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No hay amores felices: el regreso de Verónica Rosenthal

En marzo se publicó el nuevo episodio de las aventuras de la periodista Verónica Rosenthal. Conversamos con su autor, Sergio Olguín, sobre la nueva novela.

Celeste Murillo

@rompe_teclas

Domingo 17 de abril de 2016 | Edición del día

Mucho Jim Bean y pocas horas de sueño. Quizás ese sea un buen resumen de la vida de Verónica Rosenthal desde su regreso del norte argentino. Vive acosada por fantasmas del pasado y en crisis con su oficio de periodista, pero vuelve a la carga, esta vez contra los hombres de la Iglesia.

La nueva novela de Sergio Olguín es la tercera entrega de las andanzas de la periodista Verónica Rosenthal, después de La fragilidad de los cuerpos (Tusquest, 2012) y Las extranjeras (Suma de letras, 2014).

Su historia no es la única del libro; en él se entrelazan la historia de Darío, que perdió a su familia en un accidente de auto, pero está seguro de que su hija está viva. Y la del fiscal Federico Córdova (y ex novio -¿?- de Verónica) que interviene en un operativo que arranca como un allanamiento por narcotráfico y termina con un camión lleno de cuerpos mutilados.

Esas tres líneas se acercarán y alejarán, avanzarán en paralelo y se entrecruzarán en diferentes momentos. En el centro, la investigación que llevará a Verónica a desenredar las sospechas de una red de adopciones ilegales regenteada por curas y fachos ultracatólicos. Para sorpresa de nadie, la Iglesia cuenta con la ayuda de funcionarios, policías y jueces.

En los libros anteriores, Verónica se enfrenta a jueces y policías corruptos, tipos que estuvieron metidos en la dictadura y gente de esa calaña. Conversando con Sergio Olguín, le preguntábamos cómo se elige a “los malos” en un policial argentino en 2016.

“En realidad, no elijo a los malos sino la historia que voy a contar. Lo que ocurre es que en la mayoría de los crímenes y delitos que se cometen en Argentina siempre hay en última instancia una institución. Contar una historia de adopciones ilegales obliga –si no te quedás en la superficie de la misma– a que haya que referirse al papel jugado por la Iglesia Católica (debería haber metido algunos jueces de paz, pero se me iba de foco lo que quería contar)”.

El género policial, especialmente la novela negra, tiene en su ADN la denuncia de conflictos y problemas de la sociedad contemporánea y sus miserias. Y en la literatura argentina y latinoamericana, este género encuentra en el periodismo a grandes protagonistas, como sucede con Verónica Rosenthal o la genial Olga Lavanderos, otra periodista intrépida (de Paco Ignacio Taibo II) que cruza sus investigaciones con narcos, jueces y policías, que a menudo son ocupaciones no excluyentes.

Como en novelas anteriores, Verónica se enfrenta a dilemas cotidianos entre lo que se espera de ella y lo que ella espera de su vida. Están en constante tensión la relación con su familia (su padre y sus hermanas) y Federico, siempre presente como ex/actual/potencial novio/objeto de deseo-obsesiones-cariño. En No hay amores felices aparecen además reflexiones explícitas sobre los prejuicios y las relaciones de Verónica con esos mundos.

“Creo que nos ocurre a todos. Hay una forma de comportarse marcada por la sociedad que espera que uno la cumpla. Y en general cumplimos. El tema es cuando empezamos a sentirnos incómodos con eso. Y Verónica es un personaje que todavía no encuentra muy bien su lugar en el mundo ni se resigna a cumplir con los mandatos familiares, sociales, etc.”

Cada aparición de las hermanas, el exnovio, el padre vuelven a empujarla a una vida “normal”. Y Federico es la promesa de la vida estable y predecible, en contraposición al joven Harrison y los menáge a trois del conurbano, y no está claro hacia qué lado se inclina la balanza, reñida entre “sensatez y sentimientos”. Quizás esta sea la novela donde Verónica es menos superchica y más “humana”; conocemos sus momentos menos felices obsesionada por hackear una casilla de mail con cuestionables fines o arruinando un cocktail, presa de un ataque de celos.

Para acompañar la lectura, No hay amores felices tiene playlist en Spotify.

“En el policial clásico los investigadores tienen una personalidad muy clara y definitiva: son buenos, o son violentos, o son borrachos, o son cínicos, y no cambian. Yo quería un personaje que pusiera todo eso en duda. Verónica es una buena mina, pero puede ser violenta, emborracharse y ver la vida con cierto cinismo, pero nada de eso le resulta gratuito. La vida le pasa facturas todo el tiempo. Es un personaje que sufre las historias que vive. Eso me parece más interesante a la hora de escribir que un personaje estático en su condición moral e intelectual.”

Son dos mujeres las que empujan a Verónica a recuperar la pasión por el oficio (cascoteado por las consecuencias horrendas de su viaje al Norte en Las extranjeras). Por un lado, su editora Patricia (que lidia con el caos de la redacción, muy a tono con el clima actual de, “modernización”, es decir despidos y reestructuraciones). Por el otro, María Magdalena, monja en su vida anterior, enfrentada dentro de la institución a las jerarquías de la Iglesia Católica, y primera editora de Verónica (que nos tira la bomba de haber debutado en una revista cristiana).

Como en otras ocasiones, un batallón de personajes indispensables acompaña a Verónica Rosenthal: su desigual grupo de amigas, radiografía de los claroscuros de la amistad entre las mujeres pero también de la solidaridad incondicional, en las buenas y en las muy malas que pasa la periodista; el psicoanalista de Federico y sus diagnósticos cínicos “para justificar lo que me paga por mes”; o la militante de izquierda Fabiana, quizás el menos verosímil, completan el rompecabezas de más de 400 páginas que se lee de un tirón.

Haciendo honor al género, Buenos Aires es una protagonista más. Plagada de códigos porteños, No hay amores felices contiene el desafío extra de rastrear las cicatrices que marcan la vida en la ciudad. Porque son dos mundos diferentes que te inviten a tomar algo en Dada del Bajo y encontrarte en el McDonald’s de Rivadavia y Av. La Plata.

“Me divierte mucho poner referencias verdaderas en una ficción. Cuando leemos una novela que transcurre en Copenhague o en México DF y se nombra una locación específica jugamos a creer que es verdadera (como jugamos a creernos la historia), no importa que sea real. El lector que no pasó por Buenos Aires puede creer que los lugares de mis novelas son inventados como todo lo que sucede, pero de la misma manera que incluyo detalles autobiográficos que pasan desapercibidos (por ejemplo: mi primera jefa en periodismo fue una religiosa católica que dejó luego los hábitos), también me gusta poner esas referencias a lugares reales. Es más un juego que otra cosa.”

Más de una vez Sergio Olguín dijo que su idea es hacer diez novelas sobre Verónica Rosenthal (emulando la tradición de los suecos Per Wahlöö y Maj Sjöwall y sus diez libros sobre Martin Beck) y que Verónica sea muy diferente a la que fue en La fragilidad de los cuerpos… Con esta tercera novela cumple con ese objetivo. Solo resta completar la primera parte del desafío.

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