Cultura

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Munch, precursor del expresionismo (parte 2)

Lucía Simone

@LululuSimone

Martes 3 de febrero de 2015 | Edición del día

En la primera parte de este artículo que publicamos la semana pasada hablábamos del encuentro de Munch con los grupos anarquistas noruegos, los Bohemios de Cristianía, y la influencia que este intercambio tuvo en las tempranas definiciones ideológicas del artista.

Obra: Jurisprudencia (1895). El óleo retrata a tres jóvenes, socialistas y anarquistas, muy conocidos por las fuerzas del orden del Oslo de la época.

Años más tarde se instala en Francia, y su trabajo como ilustrador en distintas revistas progresista de la época, lo lleva a relacionarse con artistas de diferentes disciplinas y escuelas que cuestionaban el sometimiento del arte a los valores establecidos por el capitalismo. Munch, absorbe de la bohemia parisina de fines del siglo XIX nuevas técnicas pictóricas que lo hacen avanzar en su ruptura con el simbolismo. A la utilización vertiginosa de la línea sumará el uso vibrante del color. Esta conjunción será una de las características del estilo del expresionismo.

Las rupturas de Munch no se limitaban al plano de la forma, también se planteo un profundo cuestionamiento a la mercantilización del arte:

Lo que esta arruinando el arte moderno es el comercio, al exigir que los cuadros se vendan bien una vez que se los cuelga en la pared. No se pinta por el deseo de pintar… o con la intención de pintar una historia. Yo que fui a París hace siete años lleno de curiosidad por ver el salón y que estaba dispuesto a dejarme llevar por el entusiasmo –lo que sentí fue sólo repugnancia”. (Nota: Se refiere a su viaje de 1885)

El expresionismo será una de las primeras manifestaciones que surgirán de ese “espíritu de época”. Como en el caso del autor de El grito, esos encuentros y discusiones iniciales, serán parte del caldo de cultivo del que años más tarde, al calor de la primera guerra mundial y centralmente de la revolución rusa, se consolidarán lo que se conoció en el arte como vanguardias históricas: “son movimientos que tienen como única regla, no respetar ninguna regla. Las vanguardias se plantean introducir elementos innovadores respecto a las formas tradicionales, utilizando recursos que quiebren o distorsionen los sistemas aceptados de representación y expresión. Atacan el status del arte en la sociedad burguesa y exigen, contra el mismo funcionamiento de la sociedad, impugnar las instituciones artísticas que separan al arte de la praxis vital de los hombres. Su finalidad es unir el arte con la vida: si la praxis es estética, y el arte es práctico, ya no se puede reconocer una separación.” (Ver más sobre este tema en el artículo publicado en este mismo diario: Surgimiento de las vanguardias rusas: arte para la vida)

Obra: Muerte en la habitación de la enferma (1894-1895). Cuadro basado en la muerte de Sophie, la hermana mayor.

Hablame fuerte que no te escucho

Cuenta el mismo artista sobre la situación que habría dispara la idea de El grito:

“Paseaba por un sendero con dos amigos - el sol se puso - de repente el cielo se tiñó de rojo sangre, me detuve y me apoyé en una valla muerto de cansancio - sangre y lenguas de fuego acechaban sobre el azul oscuro del fiordo y de la ciudad - mis amigos continuaron y yo me quedé quieto, temblando de ansiedad, sentí un grito infinito que atravesaba la naturaleza.”

En esta obra se muestra en primer plano a una figura andrógina sumida en un rapto de desesperación y angustia: se agarra la cabeza, las manos a la altura del lugar donde deberían estar las orejas. ¿Es la figura en el momento del grito? ¿o es “el grito de la naturaleza” que le alcanza? ¿Habla la obra de la angustia personal del autor que acaba de ver fallecer a su madre? O ¿es expresión de la angustia existencial del hombre moderno al percibir la forma en que se reconfigura el mundo?
Muchos expertos señalan la genialidad de Munch en el hecho de que logró pintar un sonido. ¿No es acaso que con esto logra plasmar y hacer casi palpable el vértigo infinito de la más absoluta incomunicación?

Obra: El grito (1893)

* * *

El grito es el nombre de cuatro cuadros del artista. Cuando fue expuesta en 1895 como parte de la serie El friso de la vida, causó un gran rechazo en la crítica y la prensa que comenzó a hablar de su arte como “enfermo” o “obsceno”. Cuando el nazismo invade Noruega catalogará la obra de Munch como “arte degenerado”. Fue recién en plena Segunda Guerra Mundial, en 1942, cuando una exposición en Estados Unidos lo lanzó a la fama mundial, tan sólo poco antes de su muerte.

¿Dinero, dinero, dinero?

Tras la muerte de Munch, sus obras alcanzaron una altísima cotización monetaria. En 1994 y en 2004, dos de las cuatro versiones de El grito fueron objeto de robos de enorme repercusión mediática. Una tercera versión que permanecía en poder de un vecino y amigo de Gvstav, fue vendida en 2012 por 119,9 millones de dólares, transformándose en la obra de arte más cara vendida en una subasta.

Un cacho de cultura

A veces tenemos la impresión de que a través de los medios masivos y la cultura se promueve la curiosidad (¿morbosa?) por el estilo de vida de ricos y famosos: imágenes que se repiten hasta el infinito muestran el despilfarro de sumas de dinero inconmensurables para los “pobres” que tenemos que trabajar para vivir, generando a la vez un nivel de ruido cultural que, en el mejor de los casos, vuelve inaudibles las voces disonantes que cuestionan el sistema, incluidas aquellas que forman parte de nuestra historia y en las cuales podemos llegar a encontrar una referencia que nos permita reconstruir alguna suerte de tradición.

Con estas líneas, recuperando brevemente algunas ideas y fundamentos que acompañaron la vida y las producciones de Munch, esperamos aportar algo de silencio, la posibilidad de mirar hacia atrás y encontrarnos.

Obra: Trabajadores volviendo a casa (1913-1915). Es uno de los lienzos más representativos de la última etapa de la pintura de Munch.







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