Cultura

Literatura y lucha de clases

Modernidad capitalista: el oficio de escribir, José Martí y los Mártires de Chicago

Modernismo literario y modernización, los inicios de la profesionalización del escritor y la lucha de clases por las ocho horas de trabajo. Un comentario sobre Los Mártires de Chicago, la crónica del cubano, José Martí, publicada en La Nación el 1 de enero de 1888 con el título “Un drama terrible”.

Lucia Battista Lo Bianco

Estudiante de Letras-UBA

Sábado 2 de mayo | 12:44

Ilustración: @mataciccolella

«Es para los poetas, hombres magnos,
por la confusión que el cambio de estados,
fe y gobiernos acarrea, época de tumulto
y de dolores»
(Karl Marx)

José Martí fue un crítico literario, poeta, militante independentista y antiimperialista cubano. Durante su segundo exilio político en Nueva York, después de ser expulsado de Cuba a causa de un levantamiento en el que participó como miembro del Club Revolucionario Cubano, conoció de cerca “las entrañas del monstruo”, es decir, vio de primera mano los estragos y el desarrollo a gran escala de la técnica impulsados por el capitalismo. Allí escribió, en 1887, una crónica sobre el proceso y la posterior masacre de los Mártires de Chicago que me propongo comentar en estas líneas, invitando a todos a leerla, para conmemorar un nuevo Día Internacional de Los Trabajadores.

Martí escribió en el diario La Nación, que en ese momento había contratado a distintos escritores como corresponsales en el extranjero como en su caso, o radicados en el país, como en el caso del nicaragüense, Rubén Darío, con el objetivo de ingresar al nicho de lectores de literatura. En ese período, conocido como “fin de siglo” (XIX, comienzo del siglo XX), Martí y Darío pertenecieron a lo que la crítica dio a conocer como una corriente literaria (latinoamericana, en este caso) llamada modernismo. A partir de la existencia del mercado literario, fue la primera en dar cuenta en la región, de la “profesionalización” de los escritores. Es decir, el modernismo se situó en los orígenes de un largo proceso que llevó a que los escritores (algunos, no todos los que quisieran, por supuesto) pudieran comenzar a vivir de eso que escribían o bien, del oficio de escribir en sí, haciendo periodismo para ganarse la vida y escribiendo sus poemas en los espacios que les quedaban. A la vez que, si bien ya no existían las relaciones de mecenazgo entre los escritores y el poder político (o yendo más atrás, con el clero), otros escritores, eligieron enrolarse en tareas diplomáticas en sus países como el colombiano, José Asunción Silva o el propio Darío, para así contar con el tiempo preciado que necesitaba la poesía y su actividad literaria, en general. No obstante, desde otro ángulo, esto muestra cómo la producción literaria comienza ya a dejar de estar en manos de unos pocos ricos que no necesitaban rebuscárselas para vivir.

Animal anfibio

El modernismo, no fue un movimiento programático en sí que reunió como cenáculo a un grupo de escritores, como lo fueron posteriormente las vanguardias históricas. Estos escritores, entre los cuales también se pueden encontrar, además de los ya mencionados al cubano, Julián del Casal, contaron con una cierta circulación regional de sus propios textos, lo que permitió que se leyeran los unos a los otros y mostraron un espíritu literario de época. Se caracterizaron por ofrecer una renovación en la prosa y sobre todo en la poesía que se encontraba bastante anquilosada en la tradición española. Innovaron alrededor de los motivos de escritura, algunos cultivaron el decadentismo y motivos más lúgubres en cuanto a la degradación del cuerpo o la vida que aparecía en los paseos por las ciudades en proceso de modernización, mientras que otros con un espíritu más regionalista, buscaron nuevos motivos poéticos en las antiguas civilizaciones de América Latina. Dice el propio Martí: “Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra”.

Así, el modernismo que aparece en los albores de la época imperialista, es la primera corriente estética de América Latina que dio cuentas en la esfera de la literatura de la profesionalización del oficio de escribir, ingresando por ello, al mundo desquiciado del mercado de trabajo. La añoranza de ese pasado (mejor) que iba quedando atrás, fue una marca registrada del espíritu poético de algunos de los modernistas. Otros en cambio, como Martí, abrazaron y dieron cuenta en su literatura de las luchas sociales que por entonces emergían. Sin embargo, todavía los poetas quedan ubicados en una especie de no-lugar, dentro de la sociedad burguesa. En este sentido, se caracterizaron por un profundo sentimiento antiburgués, más bien romántico desde el punto de vista de, por ejemplo, Rubén Darío y más ligado a un cambio social, según leemos en José Martí.

