SEMANARIO

“Nunca habíamos visto tantas mujeres juntas”

Andrea D’Atri

FEMINISMO

“Nunca habíamos visto tantas mujeres juntas”

Andrea D’Atri

Ideas de Izquierda

El Encuentro Nacional de Mujeres, que en los últimos años cambió su nombre por el de Plurinacional e incluye también a otras identidades de género que ya participaban anteriormente pero no estaban enunciadas, es una experiencia única a nivel internacional. Más de tres décadas continuadas en las que miles irrumpen en una ciudad, cada año, alterándolo todo, incluso su propia cotidianeidad, para debatir, celebrar, compartir, marchar y protestar.

Para entender esta historia, es importante saber que, en 1985, la ONU había organizado un encuentro internacional en Nairobi, para cerrar la "década de la mujer" que había instaurado en 1975. A la conferencia de Nairobi concurrieron delegaciones de funcionarias de distintos países; pero, en disidencia con estas representaciones oficiales, se organizó un foro paralelo de organizaciones no gubernamentales (ONG) [1]. Las mujeres que participaron en este foro volvieron a Argentina con la idea de repetir esta experiencia. En América Latina ya se realizaban, desde 1981, los Encuentros Feministas Latinoamericanos y del Caribe [2].

En estas experiencias se inspiraron los Encuentros Nacionales de Mujeres que, con una frecuencia anual e ininterrumpida –hasta su suspensión por la pandemia–, congregaron a activistas feministas, sindicales, barriales, estudiantiles, políticas, ambientalistas y a decenas de miles de compañeras sin otras experiencias militantes.

Y aunque es verdaderamente un fenómeno social y político de envergadura (por la magnitud, la perduración y por muchas de las batallas por nuestros derechos que allí se fueron gestando), todavía hay centenares de miles que no saben de su existencia. Es que, durante muchos años, los medios de comunicación de masas decidieron ningunearlo. Y en otras ocasiones, lo demonizaron sin narrar lo que significan verdaderamente. Por eso, el mensaje pasado de "boca en boca" fue fundamental para que los Encuentros crecieran en participación; una masividad gestada también por las grandes crisis sociales, políticas y económicas en las que las mujeres crearon nuevas formas de organización para enfrentar la represión del Estado, la miseria que nos deparan los capitalistas y los planes de ajuste de los gobiernos que responden a sus intereses.

Arriba izq.: Encuentro del 2013, resto: Encuentro del 2014.

Ciudades tomadas, libres de patriarcado

"Convinimos que la primera impresión fue arrolladora. Nunca habíamos visto tantas mujeres juntas ¿Para qué se juntan? ¿Con qué fines? ¿Qué supone para cada una estar tres días lejos de sus casas, de sus familias? ¿Por qué, si hace tantos años se realizan, nunca antes supimos de su existencia? ¿Qué debaten? ¿Qué discuten? ¿Cómo llegan hasta el lugar donde se desarrolla el encuentro? ¿Quién las lleva? ¿Cómo vuelven sus casas? ¿Qué sienten?", se preguntan Amanda Alma y Paula Lorenzo al inicio de su libro sobre los Encuentros Nacionales de Mujeres [3].

En los Encuentros hay una proclama en el acto de apertura que se espera que señale las coordenadas políticas, sociales y económicas en las que se desarrolla el evento, denunciando las situaciones más acuciantes que nos atraviesan a las mujeres y a la comunidad lgtbi. Y luego, durante un día y medio, hay decenas de grupos reunidos para debatir sobre los más diversos temas que atañen a nuestras vidas. Pero también hay una fiesta, donde las que quieren entregan su arte para que todes disfruten. Y por supuesto, también hay una movilización: miles de mujeres, lesbianas y trans recorriendo las calles de enormes metrópolis o pequeñas ciudades conmocionadas por el espectáculo, las consignas, los cantos, las demandas y la bronca.

