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Red Internacional

El “Día del amigo” en Argentina dio el marco especial para el relanzamiento masterizado de la serie más vista desde hace dos décadas.

Daniel Lencina@dani.lenci

Jueves 22 de julio | 00:00

El reestreno de Okupas se vivió casi como una final de fútbol, ¿del mundo, de la Copa América, de la Libertadores? No importa, la copa que vos quieras, pero es una final que nadie se quiere perder. Y tal como Dios lo ordenó en la biblia: hay que prepararse bien para “el acontecimiento” y comprar las aceitunas, la picadita, la birra y otros ayudines para “potenciar el efecto fasistico” de la marihuana como diría el Walter.

Reunidos, con los cuidados sanitarios pertinentes, se acerca la noche. En la previa de la previa vimos el partido de Atletico Mineiro vs. El Más Grande. Insultamos al VAR y alguien deja caer una frase típica “el VAR está matando al fútbol”. Y ya no se si el partido de Boca fue robado por el VAR, la Conmebol o por Ricardo, uno de los protagonistas del grupo de cuatro amigos que están por aparecer en la pantalla.

“Ya llego, esperenme no sean b...” dice el wasap de mi amigo que sale tarde de la fábrica. “Dale loco te esperamos, ya pedimos la pizza”.

¿Qué representa Okupas?

De todo, pero empecemos a responder esa pregunta. Por empezar muestra una foto de la juventud argentina en los inicios del siglo XXI. Pero, el nuevo siglo tuvo un antecedente nefasto para la clase obrera del mundo, llamado neoliberalismo.

En los trabajadores adultos de la época en que la serie fue estrenada, el neoliberalismo fue el sinónimo de quedarse sin laburo, sin futuro y hasta sin casa. De hecho el primer capítulo de Okupas empieza con un desalojo. ¿Ficción o realidad? Justo esa mañana simbólica, el 20 de julio de 2021, los vecinos de Guernica ganaban las calles nuevamente a un año del inicio de la pelea por tierra para vivir. Vale recordar que fueron desalojados brutalmente por un gobierno peronista en plena pandemia mundial.

El hecho de que la serie empiece con un desalojo -y acá también podemos decir: “no importa cuando leas esto”-, muestra el clima de época. Por los años 2000 eran frecuentes los desalojos, no solo de casas, sino también de fábricas recuperadas como la textil Brukman por ejemplo. Eso es el maldito neoliberalismo. Para la juventud, y para las mujeres en particular, fue una época durísima porque no había trabajo y, por ende, donde no hay trabajo hay hambre.

Así, la juventud conoció las “agencias” donde con suerte conseguías algo hiper precarizado por unos meses y después volvías a ser parte de la enorme masa de desocupados. El clima se fue caldeando porque la CGT algo tuvo que hacer para descomprimir y convocaron un par de paros generales que no frenaron el avance sobre las conquistas del movimiento obrero argentino, uno de los más combativos del mundo. Esa traición, la clase obrera y el pueblo pobre la pagó muy caro. Pero también fue una época de rebelión contra lo que el capitalismo tenía para ofrecer, y por esos años nacieron los movimientos de desocupados. Esos fueron los antecedentes previos al estallido de la rebelión de diciembre del 2001.

Perfiles

El individualismo es una conquista muy grande del neoliberalismo noventero que se ve reflejado en uno de los protagonistas: Ricardo. Un rubio de ojitos claros, un “mantequita” como le dijo la vecina, que por momentos es re piola y por momentos es un sorete el tipo. Literalmente actúa sin medir las consecuencias no solo porque se corta solo sino por las palabras que usa, como las dice y la entonación que les da a cada una de ellas. Demás está decir que el talento de Rodrigo de la Serna encarnando a ese personaje es muy bueno.

Pero al sentido común del “sálvese quien pueda” le sale al cruce el Chiqui, con esa pizca de sensibilidad que dan ganas de abrazarlo. Ese pibe es más bueno que el pan con manteca amigos. Franco Tirri la rompió toda, con esa espontaneidad, la sonrisa, siempre muy amable, separando a los demás para que no se peleen “por algo tan circunstancial”. El Chiqui deja bien claro que la juventud no le debe nada al capitalismo. Vive en la calle, al día, es huérfano, mangueando monedas, durmiendo a la intemperie en las cercanías del Teatro San Martín.