El hombre, el artista, que en el modernismo será metonimizado a la categoría de poeta, se vuelve un animal anfibio que convive a la vez en dos mundos: por un lado el de la naciente ciudad moderna, con su régimen de vida, su moral pacata, la multitud que se prolifera, los horarios cotidianos que organizan y estructuran la vida social y privada, las fábricas, los incipientes medios de transporte, el desarrollo de la burocracia estatal, etc. Y por el otro, el mundo espiritual, la esfera del arte, la poesía, la literatura, los sentimientos que lo asaltan y los deseos más plenos por los que tranquilamente se dejaría llevar, sino fuera por aquel otro mundo prosaico que se lo impide y contra el cual muchas veces escriben. Así, muchos modernistas, que en general pertenecían a la pequeñoburguesía urbana, experimentaron una especie de ajenidad respecto de su tiempo histórico. Pero además del desprecio elitista por la moral burguesa imperante, a la que el modernismo de Rubén Darío acusó de “rastacuerismo”, el creciente desarrollo de la sociedad burguesa moderna determinó no solo sus temas, sino también sus condiciones de producción.

Al compás de la Remington: Viajeros y precarios escritores en vías de profesionalización

Los modernistas se caracterizaron por tener un espíritu cosmopolita y ser, en muchos casos, unos trotamundos. Con el desarrollo de la modernidad, las esferas de la vida pública se fueron separando progresivamente. En este sentido, el crítico latinoamericano, Pedro Henríquez Ureña, plantea que: “Comenzó una división del trabajo. Los hombres de profesiones intelectuales trataron ahora de ceñirse a la tarea que habían elegido y abandonaron la política… El timón del Estado pasó a manos de quienes no eran sino políticos… Y como la literatura no era en realidad una profesión, sino una vocación, los hombres de letras se convirtieron en periodistas o en maestros, cuando no en ambas cosas” (1987: 51).

La creciente división del trabajo y a la vez la autonomización de la actividad artística respecto de la política (que en la etapa anterior eran desempeñadas en su mayoría por los mismos sujetos), condenó a los modernistas a la necesidad de poseer una multiplicidad de trabajos, en la que el tiempo que se le podía destinar al arte o la literatura era cada vez más escaso. Pero al mismo tiempo, esta distinción de las esferas posibilitó el desarrollo de la cada vez mayor profesionalización del escritor. Este fue el caso de Martí, que durante su segundo exilio político de Cuba, reside en Nueva York, y anticipando el desarrollo del periodismo como profesión autónoma, escribió como corresponsal para diversos diarios y periódicos, entre ellos La Pluma en Bogotá, La Nación en Argentina, La Opinión Nacional en Caracas y La Opinión Pública en Montevideo. En el caso de Martí sus crónicas (portadoras de la marca del tiempo en el mismo nombre) que hoy leemos como parte de (su) literatura, en su momento fueron parte de los periódicos que incorporaron estos temas literarios en sus publicaciones, produciendo con esto un triple movimiento: ampliando su público de lectores, “democratizando” parte de la literatura o el acceso a autores que publicaban a la vez sus libros en el mercado y precisamente para ello, empleando como periodistas a los propios literatos. Sabemos, por ejemplo, a través del propio Darío, que él mismo escribió parte de Prosas profanas entre crónica y crónica mientras trabajaba en el diario La Nación. Así, la progresiva profesionalización de la figura del escritor que comienza a emerger en América Latina con el movimiento modernista, podría ser sintetizada con el grandioso final del prólogo a Los Lanzallamas que cincuenta años después, escribiera -ya muy lejos del modernismo- otro periodista. Según Roberto Arlt:

“El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un ‘cross’ a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y ‘que los eunucos bufen’. El porvenir es triunfalmente nuestro. Nos lo hemos ganado con sudor de tinta y rechinar de dientes, frente a la “Underwood”, que golpeamos con manos fatigadas, hora tras hora, hora tras hora” (2010: 4).

“Del infierno vienen: ¿qué lengua han de hablar sino la del infierno?”

Pero el cubano, José Martí, además de poder ser considerado un modernista desde el punto de vista de su estilo poético, era un revolucionario, fundador del Partido Revolucionario Cubano. Murió de hecho durante la Guerra de Independencia, cuando regresó a Cuba en el año 1895. Y en la crónica que escribe para el diario La Nación después del entierro de los Mártires de Chicago el 13 de noviembre de 1887 (que se publica el 1 de enero de 1888), con la frase que subtitula este apartado, es como refería a los anarquistas asesinados. Y retrospectivamente se preguntaba por su lucha: “¿no es ésta la batalla del mundo, en que los que lo edifican deben triunfar sobre los que lo explotan?”.

