Cultura

LIBROS // BEN LERNER

Nuestro presente

Demian Paredes

@demian_paredes

Viernes 3 de octubre de 2014 | Edición del día

1.
Los textos del norteamericano Ben Lerner (1979) en Ángulo de guiñada (Bs. As., Dakota, 2013) operan como “nudos”: contactan, concentran y conectan las vivencias de un sujeto contemporáneo (con sus acciones y “hábitos”, con su imaginario y deseos, sus significaciones y representaciones) con conceptos y con los avatares de las instituciones y los poderes establecidos: la economía de mercado, el poder político-militar y la hegemonía de la imagen: el espectáculo, la publicidad/propaganda, la televisión, los mass media. En una mixtura que podría calificarse –aunque la definición en sí pueda no ser lo importante– de textos poético-filosóficos, “filosofía poética” o –si se prefiere– “ensayismo crítico-poético (de formas breves)”, Lerner genera con su libro –si quien lo lee está dispuesto a seguirlo, para después permitirse ahondar y proliferar en direcciones y sentidos– destellos vibrantes, agudos, sumamente ingeniosos, acerca de cómo estamos hoy. Acerca de nuestro presente.

2.
Si Walter Benjamin, para su Libro de los Pasajes, acopió material (fragmentos: informaciones, citas, referencias, análisis de todo tipo y color) para exponer al capitalismo que se desarrolló en el siglo XIX, Lerner lo hace, de modo similar –aunque breve, lacónico, en estos “concentrados” poéticos–, desde el centro de “la nueva Roma”, del poder imperial(ista) del siglo XX y comienzos del XXI: los Estados Unidos. Desde allí, y sus “ramificaciones globales”, el escritor hace sus “guiños”, en una doble acepción del término: como una señal o indicación de “una dirección” que tomará (para encarar tal o cual asunto), y como una búsqueda –como dijimos, por medio de la lectura que cada uno/a puede/deberá hacer– “de complicidad” (el poeta “nos hace un guiño”), para intentar comprender –en esta invitación a la comprensión en común– el “funcionamiento” (¿o mejor: “disfuncionamiento”?) de los trabajos y los días, de las cosas y las personas. Para seguir con Benjamin: Lerner hace suyo un fragmento de Dirección única, como acápite al comienzo del libro; Ángulo de guiñada sería entonces una intervención, conciente, de que la escritura –como dice Benjamin que ocurrió hace ya largo tiempo– “fue arrastrada a la calle de modo inexorable”. Su “misión”, entonces: desvelar, por medio de enfoques (desde los ángulos que se adopten) –y asociaciones, cruces, búsquedas y producciones de paradojas– la trama social y subjetiva –como se ya se dijo– contemporánea. Un fragmento: “La vista a vuelo de pájaro abstraída del pájaro. Cúbreme, dice el soldado en la pantalla, que voy a entrar. Tenemos la impresión de estar convencidos, ¿pero de qué? ¿Y por quién? El público es un agujero hipotético, un campo de desaparición absoluta, desde donde emerge la materia celeste. Creo hablar por todos, comienza el presidente, cuando digo célebres últimas palabras”.

3.
Lerner observa y oye. Lee y piensa. Escribe. Señala el detalle, desarrolla el pensamiento, el sentimiento, y los linkea con “lo global”, hacia las estructuras magnas, y los “modos de ser”, hábitos, prejuicios y costumbres más o menos firmemente arraigados. Puede –como hizo el recientemente fallecido Harun Farockien varias películas– hablar del video-game y de la real-war (conectando virtualidad, realidad y mentalidades), desde las palabras, con su música y cadencias, con conceptos, y con montajes de éstos con toda clase de imágenes.

Otro fragmento “del pan nuestro de cada día”: la necesidad (¿o compulsión?) en cualquier circunstancia: “A lo largo y ancho de Estados Unidos, bajo la tierra y en la superficie, desde el fondo del pozo y lo alto de un edificio en llamas, en aviones secuestrados y minas a punto de colapsar, la gente no está usando sus celulares para pedir ayuda ni aire ni luz, sino información”.

Otro (para leer –ante la inmensa oferta de programas infantiles y preadolescentes– a los dibujos animados, al mundo de la fantasía, a su avasalladora, incesante dinámica y sus efectos, y –por medio de metáfora– la “vuelta a la realidad”): “La contigüidad sustituida por la sustitución: aplastás al pato con la sartén y se vuelve una sartén. El oso, indiferente, se palpa el pecho agujereado. El inmenso jamón que organiza la acción del episodio no pesa nada, parece escurridizo y es por fin devorado por un ratón. En el desayuno más común, la carne del sándwich es de dibujo animado. El niño actor que trabajó frente al dragón quedará herido de por vida. Abrí los ojos. Seguís abrazado a la dinamita”.

Homeless, armas, policías y puertas. El cine y la lluvia. La iglesia y la poesía. La tecnología y las ideas. El espejo, el mundo, el Estado. La preocupación –ante la autoritaria verticalidad que impone el texto al hombre de a pie– sobre la necesidad de “enseñarnos la humildad que es requisito de la vida en común”.

Las camas retráctiles, los inventores en EE.UU. y los empresarios. Con una alusión irónica y sombría: “Con el entrenamiento adecuado, la mayor parte de la gente podría aprender a dormir parada o con los ojos abiertos, a hablar o caminar en sueños.

Movilizar esa inmensa fuerza de trabajo dormida es un sueño milenario”. (En cuanto a su país, Lerner, en su ingeniosa y divertida novela Saliendo de la estación de Atocha (Barcelona, Mondadori, 2013), también mostrará autoconciencia de qué representan los EE.UU. “para el mundo”, con sus “cruzadas mundiales” “contra la injusticia” –o “el terrorismo”, lo mismo da–, con sus discursos y maniobras autojustificatorios.)

4.
El arte (y lo público y lo privado) y el artista. Su ubicación. Sus posibilidades. Sus límites. La relatividad de las partes con el todo. Lerner propone astillar el continuum del espectáculo, y buscar –aunque tenga mil años– lo nuevo.

La pregunta, la mirada, el aforismo. La asociación, la disociación, la interpenetración de dimensiones. Realidades y conceptos, vivencias e imaginerías. Resonancias y proyecciones. El chiste, la ironía y la crítica.El valor de la escritura; los cuerpos; el ejército. Ángulo de guiñada funciona como un artefacto dinámico, como caleidoscopio: una multiplicidad poético-conceptual que puede –profanamente– iluminar. Proponerse recuperar –ante su pérdida– sentidos.







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