Nadie vuelve igual a su casa después de un Encuentro y hasta resulta difícil explicar esa sensación a los compañeros que nos hacen el aguante desde lejos. Porque no es solo lo evidente de compartir historias y reflexiones personales, debates políticos e ideológicos, sino también la posibilidad de hacer oír las voces que siempre fueron desautorizadas o no fueron escuchadas; la libertad de tomar las calles sin excesivas precauciones, demostrando que los peligros desaparecen cuando somos miles las que estamos organizadas. Es la sensación de alivio de no tener que pensar en la apariencia; la solidaridad, contra los prejuicios que nos quieren ver competitivas. Es también, para decenas de miles, la única posibilidad de conocer otra ciudad, otros paisajes, otras culturas. Es la potente sensación que transmite la reunión de miles de personas que cotidianamente son discriminadas, explotadas, oprimidas, desestimadas, segregadas, excluidas, en tres días libres de ataduras.

En las ciudades más pequeñas, el fenómeno adquiere mayores dimensiones. Bares y restaurantes repletos de mujeres, donde los baños pierden su normada división de géneros. Toallas higiénicas y tampones agotados en todas las farmacias. Asambleas en los transportes públicos copados por "encuentreras". Todes volverán a sus trabajos, sus barrios, sus escuelas, sus familias, sus organizaciones con aprendizajes, propuestas y miles de anécdotas que se irán confundiendo de un encuentro a otro.

Encuentro del 2016 menos foto abajo der., del Encuentro 2017.

Repudios, debates y reclamos

Sin embargo, los Encuentros no son un espacio idílico exento de problemas y contradicciones. Si la experiencia es enriquecedora es, precisamente, porque no se trata de un acto ritualizado. En muchos momentos hubo pioneras, debates y hasta fuertes disputas que empujaron los límites, las rutinas y los consensos de las comisiones organizadoras y transformaron los Encuentros para que sigan existiendo, a la altura de lo que los distintos momentos históricos reclamaban. Por ejemplo, hoy el nombre de Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Trans y Personas no binarias expresa fehacientemente el crecimiento de la participación de mujeres de los pueblos originarios, como también la pelea indiscutible que dieron les compañeres de la diversidad sexual para participar en igualdad de condiciones o para que las temáticas que les interesaban fueran incorporadas a los talleres.

Lo mismo pasó con la lucha por la legalización del aborto: durante muchos años fue un taller autoconvocado, porque las comisiones organizadoras presionadas por el gobierno y la Iglesia evitaban que el tema se incluyera en el listado oficial. Si no hubiera sido por la voluntad de las activistas feministas y por el derecho a decidir, y la de muchos movimientos de desocupades, partidos de izquierda, activistas sindicales, como también el empuje de la querida Dora Coledesky [4]], no hubiéramos tenido la Asamblea por el Derecho al Aborto en el 18º Encuentro de 2003, en Rosario, que hizo historia. Nos retiramos de los talleres, donde la comisión organizadora insistía en buscar un consenso con los grupos fundamentalistas enviados por el obispo para impedir el debate. Y votamos a mano alzada un plan de lucha nacional por el derecho al aborto, que arrancó al mes siguiente en todo el país y fue el puntapié inicial de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto que, quince años después, conseguía que su proyecto de ley se discutiera en el Congreso, en medio de una marea verde.

En los primeros Encuentros tampoco se hablaba de violencia de género. Sin embargo, un taller autoconvocado de abogadas feministas trajo el tema a debate, y a partir de allí el Encuentro fue un espacio privilegiado no solo para compartir historias de dolor y superación, sino también para tejer redes y alianzas para luchar contra la violencia patriarcal.

¿Movimiento feminista o movimiento de mujeres? ¿Mujeres de los partidos políticos, de las organizaciones sociales y sindicales o feminismo autónomo? ¿Permitir los debates ideológicos y políticos o priorizar únicamente las vivencias personales? ¿Autogestión o financiamiento del gobierno? ¿Consensuar hasta con la Iglesia o dirimir las diferencias por los mecanismos de la democracia directa? No se pueden pensar los Encuentros sin estas discusiones: la diversidad también es constitutiva de los Encuentros, aunque los gobiernos siempre hayan intentado, por diversas vías, regimentarlos, homogeneizarlos y pasteurizarlos. La bronca generada por los padecimientos a los que nos somete el capitalismo patriarcal a las mujeres y la comunidad lgtbi siempre se termina colando en los Encuentros y a ningún gobierno le conviene que eso trascienda demasiado. Por eso, hasta la elección de la sede, cada año, es poco transparente y objeto de manipulaciones por parte de los partidos del régimen político.

