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Red Internacional

En un testimonio que duró 2 horas reloj, la frase más repetida tal vez haya sido "me di cuenta". Ruth y Ester intentan hacer realidad el sueño de tener un techo propio para sus hijos, mientras el Estado, la Justicia y la televisión, las llama delincuentes. Yo, intento reflejar el proceso que las llevó a vivir un antes y un después. Lo llamo "proceso" porque el después, aún sigue abierto.

Luján CalderaroTrabajadora Social - Becaria UBA | @tete_calderaro

Martes 9 de noviembre | 16:03

Me costó dejar de creer que soy... lo que dice el Estado. La justicia me puso una causa por usurpación ilegal… Lloré. Nunca en mi vida tuve causa por nada. Llamarnos usurpadores hizo que mucha gente nos diera la espalda; la sociedad vende como delincuentes a los que necesitan, me decían “vividora, anda a laburar”.

A Ruth la voz se le quiebra. En la garganta se agolpa el dolor, el cansancio, la bronca, pero cada frase la pronuncia con firmeza. De repente se cuela una risa. Estamos sentadas alrededor de su mesa, bajo un techo que no se llueve, las ventanas son cortinas. Estamos en el barrio Los Ceibos, González Catán, La Matanza.

Esta toma sacó lo peor y lo mejor de nosotras.... Lo mejor fue darme cuenta de quién soy yo.

¿Quién sos vos?

Yo soy una mujer que no va a bajar nunca los brazos. Me cuesta también... Todas las necesidades que vi acá, no las quiero ver más. Eso es lo que quiero que aprendan mis hijos y mis nietos: todos somos iguales, no porque uno tiene menos y otro un poco más, uno es mejor que el otro. Nadie nos tiene por qué humillar.

A Ester los ojos oscuros le brillan. El ritmo de su voz habla mucho de quién es. Se toma el tiempo para pensar qué decir. Parece intentar que el sonido de su voz viaje con la emoción que nombra. Lleva consigo golpes y cicatrices. Su cuerpo también cuenta. La carcajada la deja sin aire.

Antes de prender el grabador hacen un anuncio: hablaran sin filtro. Se ríen. Y sin embargo, luego de escucharlas durante 2 horas, siguen siendo un misterio para mí. Hubo frases que no terminaron. Cosas de las que prefirieron no hablar. Hay una infancia que al recordarse, vuelve a doler, pero es ese mismo pasado el motor de su lucha: no quieren que sus hijos repitan su historia.

Ester con su hija, 2021.
Ester con su hija, 2021.

Veo al presente repetir el pasado

Ruth pelea por el espacio que nunca tuvo. Los pocos metros cuadrados que siempre hicieron de hogar asfixiaron cualquier posibilidad de una vida digna. De niña compartía una pieza de 4x5 con sus 6 hermanos, su mamá y su papá.

Jamás traje a una compañera porque me daba... no sé si vergüenza, pero no tenía espacio, y ellos sí. No quería ir a la escuela, me sentía todo el tiempo discriminada. No tenía porque aguantar que me miren mal si yo no les pedía nada. Entonces dejé.

Cuando ya no la aceptaban en los alquileres -para los dueños ella tenía demasiados hijos-, su madre le hizo lugar en su casa. Seis personas -ella, su pareja, sus 4 hijos- habitaron una pieza de 3x4 durante 4 años.

No era normal, ellos no podían invitar a sus compañeritos a jugar a la pieza, o a pijamadas, porque vivíamos en una ratonera. Te podría decir que teníamos un techo, pero no estaba en las mejores condiciones. Cuando llovía se inundaba.

Intentó anotarse en el Plan Procrear, pero te pedían 3 sueldos de $70 mil; descartado. Fue al municipio a pedir materiales para arreglar la gotera, un hombre la recibió, dijo que la ayudaría, y acto seguido le preguntó: ¿qué me das a cambio? Hace 5 años una asistente social la anotó en una lista de espera y su turno aún no llega.

Ester laburó toda su vida pero nunca pudo acceder a una casa: vivió siempre en el fondo de la casa de su mamá. Llegó a tener dos trabajos, a trabajar 3 turnos seguidos, y no fue suficiente. El intento le salió caro. Su cuerpo le pasa factura con un sinfín de enfermedades crónicas. Sus hijos hoy le reprochan su ausencia en el hogar. Su madre alojaba también a sus otros 6 hijos y a sus nietos. Si la convivencia ya era dura, el encierro pandémico la dificultó aún más.