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En su crónica, con una prosa que llevaba en ella la marca registrada de la innovación lingüística moderna, aunque no por eso es menos conmovedora, resume sagazmente el caldo social que en la ciudad de Chicago y en todo Estados Unidos dieron lugar a este movimiento. Da cuenta críticamente de la transformación social que había sufrido el país en los últimos años: “De una apacible aldea pasmosa se convirtió la república en una monarquía disimulada. Los inmigrantes europeos denunciaron con renovada ira los males que creían haber dejado tras sí en su tiránica patria”.

Y explica que las ideas revolucionarias traídas de Europa, prendieron especialmente en el mundo industrial de la costa Oeste del país: “En el Oeste y en su metrópoli Chicago sobre todo, hallaron expresión viva los descontentos de la masa obrera, los consejos ardientes de sus amigos, y la rabia amontonada por el descaro e inclemencia de sus señores [...] El odio a la injusticia se trocaba en odio a sus representantes”.

Describe con extrema precisión las miserables condiciones sociales en las que vivía la clase obrera de ese país, decía: “¡Quien quiera saber si lo que pedían era justo, venga aquí; véalos volver, como bueyes tundidos, a sus moradas inmundas, ya negra la noche; véalos venir de sus tugurios distantes, tiritando los hombres, despeinadas y lívidas las mujeres, cuando aún no ha cesado de reposar el mismo sol!”

Incluso, da cuenta del usufructo pérfido que de esa situación extrema hacían los capitalistas, dejando al desnudo el carácter de clase del Estado burgués, cuando puso todo su arsenal político, jueces, policía y burocracia en función de sostener la propiedad privada que el movimiento influenciado por el anarquismo, hacía peligrar, encargándose especialmente de liquidar todo su afán de lucha:

“Y cada vez que en alguna forma esto pedían en Chicago los obreros, combinábanse los capitalistas, castigábanlos negándoles el trabajo que para ellos es la carne, el fuego y la luz; echábanles encima la policía, ganas siempre de cebar sus porras en cabezas de gente mal vestida; mataba la policía a veces a algún osado que le resistía con piedras, o a algún niño; reducíanlos al fin por hambre a volver a su trabajo, con el alma torva, con la miseria enconada, con el decoro ofendido, rumiando venganza.

Además, apunta con particular certeza el carácter aleccionador y de disciplinamiento social para toda la clase obrera norteamericana y mundial, que buscó tener la condena a muerte a los ocho anarquistas a quienes se los acusó sin pruebas de un crimen que no habían cometido: “Señor, dice un obrero, ¿condenarás a siete anarquistas a morir porque un anarquista lanzó una bomba contra la policía, cuando los tribunales no han querido condenar a la policía de Pinkerton, porque uno de sus soldados mató sin provocación de un tiro a un niño obrero?’ Sí: el gobernador los condenará; la república entera le pide que los condene para ejemplo”.

Algunos de ellos eran inmigrantes, miembros del emergente proletariado que había venido de Europa huyendo de otra miseria, en los inicios de la transición hacia un capitalismo salvaje de tipo imperialista en el país. En este sentido, Martí es muy crítico de la actitud que tuvieron ante el injusto proceso judicial gran parte de la sociedad, en general y del resto de los trabajadores y los sindicatos, en particular, reaccionando tarde y de manera insuficiente ante las autoridades.

“Avergonzados los unos y temerosos de la venganza bárbara los otros, acudieron, ya cuando el carpintero ensamblaba las vigas del cadalso, a pedir merced al gobernador del Estado, anciano flojo rendido a la súplica y a la lisonja de la casta rica que le pedía que, aun a riesgo de su vida, salvara a la sociedad amenazada.”

Asimismo, contra los pacifistas y los ilusos, da cuenta del necesario empleo de la violencia en pos del cambio social que exigía la situación: “Una vez reconocido el mal, el ánimo generoso sale a buscarle remedio: una vez agotado el recurso pacífico, el ánimo generoso, donde labra el dolor ajeno como el gusano en la llaga viva, acude al remedio violento”.

Como periodista y consciente de la potencialidad del testimonio que estaba brindando para el cono sur latinoamericano, Martí no se olvida de mencionar el rol indispensable que jugó la prensa en la campaña que lanzó para desprestigiar a los siete anarquistas que se pretendía condenar, y se pregunta con miras a los efectos que estos podría desencadenar en la clase obrera mundial: “La prensa exasperándolos con su odio en vez de aquietarlos con justicia, ¿no los popularizaba?”.

