Cultura

OPINIÓN

Morir para nacer de nuevo: exilio y regreso de Mercedes Sosa

En este 24 de Marzo, que nos encuentra guardados y con la calle negada, una historia de libertad y vida después de los tiempos del encierro y la muerte.

Martes 24 de marzo | 19:09

Hoy es el aniversario del inicio de la dictadura del 76, pero este año yo quiero despreciar de un plumazo picana, milico y capucha. Hoy, que con mi recuerdo y mi palabra hago lo que quiero, los paso por encima de un salto burlón y me voy derechito a la vuelta de la esperanza, en 1982, para contarles una historia:

A la Negra le habían puesto un ultimátum, años antes. Había aguantado hasta donde pudo, cantando en teatros cada vez más chicos, después en galpones y sótanos. Canciones prohibidas para gente desesperada. Finalmente, la cana se la llevó derechito desde un escenario de La Plata, y ahí se lo dijeron. O se iba, o la mataban.

Y se fue. La fueron, más bien. Y desde afuera siguió cantando, el desarraigo quemándole la voz. Cantó a Atahualpa, a Walsh, a Argentina. Después a Nascimento, a Jara, a Rodríguez y a toda Latinoamérica. Sus allegados cuentan que la Negra murió un poco al irse, y pensó luego en el suicidio más de una vez. Pero, de algún modo, siguió cantando.

Siguió cantando hasta que en 1982 pudo volver. Y cuando volvió, volvió para cantar. En una seguidilla de noches de Buenos Aires cantó canciones de toda la América herida, y la gente, por primera vez en años, salió de sus casas para ir a escuchar, y a ponerse las manos en carne viva aplaudiendo y a gritar todo lo que venían callando. Fueron los recitales más memorables y emotivos de la historia no oficial argentina.

A mitad del show, “Gracias a la Vida”, la elegía de Violeta Parra que ella misma se escribió para despedirse de la vida, resumía en la voz de la Negra los años que ya habían terminado. La voz lánguida y sedosa de Mercedes parece hablar de muerte, pero no. Habla de otra cosa y la gente lo entiende, y con el aplauso atronador del final, que estremece la piel, el pueblo argentino suelta su alma a las calles y arranca a vivirse una vez más. Porque después de la muerte siempre, siempre, viene la vida.

La esperanza volvió al sur en 1982, en el Teatro Ópera de Buenos Aires, y a nosotros, que vinimos luego, nos quedó un disco (“Mercedes Sosa En Argentina” - Tropical Music, 1982) que registró para siempre aquel suceso. En esas noches, la Negra los juntó a todos, mentores y alumnos, y todos fueron. Gieco, Charly, Tarragó Ros, Ramírez, Mederos, Cura. Cantó canciones antiguas del fondo del monte, canciones nuevas para darle respeto a los jóvenes artistas que se habían quedado, y canciones de lejos para recordar a los muertos de toda Latinoamérica.

Todo el disco es una escucha obligada hoy, y es un testimonio a la unidad latinoamericana, desde el gaucho hasta el trovero. Desde el porteño hasta el quechua. Desde el andino hasta el guajiro. La Negra es la voz de Latinoamérica y contra eso no hay picana ni fusil ni yunque que aguante. Y desde ella cantan todos la paz y el propósito de quien llega al final de su camino nomás para hacerse otro y, como buen latinoamericano, sólo muere para volver a nacer.







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