Cultura

TRIBUNA ABIERTA

Nueve días

Sábado 10 de enero de 2015 | Edición del día

La conversación transcurre a lo largo de nueve días, entre los meses de marzo y abril de 1956. Theodor Adorno y Max Horkheimer son quienes entablan ese diálogo y quienes deciden que el mismo se registre y se transcriba. Inédito hasta ahora en castellano y publicado hace unos meses por Eterna Cadencia bajo el título Hacia un nuevo manifiesto, ese registro exhibe zonas de asertividad compartida, zonas de tensiones y desacuerdos, zonas tentativas y provisorias, zonas precisas y concluyentes. Las circunstancias generales, por esos días, son cruciales por más de un lado: la reelección de Eisenhower en Estados Unidos, donde Adorno y Horkheimer han pasado sus años de exilio; la división este/oeste en plena Alemania, adonde han regresado después de la guerra; el transcurso de los primeros años del postestalinismo en la URSS, que ellos siguen con razonable atención. Pero lo son además por el tono de pesadumbre que el contexto les impone, y que Adorno pesarosamente define así: “No vivimos en una situación revolucionaria y en verdad estamos peor que nunca. El horror consiste en que hoy vivimos por primera vez en un mundo en que ya no es posible imaginar lo mejor”.

¿Cómo articular, y cómo enarbolar, el vigor de un pensamiento crítico, de esa clase de pensamiento crítico en el que Adorno y Horkheimer descuellan, en un mundo que acecha con un pesimismo que se siente hasta como un horror, como la imposibilidad incluso de imaginar algo mejor? ¿Cómo piensan (no qué, sino cómo, dado que el género de la conversación no hace sino subrayar el proceso mismo del pensar) Adorno y Horkheimer en semejantes condiciones?

Hablan, por ejemplo, de la función que se asignan de contribuir a despertar las conciencias, para hacer caer la venda de la ideología de los ojos de quienes los leen. Pero entonces, Adorno dice: “Si le dijera a mi padre que la cultura de masas es no verdadera, él me respondería: pero yo la disfruto”. Podría haber mencionado casi cualquier ejemplo para ilustrar esa dificultad; Adorno eligió uno bien cercano: su padre.

En otro tramo de la conversación, Adorno y Horkheimer se ocupan (con notorias discrepancias entre ellos) de la decisiva relación entre teoría y praxis: los términos de esa distinción, y aun la necesidad de establecerla. Se extienden sobre el asunto, hasta que en un momento dado Adorno expresa: “Una y otra vez me topo con la pregunta: ¿qué harías tú como director de radio, como ministro de cultura? Y yo siempre tengo que reconocer que me encontraría en un gran desconcierto. La sensación de que sabemos muchísimo, pero que por razones categoriales no nos está dado poder implementar en una praxis real nuestro saber”. Podría haber apelado casi a cualquier ejemplo para ilustrar esa dificultad; Adorno eligió el más próximo: él mismo.

En el comienzo de las sesiones, el tema debatido es el del trabajo, su carácter alienante bajo el capitalismo y su eventual carácter auténtico más allá del capitalismo, sus conexiones con el tiempo libre. Adorno y Horkheimer resultan particularmente exploratorios en estas consideraciones, y llegados a cierto punto, Adorno se hace una pregunta: “Es verdad que el trabajo es también la felicidad, pero eso no se puede decir. ¿O será que solo tenemos nuestra felicidad en el trabajo porque somos nosotros mismos burgueses?”.

Esa primera persona del plural, repentina e inquietante, será una segunda del singular cuando poco después, y a propósito de los modos de entender la política, Adorno expresa: “Por un lado es ideología, por el otro todos los procesos mediante los cuales un cambio sea posible son procesos políticos”, y Horkheimer le replica: “Habló en subjuntivo; evidentemente usted mismo no cree en estos procesos”. La observación de Horkheimer resulta punzante porque atañe, no ya a lo que Adorno acaba de decir, sino a la manera en que acaba de decirlo. Es ahí donde detecta una vacilación inesperada, una contradicción en el mejor de los casos.

Hacia un nuevo manifiesto expone así a dos de los intelectuales más lúcidos y más agudos, más rigurosos en su pensamiento; y los expone bajo una condición especialmente iluminadora de su lucidez y su agudeza, reveladora de su rigurosidad: dudando de su eficacia, y no dándola por sentada; preguntándose por su propio saber (no sobre su cuantía, sino sobre aquello que se puede hacer con él); revisando la propia condición, en vez de presuponerla; dispuestos a interrogarse, una y otra vez interrogarse, más que a dar solamente respuestas, siempre sabidas de antemano y siempre por definición.







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