Sus trabajos, siempre en negro y con salarios bajísimos, nunca les dieron estabilidad económica, ni la posibilidad de acceder a una casa propia. La lumbalgia, la presión, la taquicardia y otras enfermedades crónicas se las deben a la mala alimentación, al trabajo de limpieza en casas particulares, en fábricas textiles, de chupetines, o de zapatos, al cuidado de niños y adultos mayores en geriátricos y psiquiátricos. Ruth tiene 30, trabajó desde los 8 y no tiene ni un solo aporte jubilatorio. Ella repite la historia de su padre. Ester tiene 40, empezó a los 13, y hoy se endeuda para comprar las aberturas de su casa, una cama.

Barrio Los Ceibos, La Matanza, Provincia de Buenos Aires, 2020.
Barrio Los Ceibos, La Matanza, Provincia de Buenos Aires, 2020.

No desearás

En la casa de su madre, Ruth vivía hacinada. En frente, cruzando la calle, había un montón de techos sin gente, diría ella. Acumar había dejado 300 viviendas sin terminar durante 11 años. Víctimas del vandalismo y el paso del tiempo, las casas se iban deteriorando.

Como estaba más seco que mi casa, cuando llovía y tenía una amiga o alguien que visitar siempre veníamos acá; nos metíamos a tomar mate, o a estar acá con los chicos porque en casa no había espacio. Les decía "un día va a ser mi casa". Jugábamos a ser dueños.

Cinco veces Ruth había intentado recuperar las viviendas, y cinco veces la habían desalojado. El municipio alegaba que las viviendas eran para gente que no tenía donde vivir, en situación de calle. Ella lo creyó: al menos tenía un techo. Pasaron los años, la gente nunca llegó y las casas nunca se terminaron. Dejó de creer. Se dio cuenta de que su necesidad no era menor: ella tampoco tenía donde vivir.

Era lo que nos tocó. Yo no quería conformarme con lo que nos tocó.

Con el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO) las opciones se redujeron a dos: comer o alquilar. Si no eras trabajador esencial o registrado, no podías circular. La IFE tardó en llegar, y se apuró en desaparecer. Estaba todo muy podrido, diría Ester. Ruth llegó a cirujear porque no tenía para comer; aclara que no le da vergüenza: lo hizo por sus hijos. Se dieron cuenta de que no eran las únicas sin poder alquilar. Eso les abrió los ojos. Miles se apretujaban en las casas de otros -familiares, amigos, parejas-. No estaban en situación de calle, pero estaban hacinados, sin mesa, con goteras.

Abrir los ojos

El Estado inició un plan de viviendas en Los Ceibos y luego se esfumó. Aunque es más preciso decir que aparecía cada vez que las familias matanceras decidían menguar un poco su histórico problema habitacional. La sexta recuperación de las viviendas ocurrió bajo el gobierno del Frente de Todos, el 23 de agosto del 2020. Alberto Fernández, ese que habían votado, ese que decía gobernar para los pobres, las reprimió otra vez. La policía disparó balas de goma, -a ellas, a sus madres, a otras mujeres embarazadas y a sus hijos-, les intentó cortar la luz, impidió ingresar alimentos y las trataron de cosa inútil.

Me sentía sucia, la peor basura del mundo, o eso es lo que yo creía de mi; querer pasar y que los gendarmes te digan “negra de mierda”, cuando soy una persona que toda mi vida ayudé a los demás, trabajé, estudié.

Y a la vez, ese Estado no aparece. Ya hace un año y tres meses que recuperaron las viviendas y aún no hay cloacas, no hay agua. Abunda el hambre. Ester se pregunta ¿dónde está el presidente? ¿no ve lo que está pasando?

Dejaron de creer en el peronismo gobernante. Pero también en el peronismo territorial. En los barrios los recursos y las oportunidades escasean, y abunda la lógica del “te ayudo si me das algo a cambio”, la competencia, el “arreglate como puedas”, el individualismo.

Uno lo hace por convicción y te dicen, "si ellos suben, vos vas a estar un poquito mejor", y vos ves como se roban la mercadería, como te extorsionan por un plan...

Llegó un punto, que a Ester, los punteros políticos le revolvieron el estómago. Ruth explica que te prometen un cupo firme por mes de mercadería y al no tener para comer, al no tener estudios, no queda otra que aceptar. Se asquearon; pero esa política era la única que conocían.

El silencio ya no es opción

A los 3 días de haber ocupado el terreno, rodeadas de policías, Ruth y Ester conocieron a la izquierda. Todo empezó cuando algunos militantes del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) se hicieron presentes con La Izquierda Diario para apoyar su pelea. Muralla y Dani se recorrieron toda la toma para amplificar un poco la voz de los vecinos: escribieron sus denuncias en notas y registraron su lucha en videos. Para los grandes medios de comunicación Ruth y Ester, eran delincuentes que merecían ser desalojadas, baleadas por la policía.

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Luego conocieron a Nati Hernández, docente, candidata del FITU y secretaria de Mujer y Géneros del Suteba Matanza, a Euge, trabajadora social y muchos otros. Con ellos conocieron otra política. Una que apuesta a conquistar la vivienda y el trabajo para todos con la organización colectiva. Una política que practica el compañerismo, el compartir, la solidaridad.