Arriba: Encuentro del 2018, abajo, el Encuentro de 2019.

La política: tan nuestra como el mate y las empanadas

A diferencia de los grupos de concientización que el movimiento feminista había desarrollado en otros países durante los años ’70, el movimiento de mujeres que puso en pie los Encuentros en Argentina a mediados de los años ’80 venía impregnado de la politización que emergía a la caída de la dictadura. Como dicen Amanda Alma y Paula Lorenzo, "Las Madres salieron de sus casas en buscas de sus hijos e hijas desaparecidos haciendo frente al silencio cómplice y al miedo, transformándose en protagonistas de su propia historia, encontrándose con las mujeres que son y multiplicando una forma de participar en política distinta, propia de las mujeres. Las Madres politizaron su rol reproductivo y doméstico haciendo propia una de las premisas fundantes del movimiento feminista: ’Lo personal es político’. Desde su lugar de madres –adjudicado al ámbito privado– transformaron su problema individual en una cuestión social, irrumpiendo en la escena pública, propia de los hombres, con el reclamo de aparición de sus hijos/as, haciendo que lo privado, lo cotidiano y personal se ligue íntimamente a lo público y social" [5].

La lucha contra la impunidad de los genocidas se mezclaba con la lucha por las libertades democráticas y los derechos que habían sido sepultados por la dictadura militar. Los primeros Encuentros transcurrían al mismo tiempo que las movilizaciones por el derecho al divorcio y los debates en el Congreso Nacional por la patria potestad compartida. A la búsqueda de la transformación personal que aportaban las experiencias feministas de otros países, se añadía el objetivo político colectivo de activar para una transformación social. En los años ’90, la devastación neoliberal del gobierno de Carlos Menem, paradójicamente, impulsó la masificación de los Encuentros con la incorporación de miles de mujeres del pueblo pobre que reclamaban contra el hambre, la represión, los cierres de empresas y los despidos. Esto también, entre otras cuestiones, le otorgó características particulares al movimiento de mujeres de Argentina que se fue moldeando en los Encuentros, al calor de los grandes debates políticos que sacudían al país.

Por eso, más allá de que en ocasiones las comisiones organizadoras apelan a un supuesto "espíritu del Encuentro" basado en la participación individual y el remanido "consenso" para evitar los debates políticos, lo cierto es que esa metodología convive con los disensos –incluso, encendidos–, las intervenciones colectivas, los mecanismos de democracia directa (como por ejemplo, las votaciones a mano alzada) para dirimir propuestas de acciones concretas y el reclamo persistente de sectores de la izquierda de defender la independencia del Encuentro respecto de los gobiernos y las iglesias. Cuestión que, sin ninguna ingenuidad, sabemos que se pone en riesgo cuando las agrupaciones políticas que hegemonizan las comisiones organizadoras son afines o directamente integran los gobiernos provinciales o nacionales.

***

Hay una consigna que dice que "El Encuentro somos todas", transmitiendo su espíritu de inclusión y apertura a la diversidad. Pero también parece señalar que, entonces, los significados de los Encuentros son, cada año, la resultante de un territorio (simbólico) en disputa. Que prevalezca como un espacio de participación verdaderamente masiva, profundamente democrático y efectivamente autónomo de los factores de poder, depende de la disposición de sus miles de participantes a que así sea.

Nunca alcanza lo que te cuenten de los Encuentros: hay que vivirlos. Podría modificarse ese viejo refrán que dice que en la vida hay que "plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro", por otro que diga que no hay que morir sin antes "pelear con una fundamentalista en un taller sobre derechos, dormir en el piso de una escuela donde nunca encontrarás tus cosas en la montaña de mochilas y marchar por las calles gritando con satisfacción, frente a la casa de gobierno, la municipalidad, la comisaría, la cámara empresaria y la iglesia, que ’a pesar de todo, les hicimos el encuentro’".

