Sociedad

CRISIS SANITARIA Y AMBIENTAL

Menos distopía, más utopía: el Covid-19, el agronegocio y la crisis ecológica global

Según el sociólogo Mike Davis, “la globalización capitalista ahora parece ser biológicamente insostenible”. Para el biólogo Rob Wallace, “debemos sanar las grietas metabólicas que separan nuestras ecologías de nuestras economías”. Es decir, tenemos todo un mundo por ganar.

Roberto Andrés

Periodista | Editor de la sección Ecología y medioambiente | [email protected]

Martes 28 de abril | 11:41

Retomemos este aspecto de la crisis del Covid-19 sobre su vínculo con el agronegocio y la pérdida de biodiversidad para contextualizar la pandemia en la crisis ecológica global. Hay dos autores marxistas con planteamientos que vienen muy bien al caso. Uno es el sociólogo Mike Davis, autor de El monstruo en nuestra puerta: la amenaza global de la gripe aviar, y el otro es el biólogo evolutivo Rob Wallace, autor de Grandes granjas generan grandes pestes.

Ambos nos envían un mensaje durísimo. Davis, a propósito del Covid-19, dice que “la globalización capitalista ahora parece ser hasta biológicamente insostenible”. Wallace, por su parte, señala que “la producción altamente capitalizada de los alimentos depende de prácticas que ponen en peligro a toda la humanidad, en este caso, ayudando a desencadenar una nueva pandemia mortal”.

Wallace comenta cómo corporaciones que lideran la vanguardia de la deforestación, corporaciones tales como Colgate o Johnson & Johnson, ya habían financiado una serie de investigaciones para mapear en qué lugares era posible el surgimiento de nuevos patógenos. Cuenta cómo Estados Unidos y Europa han servido como “zonas cero” para el surgimiento de nuevas influenzas (tales como las gripe aviar H5N2), cómo sus multinacionales y representantes impulsaron el surgimiento del ébola en África Occidental y del zika en Brasil, y cómo los funcionarios de la salud pública de Estados Unidos encubrieron y protegieron al agronegocio durante los brotes de la gripe porcina H1N1 y de la gripe aviar H5N2.

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¿Cómo se explica esto? Según Wallace, la agricultura comercial, solo por su expansión global, sirve como impulso y nexo para patógenos de diversos orígenes, que migran desde los depósitos más remotos del mundo hasta los principales conglomerados urbanos. Mientras más largas sean las cadenas de suministro y mayor sea el grado de deforestación asociada, más diversos y exóticos serán los patógenos que ingresan a la cadena alimentaria. Es el caso de la gripe porcina africana, la fiebre aftosa, la hepatitis E, la Listeria, la Salmonella, y toda una variedad de nuevas gripes, incluyendo la gripe aviar de 2009 y la H9N.

Es decir, el mismo sistema social y económico que nos condujo a la crisis climática, con deforestación salvaje y explotación irracional de los hidrocarburos, ha generado esta pandemia. La crisis del Covid-19 en este sentido se inscribe en lo que podemos señalar sin problemas como una crisis ecológica global.

¿De qué hablamos cuando hablamos de crisis ecológica global?

Esta semana tuvimos dos aniversarios fundamentales para entender hacia dónde vamos con lo que se denomina una crisis ecológica global. El miércoles 22 recién pasado se conmemoraron los 50 años del Dia de la Tierra, un ícono de las movilizaciones estudiantiles y populares de la primera ola ecologista contemporánea. La otra conmemoración fue el domingo 26. Un lamentable nuevo aniversario de la espantosa catástrofe nuclear de Chernobyl de 1986.

Es justamente en la década de los 80 cuando la comunidad científica comienza a inquietarse y se pregunta qué tan profundo es el impacto de nuestras sociedades sobre el comportamiento del planeta. Recordemos que fue en 1985 cuando científicos británicos descubrieron el agujero en la capa de ozono, y en 1981 cuando el climatólogo de la NASA, James Hansen, proyecta la aparición de zonas inhabitables en el siglo XXI, a propósito del calentamiento global causado por la concentración de dióxido de carbono atmosférico.

