Mundo Obrero

25 DE SEPTIEMBRE

No sabemos cómo pasar el invierno y la CGT para en primavera

El triunvirato anunció una huelga para dentro de un mes. En el rato que duró el debate, los mercados hicieron una contundente “medida de fuerza” y hoy el dólar roza los $40. Se necesita una medida ya. ¿A dónde va el sindicalismo peronista?

Lucho Aguilar

@lukoaguilar

Miércoles 29 de agosto de 2018 | 19:07

Para la mayoría de la población, el anuncio de la CGT de convocar un paro para el 25 de septiembre pasó casi desapercibido. Y no es que el triunvirato se la pase anunciando huelgas. Pero la corrida del dólar y el salto en la crisis económica y política concentraban la atención de todos.

Quizás por eso, al salir del teatro Empire de La Fraternidad, ningún dirigente sindical se animó a dar una conferencia. Héctor Daer apenas confirmó que “el paro será el 25 de septiembre, sin movilización”.

Pero si hace algunos días los voceros cegetistas negaban la convocatoria a un paro, ¿qué cambió?

Es que la crisis ha tomado una dinámica impredecible, con un arriba cada día más nervioso y un abajo que se empieza a mover. Todas las noticias de las últimas semanas fueron pésimas. La caída de la actividad industrial es la más alta desde 2002. El dólar está desbocado y la devaluación está por alcanzar el 100% anual. La inflación es imparable y a Dujovne se le gastó el liquid paper de tanto enmendar el memorándum con el FMI.

El discurso de Macri terminó de sellar un día de miércoles. Mientras los delegados se acreditaban sin apuro, mientras los secretarios generales actuaban un debate encendido, los mercados votaban medidas de fuerza que sacudían el país.

Pero también afuera del salón vienen pasando otras cosas. Porque el otro motivo que obligó a la CGT a convocar una huelga es el drama social y el clima que se empieza a agitar en las calles.

Esta misma semana se están realizando paros de estatales, docentes y para el jueves se espera una masiva marcha universitaria. La semana anterior la protagonizaron los combativos obreros del Astillero Río Santiago, que resistieron la represión policial de Vidal y se han convertido en un aglutinador de otras luchas de la región. Siguen las luchas de Luz y Fuerza, el Subte, la línea 60, Fabricaciones Militares, Télam, Tandanor y decenas de “pequeños conflictos” a lo largo y ancho del país. “Es imposible seguir las cosas que te empiezan a mandar”, ya dicen algunos periodistas sindicales.

Pero además, muchos de esos conflictos empiezan a destacar la unidad obrera-estudiantil, o con la misma comunidad. En los astilleros, las escuelas bonaerenses, las universidades y muchas ciudades del interior.

Ante ese panorama, la CGT sufre su propia devaluación. El triunvirato está cuestionado: por sus reuniones con el FMI, por bancar al gobierno y dejar en banda a los que resisten. Pero la semana mostró además que la aceleración de la crisis agarró desubicadas a todas las cúpulas sindicales. El moyanismo no ha logrado, como en otras épocas, nuclear tras de sí a los sectores “disidentes” del sindicalismo peronista. Por eso su propuesta de pegar el faltazo al plenario cegetista no fue acompañada por la Corriente Federal y muchos de sus antiguos socios. Según reconocen por abajo, el objetivo es “vaciar el consejo directivo hasta que se vean obligados a darnos espacio y escuchar nuestras propuestas”. ¿Mientras tanto?

Más allá de las maniobras y la rosca, la devaluación de la CGT es otra confirmación de la profunda crisis económica y política del país.

Estrategias

Pero no se puede subestimar tampoco al sindicalismo peronista. El anuncio, aunque se trate de un paro tardío, lejano y dominguero, es un primer intento de contener eso que pasa por abajo. Y la decisión del moyanismo de abrirse del Consejo Directivo amenazando con una medida de 36 horas con movilización, tal como anunció la CTA, es otra variante de esa estrategia. Ante cada saqueo histórico que ha vivido nuestro país, un sector del sindicalismo peronista se ha propuesto como alternativa “más combativa” para contener la radicalización de la clase trabajadora, y evitar que crezca la influencia del clasismo.

El objetivo político es conducir toda la bronca del pueblo trabajador a un apoyo electoral al peronismo en 2019. Aunque, seamos sinceros, esa fecha hoy parece una eternidad.

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Como planteaba en una columna de este diario Camilo Mones, referente de los despedidos de Pepsico y del Movimiento de Agrupaciones Clasistas, “nos dicen ‘hay 2019’ pero la clase trabajadora y el pueblo no pueden esperar. La lucha es ahora. Son ellos o nosotros. Necesitamos ya un paro activo de 36 horas y un plan de lucha de toda la clase trabajadora, que empiece a preparar la huelga general que es la única forma de terminar con el ataque de Macri y el FMI. Queremos asambleas en los lugares de trabajo para discutir democráticamente cómo enfrentar el saqueo y coordinadoras de los sectores en lucha, para unirnos con los estudiantes y todos los que están saliendo a la calle”.

¿Se imaginan si los grandes sindicatos que manejan los transportes, los grandes servicios públicos, los bancos y los puertos, paralizan el país hasta que se cumplan las demandas del pueblo trabajador? La izquierda clasista va a intervenir en cada una de las luchas que hoy se dan, y en los paros convocados por las centrales, con un programa claro: que se aumenten los salarios al valor de la canasta familiar y se actualicen con la inflación, que se terminen los despidos y se repartan las horas de trabajo, que se anulen los tarifazos y se aumenten los presupuestos de educación, salud y vivienda, que se deje de pagar la deuda y se nacionalice la banca bajo administración de los trabajadores terminando así con los especuladores.

Por eso, el clasismo impulsa la unidad en las calles con todos los sindicatos opositores. Para tener más fuerza para resistir el ajuste; pero también para pelear allí por la dirección sindical y política de la clase trabajadora.







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