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Notas sobre Borges

El 14 de junio de 1986 falleció Jorge Luis Borges, uno de los escritores más reconocidos de la historia nacional y de la literatura mundial.

Martes 14 de junio de 2016 | Edición del día

La incomprensión literaria que se le dispensó a Jorge Luis Borges fue tan prolongada como persistente: algo más que una convicción o que el gusto por desestimar. Hoy por hoy, a treinta años de su muerte, esa incomprensión puede resultarnos no menos reveladora que el reconocimiento y la consagración que le siguieron.

Porque la rotunda centralidad de la literatura de Borges hoy se nos hace evidente, así como se nos hace evidente que es el único de entre los tantos que aquí escribieron y escriben para el cual la calificación de clásico no resulta excesiva ni esforzada. Y sin embargo, pese a eso, aunque la propia obra de Borges nos predispone a pensar que nunca pudo haber existido otra cosa, sabemos que Borges fue largamente resistido, a veces (en el mejor de los casos) mediante lecturas que se desenfocan o se desencuadran, y a veces (y no pocas veces) mediante una imposibilidad de lectura o un desgano de lectura.

La aclamación general de la obra de Borges ha tenido sus peculiaridades también, tal y como se produjo en la Argentina en especial a partir de los años ’60. Ante todo porque no necesariamente respondió, como sería de esperar con un escritor, a la lectura específica de sus libros, tan extraordinarios como exigentes, sino más bien a una vaga (vaga en sus dos acepciones: difusa y holgazana) admiración fetichista de su figura de escritor, sugestión vacua de presuntas hondas sabidurías debida a la combinación de ceguera y ancianidad, veneración fundamentalmente mediática que poco (y a veces nada) tenía que ver con el conocimiento concreto de sus textos (sacralizar a Borges, pero no por eso leerlo: fórmula posible para ese reconocimiento ahuecado).

A esto hay que agregar que a la cultura argentina se le vuelve notoriamente irresistible plegarse a la exaltación de cualquier argentino que haya obtenido un fuerte reconocimiento en el exterior (sobre todo si se trata de Europa, de Francia, de París); no importa lo ignorado que haya sido hasta entonces el artista de que se trate, no importa qué tanto se lo haya previamente hostigado: basta con que se sepa que ha sido aclamado afuera para que el orgullo nacionalista se azuce y apure su propio y repentino fervor. Pasa con Barenboim y con Martha Argerich, pasó con Astor Piazzolla. Pasó con Borges.

Borges frecuentó bastante indiscriminadamente los medios masivos de comunicación, presiento que en procura de conversación antes que de notoriedad. Esas apariciones contribuyeron a alimentar un culto generalizado de su persona, sin que la literatura como tal pareciera contar demasiado. Hay que decir que Borges se sustraía, una y otra vez, a la vacua idolatría que así se le dispensaba, corriéndose de ese altar por medio de humoradas cargadas de autoironía. No obstante, la determinación a la sacralidad era tal, y tal era la premisa de solemnidad a ultranza, que los formidables chistes borgeanos caían en saco roto: el aura del omnisapiente escritor metafísico y filosófico se impuso y persistió.

Este culto extendido de Borges venía malamente a paliar ciertas formas de desestimación que se le habían asestado a lo largo del tiempo, y que en buena medida no acababan aún de cejar. Cayeron sobre la literatura de Borges varias impugnaciones, todas ellas vehementes y todas equivocadas. Algunas respondían a sus posicionamientos políticos (su extrema pasión antiperonista, su gentileza protocolar con Videla o con Pinochet); otras apuntaban más estrictamente a cuestionar aspectos estéticos o de ideología textual. Hoy puede parecernos inconcebible que alguna vez a Borges se lo haya relegado respecto de Eduardo Mallea, o que se lo haya parangonado con Cortázar o que se lo haya colocado en una simetría invertida con Ernesto Sábato; pero todo eso pasó y da prueba de lo mal que se lo calibraba.

Los pronunciamientos públicos de Borges en materia política abundan en sentencias deplorables, ya se trate de su repugnancia visceral hacia todo peronismo o ya se trate de la designación de Jorge Rafael Videla como un “caballero” (que lo era, ciertamente, pero con una caballerosidad que no excluía la condición del criminal de Estado, aspecto que Borges omitió) al cabo de un almuerzo indecente (almuerzo al que Sábato también asistió, aunque arreglándoselas tanto mejor para que el episodio no dañara su imagen de intachabilidad). Otras declaraciones de Borges fueron, por cierto, más felices, como cuando contrarrestó las taras patrióticas del mundial ’78 negándose a saltar para no ser holandés, o cuando hizo lo propio con esas mismas taras durante la guerra de las Malvinas, con la propuesta de donar las islas a Bolivia, que no tiene salida al mar.