El Pollo aporta esa cuota de marginalidad, de ese plebeyismo juvenil del flaco que está re jugado. Para en los monoblock del Docke, viste la camperita verde gastada de adidas. Tiene la navaja y el fierro que no anda pero sirve para meter caño y es capaz de moverse entre varios mundos a la vez: es tanto el compañero de calle del Negro Pablo como el amigo de Ricardo y hasta un galan con la prima del Richard. Un amigo que cuando había que jugársela lo hizo y salió con un tajo en la panza. Eso es el Pollo, la amistad recontra re jugada y fue protagonizado por el gran Diego Alonso.

Por su parte el Walter no solo tiene esa musicalidad que rodea como un aura al personaje para contar una historia juvenil. También viene acompañado por Severino. El mismo explica el nombre del perrito, divino por cierto. Dice a los espectadores que el nombre lo sacó del anarquista Severino Di Giovanni. Tal vez sea la única referencia sobre un tema explícitamente político. ¿Por qué será? ¿No es acaso el propio Di Giovanni que también frecuentaba el Docke, por ejemplo como aparece en la novela de Roberto Arlt “Los lanzallamas”? ¿No tienen un final en común la vida del perrito que acompaña a estos muchachos y la del anarquista? ¿Es la muerte cobarde acaso retratada por el mismo Arlt? Como sea aparece el anarquismo ahí, también como el espíritu ideológico de la época previo a la crisis social, económica y política del 2001. Es decir, como una referencia rebelde por fuera de los partidos tradicionales de la burguesía. Este papel fue magistralmente interpretado por Ariel Staltari.

Si vamos al caso del Negro Pablo, recordado por una de las escenas mas oscuras de la serie, representa a ese personaje moldeado por los golpes de la marginalidad y el lumpenaje. El mismo Dante Mastropierro, de espectacular actuación, cuenta que en los barrios, como en los que él mismo creció, pasan cosas peores que lo que vemos en el capítulo 4.

Por eso conmueve tanto esa sensación de peligro y esas puertas que se van cerrando tienen tanto realismo. Vaya una anécdota personal: una vez caí preso por averiguación de antecedentes, era un estudiante secundario y el propio rati me dijo que me iba a pasar algo parecido en el calabozo, afortunadamente no pasó nada, pero del cagaso no se vuelve más. Y afortunadamente el Negro Pablo en la vida real, es decir el crack de Dante es como Lampone de los Simuladores, se hace el malo pero en el fondo es un dulce de leche ya que banca los trapos estando a cargo de un comedor comunitario para chicos en el barrio de La Boca.

¿Los choris van sin pinchar?

Una de las preocupaciones claras en la previa fue el tema de la música. Para los fans de Okupas “línea fundadora” no se debía reemplazar a ninguna de las bandas del gran rock argentino. Sin embargo, quedó muy bien logrado los cambios, por que como dijo Ariel Staltari en Alerta Spoiler el confiaba en el laburo del director de esta locura: nuestro gran DT Bruno Stagnaro. Y bueno, si el Walter confía en instinto artístico de Bruno yo confío en el Walter para todo: salvo para pinchar los choris en un asadito con amigos "¿ A donde aprendiste a hacer asado vos papa?".

El arte y una buena historia para contar hicieron de esta serie algo muy grande, tanto como los Redondos, porque recorrió varias generaciones. Y si lo sigue haciendo es porque Okupas te “entra en el torrente sanguíneo”, una gran historia que tiene el efecto que puede sentir una persona que está siendo golpeada por un pescado podrido en Quilmes o en cualquier parte.

Como sea, sino la viste aun, lo podes hacer en buena calidad de imagen y sonido. Tal vez caiga algun colado para ver la serie, y si te dice "traje sandia loco" hacelo pasar que esta todo bien. Y si ya la viste sabrás muy bien que acá no hay nada de nostalgia pero sí hay mucha vigencia. Muchísima.




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