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México: Glamour y sangre

El 15 de noviembre, Angélica Trinidad Romero Severiano, de 24 años y madre soltera, se dirigió a su trabajo en el área de limpieza como todos los días, a la tienda Liverpool ubicada en plaza Perisur, al sur de la ciudad de México. Su turno terminaba a las 10:00 pm, pero nunca regresó a casa.

Rosario Cuevas

@RosarioCuevasID

Miércoles 17 de diciembre de 2014 | Edición del día

Detrás del trabajo de maquila que desempeñan miles de trabajadoras en la elaboración de ropa de " marca " o llamada de " diseñador " se esconde la sobre explotación: jornadas de 10 o 12 hrs., precarización y salarios de miseria, en condiciones en su mayoría de hacinamiento e insalubres.

Muchas de estas trabajadoras comenzaron a laborar desde muy jóvenes, dejando tras de sí 25 o 30 años de su vida. Actualmente el trabajo de maquila sigue siendo una de las pocas alternativas que las mujeres jóvenes encuentran como modo de subsistencia.

Sólo los patrones se ven beneficiados con semejante explotación: las ganancias que les genera este trabajo esclavo del siglo 21 son exorbitantes; las prendas elaboradas son distribuidas a los grandes almacenes; detrás de los escaparates éstas lucen hermosas y muy atractivas.

Satisfacer a la clientela exige estar al día en cuestiones de moda; las empleadas de los almacenes también deben lucir atractivas y sonrientes, siempre dispuestas a cumplir las exigencias de los clientes.

La exclusividad es un sello de estos almacenes; el prestigio y buena reputación son indispensables; no importa si los clientes son déspotas o discriminatorios con los empleados, " el que paga manda".

Cada gran almacén tiene un ejército de trabajadoras y trabajadores: administrativos, vendedores de piso, seguridad privada, almacén, carga y descarga, limpieza, etc. Cuando acudimos a los centros comerciales no pensamos o imaginamos que detrás de ese lujo se esconden terribles condiciones laborales para cientos de empleados, pero menos aún que se desarrollen hechos tan brutales como el asesinato de un trabajador.

El caso de Angélica Trinidad

El 15 de noviembre, Angélica Trinidad Romero Severiano, de 24 años y madre soltera, se dirigió a su trabajo en el área de limpieza como todos los días, a la tienda Liverpool ubicada en plaza Perisur, al sur de la ciudad de México. Su turno terminaba a las 10 pm. pero nunca regresó a casa. Su cuerpo fue encontrado alrededor de las 7:00 am del día siguiente, los familiares fueron notificados dos horas y media después del hallazgo.

En una investigación llevada a cabo por el periodista José Antonio Aranda, un familiar de la víctima le narró como en todo momento la empresa manipuló la escena del crimen e intentó ocultar por todos los medios el feminicidio de la joven madre.

No acordonaron el baño que fue donde encontraron el cuerpo, ni llamaron al ministerio público, quien debía ser el encargado de comenzar la investigación. Un médico privado contratado por la empresa dictaminó el hecho como "muerte natural".
El cuerpo de Angélica fue trasladado a una funeraria sin autorización de su familia. Ahí maquillaron a la chica para cubrir los múltiples golpes que presentaba en el rostro y señales de un posible estrangulamiento, causa real de la muerte.

El ministerio público de la agencia investigadora COY- 1, además de no brindar el apoyo a los padres de la víctima los amenazó y se comportó de manera prepotente, sin que hasta el momento el asesinato de Angélica encuentre justicia.

Las autoridades siempre cómplices

La escalada de violencia en contra de las mujeres que se viene desarrollando a lo largo y ancho del país, en su más brutal manifestación expresada en el feminicidio, no puede ni debe pasar desapercibida. Al día se cometen 6 feminicidios y cientos de niñas y mujeres son desaparecidas.

No se puede entender la brutalidad y violencia que se ejerce sobre las mujeres sin las bases estructurales que la propician y fomentan. Recientemente el caso de Yakiri Rubio, sobreviviente de un intento de feminicidio, es ejemplo de cómo funciona el sistema de " justicia " para las mujeres de este país.

Yakiri pasó de ser víctima a victimaria, en un claro ejemplo de violencia de género e institucional. Cuando la joven chica se defendió de su agresor, éste murió, y las autoridades que debieron protegerla la criminalizaron y encarcelaron, pasando por alto la violación y heridas que presentaba por defenderse. El otro agresor está libre impunemente.

Cientos nos movilizamos para exigir su libertad, gracias a lo cual logramos arrancársela al sistema machista y misógino. Aun así sigue un proceso en libertad con el ridículo delito de "exceso de legítima defensa".







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