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Red Internacional

En la noche del 16 de septiembre de 1976 en La Plata, las Fuerzas Armadas irrumpieron en las casas de estudiantes secundarios, llevándoselos secuestrados. Eran algunos de los jóvenes que con su movilización lograron la rebaja del boleto estudiantil. La Izquierda Diario entrevistó a Nilda Eloy, sobreviviente que fue detenida y compartió cautiverio junto a otras víctimas de La Noche de los Lápices.

Daniel Satur@saturnetroc

Celina TidoniAbogada del CeProDH Rosario

Martes 16 de septiembre de 2014

Fotografía: motín enelaula

-La Izquierda Diario: Se cumple un nuevo aniversario de La Noche de los Lápices. Vos sos una ex detenida-desaparecida, sobreviviente de ese proceso represivo que duró más que una noche.

  •  Nilda Eloy: Sí, el proceso se da entre los meses de agosto y octubre de 1976, donde se reprime al movimiento estudiantil secundario, que, si bien se hizo famoso por el episodio en La Plata, se producen hechos similares en todo el país. Fue una orden dirigida a liquidar la militancia del sector secundario.

    -¿La realidad excede lo que ha contado la película?

  •  La película hizo un recorte y ficcionó una historia. Era pleno período de la “teoría de los dos demonios”, se estructuró un relato para que pareciera que eran poco menos que pobres víctimas, chiquitos secundarios que peleaban por el boleto estudiantil. Cuando estos fueron procesos de luchas por el boleto que se dieron en todo el país entre el 74 y el 75. Tenían en común la militancia, eran activistas de varias organizaciones. Y fue esa organización la que se atacó para infundir el terror adentro, porque la mayoría eran chicos que estaban terminando el secundario. Eso repercutió hacia el interior de los colegios, hacia sus compañeros, y tenía el objetivo de romper la militancia.

    -¿Por qué creés que no se escribió más de esta historia?

  •  Ha costado muchos años difundir una historia distinta de la oficial, con las consecuencias que eso acarrea. Cada vez que se hablaba de Pablo Díaz como único sobreviviente se estaba haciendo desaparecer nuevamente, por ejemplo, a Emilce o a Patricia.

    -¿Cómo fue el proceso cuando te secuestran?

  •  Hicieron un allanamiento en casa, a medianoche del 1° de octubre. Allí empezó un rally que con tono de humor negro se puede llamar “Turismo Camps”, que incluyó seis centros de detención clandestinos y Devoto. Estuve once meses desaparecida, y después bajo el Poder Ejecutivo Nacional, con una “seudolegalización” donde pasé a una cárcel por casi dos años.

    -¿En qué centros clandestinos estuviste secuestrada?

  •  Estuvimos en La Cacha, después en Quilmes, donde estaban algunos de los chicos de lo que después se conoció como “La Noche de los Lápices”. Luego de cinco días nos llevan a Arana, donde permanecimos otros cinco días. Después a un cuarto lugar, que posiblemente sea el Vesubio, por unos quince días. Hablo en plural porque siempre lo hacían en grupo, no eran traslados solitarios. De allí nos sacaron el 1° de noviembre y nos llevaron al Infierno, que era la brigada de Lanús con asiento en Avellaneda. Allí estuvimos hasta el 31 de diciembre. Esa tarde nos llevaron a Horacio Matoso y a mí a la Comisaría 3ª de Lanús, que funcionaba como preblanqueo. El 22 de agosto de 1977 me trasladan a la cárcel de Devoto.

    -¿Cuáles son los otros sobrevivientes que conocés?

  •  Entre los compañeros desaparecidos conocí a María Claudia Falcone, Panchito López Montaner, Horacio Ungaro. Entre los sobrevivientes de La Plata están Emilce Moler, Patricia Miranda, Pablo Díaz, Gustavo Calotti, Walter Docters, José María Noviello. Por suerte no es uno solo, sino varios.

    -¿Por qué sobrevivieron los que sobrevivieron? Antes mencionaste que había una especie de “plan”.

  •  El relato de los sobrevivientes era un relato de terror, y fueron utilizados para infundir miedo. Éramos piezas útiles para eso, porque transmitíamos el horror, y contradictoriamente salías con la orden de silencio. Costó, hay compañeros que pudieron vencer ese mandato de silencio, transformar ese relato de horror en denuncia desde el principio, y otros como yo tardamos casi veinte años. Ya que, más que “hablar”, teníamos que hacer una traducción: no solo un relato de penurias, sino que tenía que ser una denuncia de delitos.

    -Como dijo Julio, el pueblo tiene que saber…

  •  ¡El pueblo tiene que saber! Dar ese paso, pero ¿desde dónde hacés ese relato? O desde la pobre víctima asustada o como la persona que ha sido víctima de un delito, pero que tiene la entereza y la necesidad de denunciar. Salir del relato oficial y comenzar el de justicia.

    - ¿Qué reflexión podés dejarles a los chicos que empiezan a militar, que se organizan hoy, ante otra realidad del país?

  •  ¡Que hagan! Yo pertenezco a una generación que creció con las consignas del Mayo Francés, que creíamos que la revolución estaba a la vuelta de la esquina y que lo que faltaba era que había que hacerla. Que tienen derecho a cuestionar, a hablar, y nadie les puede tapar la boca porque son borregos. Pero que no lo hagan por moda, que se preparen, ¡lean! Y, si creen tener razón, discutan a muerte. Entendiendo que siempre tiene que haber capacidad de disenso. Que discutir no significa que el otro es un traidor, siempre dentro del campo popular.


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