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TESTIMONIO

“Mientras me quede voz, no han de callar mis muertos”: Buscando la memoria histórica

Mi nombre es Alfonso Magaña Andaluz, soy estudiante del grado en Historia en la Universidad de Zaragoza y voy tras la pista de mi bisabuelo, asesinado por los falangistas.

Jueves 20 de octubre de 2016 | 17:34

Foto: Concha y Dolores Rodríguez Maldondo

2016 no es un año cualquiera para mí. Se cumplen 80 años del inicio de la guerra civil española. Mi abuela nos ha contado muchas veces su infancia en Andalucía. Nació en Morón de la Frontera, un 19 de junio de 1935. Hija de Manuel Rodríguez Raya y Dolores Maldonado Martín. Tuvo cinco hermanos. Sus nombres eran Antonio, Paca, Juana, Mari y Manuel.

Cuando mi abuela tenía tan apenas un año de edad, la guerra estalló. Un día de aquel verano del 36, mientras Manuel sostenía a su hija en Morón de la frontera, dos falangistas se lo llevaron. Nunca se supo nada más de él.

Lo único que quedaba era esa historia y un pequeño párrafo sobre mi bisabuelo en un libro de represaliados en Morón de la Frontera entre 1936 y 1953. Su fecha y lugar de nacimiento. Manuel Rodríguez Raya nació en 1885, en Bayárcal, pueblo de la Alpujarra almeriense.

Siendo esta toda la documentación, en Julio de 2016 emprendimos una investigación y un viaje a Andalucía.

Tras varias escalas, llegamos a Bayárcal, donde conseguimos encontrar en el ayuntamiento la partida de nacimiento de mi bisabuelo, tras una larga búsqueda. La gente que estaba en la plaza del pueblo se emocionaba al unísono con nuestro descubrimiento.

Seguimos mirando partidas de nacimiento en busca de hermanos o hermanas. Recuerdo el momento en el que mi padre, señalando con el dedo en el papel, dice; ¡Mira, Rodríguez Raya! Eran momentos de emoción, entusiasmo e incertidumbre. Conseguimos descifrar el nombre: el hermano de mi bisabuelo parecía llamarse Hipólito. Hipólito Rodríguez Raya. Era el tío de mi abuela, del cual no sabíamos su existencia.

En su partida de nacimiento había varios datos, entre ellos la fecha y lugar de su fallecimiento. Falleció en un pueblo denominado Valor, a 45 minutos de Bayárcal.
Una vez en Valor, en el último bar abierto del pueblo, un tipo sabía de la existencia de una hija de Hipólito, de nombre Concha. Cuando nos dio su teléfono, no dábamos crédito a lo que estábamos presenciando. Concha resultó ser una prima desconocida de mi abuela.

82 años después, dos primas se encontraron por primera vez. 82 años después, tres bisnietos habían encontrado la partida de nacimiento de su bisabuelo.

Dos meses después, en septiembre, eran las fiestas de Valor. Volvimos para celebrar un homenaje a mi bisabuelo y a su hermano, así como a sus respectivas hijas, que a su vez eran primas. Finalmente esto se tradujo en un encuentro entre mi abuela, Dolores, y su prima Concha.

Cabe destacar que la investigación no sólo se focaliza aquí ya que he entrado en contacto con una asociación de memoria histórica de un pueblo a poca distancia de Morón de la Frontera, la localidad sevillana de La Puebla de Cazalla. Me han dicho que hay gran parte de las fosas exhumadas y que hay mucha gente asesinada de Morón de la Frontera. Es una excepción en el mapa de fosas sin exhumar de todo el Estado. Aún quedan más de 110.000 desaparecidos por la represión franquista sin identificar. Falta por hacer la prueba de ADN e iniciar una búsqueda de posibles nietos y bisnietos, hijos y nietos de Manuel Rodríguez Raya.

80 años han pasado, 80 años del inicio de un régimen que ha provocado estragos y dificultades para muchos de nosotros. Con este relato quiero demostrar que la voluntad y la lucha siempre podrán contra la opresión, contra el Franquismo y su legado.

La lucha sigue, pese a los impedimentos por parte de las instituciones. Os dejo con un poema de Marisa Peña, que dedico a mi bisabuelo y a toda la gente que ha hecho posible esto. No hay olvido.

Mientras me quede voz
hablaré de los muertos
tan quietos, tan callados,
tan molestos.
Mientras me quede voz
hablaré de sus sueños,
de todas las traiciones,
de todos los silencios,
de los huesos sin nombre
esperando el regreso,
de su entrega absoluta
de su dolor de invierno.
Mientras me quede voz
no han de callar mis muertos







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