En cualquier caso, en un sentido o en otro, fue una fuente inagotable de errores el extraer conclusiones sobre la literatura de Borges a partir de sus posiciones políticas personales. El peronismo (dicho así, en general) se cobró venganzas varias, como la famosa designación de Borges como Inspector de Aves y Corrales (puesto que Borges declinó, no por sentirse ofendido, sino por sus escasos conocimientos en la materia). Las extrapolaciones ideológicas que pasaban mecánicamente del autor a la obra, tal como las practicó alguna izquierda, fueron poco consecuentes con la manera en que Marx y Engels abordaron ese asunto a propósito de Balzac, o con las advertencias que Georg Lukács formuló al respecto en cuanto a la perspectiva subjetiva de los escritores y la perspectiva objetiva plasmada en las obras.

Borges no era un oligarca. Quienes así lo tipificaron, por asociación con Adolfo Bioy Casares probablemente, pasaron por alto datos tan elocuentes como su mustio departamento de la calle Maipú o su catarata de conferencias dictadas para poder ganarse la vida, además de demostrar una concepción infinitamente pobre de lo que es la amistad (bajo el ridículo prejuicio de que se es amigo tan sólo desde la paridad de clase). Ya en términos más propiamente literarios, fue recurrente la deploración hacia Borges por extranjerizante y por europeizante, en presunto desmedro de lo nacional, y la correlativa condena por elitista y por enciclopedista, en presunto desmedro de la cultura popular.

Varios de sus textos, sin embargo, evidencian lo contrario. Borges ha demostrado una comprensión muy aguda (mucho más aguda que la de los nacionalistas, por lo pronto) de lo que es una identidad nacional, de cómo se compone o se descompone, de los riesgos de las sobreactuaciones impostadas de la particularidad y de lo propio, de las relaciones indispensables (ajenas por completo a los purismos recelosos) con lo otro y con los así llamados universales. Borges aportó una visión más amplia y más rica de lo que puede pensarse como argentinidad, concebida como fatalidad antes que como destino, como tradición artificial antes que como esencia de origen; y además advirtió con especial lucidez, esa que en los fervores del patriotismo tanto falta, cuál era la singularidad de la posición de la cultura argentina respecto de Occidente (las ventajas de su lateralidad: hacer del margen una potencia).

La lectura y la reescritura de la gauchesca (sus ensayos sobre Martín Fierro o sobre Estanislao del Campo, los cuentos “El fin” y “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”), sus ensayos sobre el tango, sus cuentos de orilleros y compadritos, revelan una atención literaria más que sostenida hacia el mundo popular. Ir detrás de las referencias eruditas de Borges (a menudo paródicas y falsificadas) o de su fascinación por las leyendas nórdicas, al precio de omitir toda esta otra dimensión de su literatura, no implica sino mutilarla y condenarse a la incomprensión. Alegar, como se ha alegado, que Borges no hizo sino cultivar una versión mitológica del mundo popular, carente de un contacto directo y auténtico con ese mundo, no implica sino desconocer lo que hay de mitológico en toda figuración de lo popular en las culturas nacionales, tanto como lo que hay de inexorable mediatización en toda configuración literaria. Hay más verdad en la distancia y en los artificios borgeanos que en las diversas ilusiones letradas (fraguadas o creídas) de cercanía o de pertenencia.

A Borges se le ha reprochado también la excesiva frialdad de su pericia técnica, lo que equivale a decir, ni más ni menos, a mi criterio, su fabulosa perfección literaria.

Qué raro que los aficionados a la imperfección artística, que cuentan con tantos y tantos exponentes con los que satisfacer su predilección, se hayan obstinado tanto en Borges y con Borges, el más perfecto de nuestros escritores. Se lo acusó de ser abstracto, geométrico, cerebral, inmaterial, desapasionado; acaso por haberse quedado tan sólo con la reducción estereotipada de una literatura de laberintos y bibliotecas infinitas. Pero bastaría con considerar, por ejemplo, en una lectura atenta y sincera, el doliente desgarramiento amoroso que habita “El Aleph”, la tensión de la ambición épica que existe en “El sur”, la pasión inmanejable de “La intrusa”, la terrible verdad que hay en el cuerpo y la pura experiencia en “Emma Zunz”, para que se esfume la versión inaudita del Borges espiritualista y contenido.

Prejuicio y lectura son dos términos antagónicos, hasta podríamos pretender que antónimos. Los prejuicios están ahí para impedir que el que lee lea: que lea de verdad. La rotunda centralidad de Borges en la literatura argentina bien puede interpretarse entonces como un triunfo de la lectura contra el prejuicio.







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