos maten,
comprobar que la vida se arranca y despedaza
los chalecos de fuerza de todos los sistemas;
y descubrir, de nuevo, que todas las riquezas
se encuentran en nosotros y no bajo la tierra.

Y entonces...
¡Ah!, ese día
abriremos los brazos
sin temer que el instinto nos muerda los garrones,
ni recelar de todo,
hasta de nuestra sombra;
y seremos capaces de acercarnos al pasto,
a la noche,
a los ríos,
sin rubor,
mansamente,
con las pupilas claras,
con las manos tranquilas;
y usaremos palabras sustanciosas,
auténticas;
no como esos vocablos erizados de inquina
que babean las hienas al instarnos al odio,
ni aquellos que se asfixian
en estrofas de almíbar
y fustigada clara de huevo corrompido;
sino palabras simples,
de arroyo,
de raíces,
que en vez de separarnos
nos acerquen un poco;
o mejor todavía
guardaremos silencio
para tomar el pulso a todo lo que existe
y vivir el milagro de cuanto nos rodea,
mientras alguien nos diga,
con una voz de roble,
lo que desde hace siglos
esperamos en vano.




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