Sin ser anarquista, Martí compartía muchos de los ideales de justicia social por los que dieron la vida estos militantes. Tal es así que, para describir a cada uno, pone el foco no solo en su lucha, sino también en aspectos particulares de su personalidad, en las relaciones no siempre amistosas, sino bastante conflictivas que entre ellos había, como parte de gran movimiento de lucha. Dice que Albert Parsons “hablaba a saltos, a latigazos, a cuchilladas: lo llevaba lejos de sí la palabra encendida”. Que August Spies “razonaba la anarquía: la pintaba como la entrada deseable a la vida verdaderamente libre: durante siete años explicó sus fundamentos en su periódico diario, y luego la necesidad de la revolución”. Que George Engel “pujaba por tener al anarquismo en pie de guerra, él a la cabeza de una compañía: él donde se enseñaba a cargar el rifle o apuntar de modo que diera en el corazón: él, en el sótano, las noches de ejercicio, ‘para cuando llegue la gran hora’ [...] Engel era el sol, como su propio rechoncho cuerpo: el ‘gran rebelde’, el ‘autónomo’”. Del fabricador de bombas, Louis Lingg que “criado en una ciudad alemana entre el padre inválido y la madre hambrienta, conoció la vida por donde es justo que un alma generosa la odie [...] ¿A qué su belleza, siendo horrible el mundo? Halló su propia historia en la de la clase obrera, y el bozo le nació aprendiendo a hacer bombas [...] Acababa de llegar de Alemania: veintidós años cumplía: lo que en los demás es palabra, en él será acción”. Sobre los cuatro restantes, agrega: “Schwab, nutrido en la lectura de los poetas, ayuda a escribir a Spies, mientras Fielden, de bella oratoria, va de pueblo en pueblo levantando las almas al conocimiento de la reforma venidera, mientras Fischer alienta y Neebe organiza”.

Es para destacar también el énfasis que Martí pone en su relato sobre las mujeres, “las mujeres sublimes” como las llama, que jugaron un rol en esa lucha durante la organización de las huelgas y posteriormente, cuando recorrieron todo tipo de tribunales y oficinas pidiendo por la liberación de los procesados. Las mismas que, finalmente, acompañaron al cadalso a sus esposos, maridos, hijos y padres. En especial a la obrera Lucy Parsons, compañera de vida y de militancia de Albert Parsons:

“Su mujer, la apasionada mestiza en cuyo corazón caen como puñales los dolores de la gente obrera, solía, después de él, romper en arrebatado discurso, tal que dicen que con tanta elocuencia, burda y llameante, no se pintó jamás el tormento de las clases abatidas; rayos los ojos, metralla las palabras, cerrados los dos puños, y luego, hablando de las penas de una madre pobre, tonos dulcísimos e hilos de lágrimas.”

Sobre las palabras finales de los cuatro Mártires de Chicago que finalmente murieron en la horca (uno se suicidó, dos fueron perdonados y uno fue condenado a prisión), Martí destaca las de Fischer, que dice cuando le preguntan por qué está tan tranquilo: “creo que mi muerte ayudará a la causa con que me desposé desde que comencé mi vida, y amo yo más que a mi vida misma, la causa del trabajador, ¡y porque mi sentencia es parcial, ilegal e injusta!”. Como así también las de Engel, que responde ante la pregunta de por qué no tiembla: “¿Temblar porque me han vencido aquellos a quienes hubiera querido yo vencer ? Este mundo no me parece justo; y yo he batallado, y batallo ahora con morir, para crear un mundo justo. ¿Qué me importa que mi muerte sea un asesinato judicial? ¿Cabe en un hombre que ha abrazado una causa tan gloriosa como la nuestra desear vivir cuando puede morir por ella?”. Para finalizar con la promesa de futuro de Spies: “La voz que vais a sofocar será más poderosa en lo futuro, que cuantas palabras pudiera yo decir ahora”.

Así, con plena confianza en un porvenir de lucha, es necesario homenajear a los Mártires, a Martí con ellos, a todos quienes detentan este “violento oficio de escribir”, como decía Rodolfo Walsh, a otros mártires y a la clase trabajadora en su conjunto, recordando parte de un discurso con el cual -según cuenta la crónica- más de veinticinco mil almas despidieron en el cementerio a sus muertos hace más de 130 años:

¡Estos no son felones abominables, sedientos de desorden, sangre y violencia, sino hombres que quisieron la paz, y corazones llenos de ternura, amados por cuantos los conocieron y vieron de cerca el poder y la gloria de sus vidas: su anarquía era el reinado del orden sin la fuerza: su sueño, un mundo nuevo sin miseria y sin esclavitud: su dolor, el de creer que el egoísmo no cederá nunca por la paz a la justicia.

Para descargar la crónica de Martí sobre los Mártires de Chicago publicada en La Nación el 1 de enero de 1888, ver acá.







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