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Yo no tenía ni para comer, pero estaba preocupada por cómo hacían para comer los demás. Imagínate, era socialista sin que yo lo sepa.

Una política que busca que ellas no se queden calladas, que tomen la política en sus manos. Costó, Ruth no les creía y les preguntaba, "dale, ¿qué quieren? ¿qué tengo que decir?”. Ester los mandaba a hablar con los jóvenes y les repetía: “yo soy peronista, no voy a dejar nunca de ser peronista”.

Hoy, en las marchas bailan. El 29 de octubre lo hicieron en el Puente Pueyrredón, cuando exigían que el gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, cumpla con la adjudicación de terrenos que prometió a las familias de Guernica. Bailaban porque ellas decidieron estar ahí, nadie las obligó; por fin habían podido elegir. Ahora son otros los que no creen que la política puede ser de otra manera.

Ahora me ven feliz en una marcha y me preguntan ¿cuánto te pagan? ¿vos qué ganas? ¿Te dan un puesto? ¿sos candidata y todavía vivís acá?

Fue difícil creer que ella, Ruth, 30 años y sin título de educación primaria, una "usurpadora", podía convertirse en candidata. Hasta ese momento la política era propiedad de quienes viven en countries y llegan holgados a fin de mes. Su pareja le dijo: ¿candidata vos? si ni el colegio terminaste. Cree, firmemente, que aún sin estudios, tiene el derecho a pelear por la educación de sus hijos.

Ruth en una movilización por un plan de viviendas y en repudio a los desalojos, 2020.
Ruth en una movilización por un plan de viviendas y en repudio a los desalojos, 2020.

En vos desconfío

Perder la fe en los funcionarios de turno, fue lo que le permitió a Ruth conocer lo que es comer en una mesa. Que sus hijos jueguen en su patio. Conocer a otras mujeres que viven como ella. Conocer a Ester, su alma gemela.

Pero no todo es color de rosa. Al no tener acceso al agua, tienen que acarrear baldes desde otras cuadras. El agua se mezcla con el barro, pero sirve para lavar los platos, para bañarse. Algunos la hierven y la toman. No les queda otra. Para ir al baño tienen que vaciar los baldes en el inodoro.

Todavía no tengo ventanas porque tenía miedo de ponerlas y que nos saquen. Lo primero que hacen es romper los vidrios. Y duele, porque te privas de comer milanesas y comes polenta para ponerte una ventana. Yo se que puede entrar alguien después de las elecciones y que después queme todo. Así pasó en uno de los desalojos anteriores: todo lo que era madera y ropa lo juntaban y lo prendían fuego.

El otro día Ester le preguntó a las vecinas ¿ustedes piensan que lo tienen ganado? Muchas contestaron que sí. Ella sabe que el desalojo es una decisión política y hoy en día no confía en ningún gobierno.

La tarde que las entrevisté, se prefiguraba un desalojo a unos kilómetros de distancia. Esa noche, el martes a la madrugada, la policía de Sergio Berni y Kicillof, con el apoyo del intendente de La Matanza, con el silencio del Frente de Todos y de los medios de comunicación -Página 12 incluido-, el desalojo se efectuaba.

El miedo no paraliza, se agita en el pecho y se transforma en valentía, en amor: a sus hijos, a sus nietos, a otras mujeres, iguales a ellas. El miedo no paraliza porque ya no son pocas: construyen alianzas con otras mujeres de las tomas de La Nueva Unión, de Guernica, de la Villa 31. Pelean por la vivienda, la salud y la educación. Impulsan una comisión de mujeres para que sus hijas y el resto de sus mujeres no sean esclavas de la violencia ni de nada. Pelean por un trabajo de 6 horas con un salario igual a la canasta básica familiar, para tener tiempo para disfrutarlo con sus hijos. El tiempo y la vida pasan volando, no hay vuelta atrás, dice Ruth.

Comisión de mujeres de la toma, barrio Los Ceibos, La Matanza, 2021.
Comisión de mujeres de la toma, barrio Los Ceibos, La Matanza, 2021.

No se doblegaron ante los insultos y la burla. Dejaron de hablar de la toma en voz baja. No se van a dejar vencer.

Este es mi último manotazo de ahogado para dejarle algo a mis hijos, a mis nietos. Quiero dejarles un legado: en la vida no hay que conformarse con lo que nos toca y siempre hay que salir a luchar por más. Voy a pelear hasta lo último; a mi me van a sacar con los pies para adelante porque no voy a dejar que el Estado me robe a mi, -siendo una mina que laburé toda mi vida-, la oportunidad de que mis hijos tengan un lugar, su propio espacio.




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