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Movimiento antivacunas: Autismo, mentiras y dinero

En 1998, un trabajo científico vinculando vacunas y autismo generó una enorme desconfianza contra la vacunación. 18 años después y a pesar de demostrarse que el estudio era un fraude, el movimiento antivacunas sigue en pie, provocando la reaparición en EEUU y Europa de enfermedades graves.

Alfredo González

@Alf_Gonzalez_

Domingo 3 de julio de 2016 | 02:58

En 1998 el gastroenterólogo británico Andrew Wakefield presentó un trabajo que mostraba una posible relación entre autismo y el uso de la vacuna contra sarampión, rubeola y paperas (MMR por sus siglas en inglés). El trabajo fue publicado en The Lancet, una prestigiosa revista médica. La aparición de este estudio se acompañó de una enorme campaña de prensa con artículos en grandes medios, entrevistas televisivas y charlas del autor organizadas por grupos de familiares de personas con autismo. Pero se trataba de un fraude. Un fraude que tuvo y aún tiene efectos desastrosos para la salud pública en gran parte del mundo.

El trabajo de Wakefield, titulado “Hiperplasia nodular linfoidea en ileon, colitis no específica y desorden generalizado del desarrollo en niños” (en inglés: “Ileal-lymphoid-nodular hyperplasia, non-specific colitis, and pervasive developmental disorder in children”) estudiaba a 12 niños con alteraciones en el desarrollo cognitivo, planteando un hipotético vínculo con la vacunación contra sarampión, rubeola y paperas. Si bien el trabajo no ofrecía pruebas, Wakefield aprovechó la conferencia de prensa de presentación del artículo para hablar de un “riesgo” al usar la vacuna triple viral, y promoviendo, en su lugar, tres vacunas individuales.

Lo que Wakefield nunca dijo es que, tiempo antes de publicar el estudio, había patentado vacunas individuales para competir con la MMR. Lo que tampoco dijo es que, también antes de la publicación, recibió más de 400.000 libras esterlinas de parte de abogados que participaban en juicios contra laboratorios productores de vacunas.

La aparición del paper de Wakefield llevó a que, rápidamente, muchos investigadores volvieran a estudiar la seguridad y los efectos de la vacuna MMR. En apenas unos años, más de una decena estudios realizados en Japón, Dinamarca, Finlandia y otros países no lograron encontrar ningún vínculo entre autismo y vacunación. La evidencia demostraba que no existe vínculo entre vacunas y autismo. Y, al reevaluar el trabajo de Wakefield, una comisión independiente demostró que los resultados habían sido falseados y el trabajo fue formalmente retirado por The Lancet. Pero el daño ya estaba hecho.

Gracias a la publicidad que recibió la publicación de Wakefield, la confianza de la población en las vacunas se sacudió, con graves efectos para la salud pública. Hasta 1998, en el Reino Unido la vacunación con MMR alcanzaba al 91% de la población y no se reportaban más de 60 casos de sarampión al año. Tan sólo 5 años luego de la publicación del estudio, el Reino Unido sufrió más de 1300 casos y, sólo en Irlanda, 100 niños debieron ser hospitalizados. Tres de ellos murieron.

A pesar de que la evidencia demuestra la seguridad y efectividad de las vacunas (y, especialmente, la MMR), aún existen grandes movimientos, sobre todo en países de habla inglesa, que se oponen a la vacunación. Su persistencia, a pesar de la evidencia, puede deberse a que el supuesto vínculo “vacunas-autismo” permite buscar una cusa fácil y culpables accesibles para un trastorno tan complejo como el autismo. Y también, al interés económico de “gurúes” y mercenarios en general que, como Wakefield, aprovechan el miedo y la desconfianza para vender sus propios productos.







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