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NOTAS AL PIE

[1En la IIIº Conferencia internacional de la Mujer, realizada en Nairobi (Kenia), participaron 1.900 delegadas de 157 países miembros de la ONU. El foro paralelo de las ONG tuvo alrededor de 12.000 participantes.

[2El primero se realizó en Bogotá (Colombia) en 1981 y contó con 250 participantes. El segundo fue en Lima (Perú), en 1983 y participaron 600 feministas. El tercero, en 1985, se realizó en Bertioga (Brasil) y hubo 900 participantes.

[3Amanda Alma y Paula Lorenzo (2009), Mujeres que se encuentran. Una recuperación histórica de los Encuentros Nacionales de Mujeres en Argentina (1986-2005), Buenos Aires, Editorial Feminaria.

[4Dora Coledesky (1928-2009) fue una militante feminista, abogada laboralista e impulsora de la lucha por la legalización del aborto. Fue obrera textil y militante trotskista. En 1976 se exilió en Francia donde continuó su militancia en la corriente mandelista y se sumó al movimiento feminista. Regresó a la Argentina en 1984 y en 1988 creó la Comisión por el Derecho al Aborto que, en el Encuentro de 1990, realizado en San Bernardo (Provincia de Buenos Aires) organizó la primera mesa autoconvocada sobre aborto que luego se repitió en los años siguientes. En 1991 organizó un “Juicio Oral y Público al Aborto Clandestino”, donde figuras públicas formaban parte del “tribunal”. En 1992, presentó al Congreso Nacional su propio proyecto de legalización del aborto y luego asesoró a los diputados Alfredo Bravo (PS), Martha Mercader (UCR) y Luis Zamora (MAS) en sus respectivos proyectos de despenalización. En 1994, denunció la incorporación del concepto de "defensa de la vida desde la concepción" en la nueva Constitución frente al recinto donde debatía la Asamblea Constituyente convocada por el pacto entre el presidente Menem y el expresidente Raúl Alfonsín, donde se incluyó la posibilidad de reelección presidencial. En el 2000, organizó una mesa de debate sobre el aborto donde los panelistas eran todos hombres, bajo el título "¿El aborto es solo una cuestión de mujeres?", lo que provocó debates en el feminismo. Con la adhesión de grupos estudiantiles, organizaciones políticas, feministas y lesbianas, la Comisión pasó a llamarse "Coordinadora por el Derecho al Aborto", la que participó en las asambleas vecinales de Buenos Aires que surgieron al calor de las jornadas de diciembre de 2001. Luego, en un local prestado, comenzó a reunirse semanalmente la Asamblea por el Derecho al Aborto, donde se empezó a debatir la estrategia para intervenir en el Encuentro de 2003 en Rosario, evitando los obstáculos que interponían los grupos alineados con el obispado para avanzar en un plan de lucha por el derecho al aborto. Por su intensa militancia por la legalización del aborto en Argentina, que no alcanzó a ver, la Ley Nº 27.610 de Interrupción Voluntaria del Embarazo fue bautizada informalmente por el movimiento feminista argentino como la "Ley Dora".

[5Alma y Lorenzo, op. cit.
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Andrea D’Atri

@andreadatri
Nació en Buenos Aires. Se especializó en Estudios de la Mujer, dedicándose a la docencia, la investigación y la comunicación. Es dirigente del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS). Con una reconocida militancia en el movimiento de mujeres, en 2003 fundó la agrupación Pan y Rosas de Argentina, que también tiene presencia en Chile, Brasil, México, Bolivia, Uruguay, Perú, Costa Rica, Venezuela, EE.UU., Estado Español, Francia, Alemania e Italia. Ha dictado conferencias y seminarios en América Latina y Europa. Es autora de Pan y Rosas. Pertenencia de género y antagonismo de clase en el capitalismo (2004), publicado en Buenos Aires y reeditado en San Pablo, Caracas, Barcelona, México, Roma, Berlín y París y compiladora de Luchadoras. Historias de mujeres que hicieron historia (2006), reeditado en San Pablo, Caracas y Barcelona.