Todas estas discusiones tuvieron lugar en los encuentros del Consejo Internacional de Ciencia (ICSU) de 1983 y 1985, la principal unión científica del mundo, que agrupa a organizaciones tales como la Unión Internacional de Física, a la Unión Internacional de Química e incluso a sociedades científicas nacionales como el Conicet de Argentina.

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Resuelven impulsar el más grande y complejo programa de cooperación científica internacional, el Programa Internacional Biosfera Geosfera. ¿Cuál es su objetivo? “Describir y comprender los procesos interactivos (físicos, químicos y biológicos) que regulan todo el sistema planetario, el ambiente único que proporciona para la vida, los cambios que están ocurriendo en este sistema y la forma en que estos cambios están influenciados por las actividades humanas”.

Este programa de investigación terminó en 2015, luego de 30 años de trabajo. Sin embargo, su página web www.igbp.net permanecerá accesible hasta 2026.

El IGBP contó con la destacada participación del químico atmosférico holandés Paul Crutzen, quien en 1995 recibió el premio nobel tras descubrir el rol de ciertos químicos en la destrucción de la capa de ozono. Durante la ceremonia de premiación, Crutzen declaró que su investigación lo había convencido de que el balance de fuerzas en la Tierra había cambiado dramáticamente, y que “ahora, las actividades humanas habían crecido tanto que podían competir e interferir con los procesos naturales”.

¿Cuáles son las principales conclusiones de este programa internacional de investigación? Según estos científicos, la Gran Aceleración, el gran salto que dio la economía internacional luego de la Segunda Guerra Mundial, interrumpió un complejo ciclo natural que tardó millones de años en estabilizarse y evolucionar. El planeta está abandonando su época geológica natural, el estado interglacial llamado Holoceno, el único que sabemos con certeza puede sostener a las sociedades humanas complejas, para dirigirse hacia territorio desconocido, territorio bautizado provisoriamente como Antropoceno. Se trata de un estado biológicamente menos diverso, menos boscoso, mucho más cálido y probablemente también más húmedo y tormentoso.

Los científicos del Antropoceno han identificado nueve fronteras planetarias que no deberíamos cruzar si queremos seguir viviendo en un mundo estable. Las más importantes son las referidas al cambio climático y a la pérdida de biodiversidad, definidas como fronteras centrales. En el caso del sistema climático este manifiesta la distribución y el equilibrio energético en la superficie terrestre. En el caso de la biosfera, esta regula los flujos materiales y energéticos en el sistema planetario. De esto depende la resiliencia de nuestro sistema de soporte vital planetario, es decir, su capacidad para reponerse frente a los cambios abruptos y graduales.

Lamentablemente, el capitalismo ha arrastrado a la humanidad en su cruzada contra el planeta, y la está llevando más allá de estas fronteras planetarias, hacia territorio desconocido, y la crisis del Covid-19 es una muestra de ese nuevo mundo. No se trata de una suposición ni una exageración, sino de la conclusión central de uno de los proyectos científicos más grandes jamás emprendidos, lo que requiere que pensemos en nuestro planeta de una manera completamente nueva.

De esto hablamos cuando hablamos de crisis ecológica global.

Entonces, para volver con nuestro amigo Rob Wallace, es necesario rescatar un concepto que utiliza a propósito de la crisis del Covid-19. Wallace dice: “Debemos sanar las grietas metabólicas que separan nuestras ecologías de nuestras economías”, y que en ese sentido “tenemos todo un mundo por ganar”.

¿Qué es el concepto de grieta metabólica en Marx y cómo nos sirve hoy para pensar una salida anticapitalista a la crisis?

Marx define que el trabajo, antes que nada, es un proceso mediante el cual la humanidad puede regular su metabolismo con la naturaleza. Es decir, el intercambio de recursos materiales y energéticos entre la humanidad y el resto de la naturaleza.

Sin embargo, examinando los efectos de la Revolución industrial sobre la agricultura capitalista británica durante la primera mitad del siglo XIX, Marx observó (a través de los estudios de los fisiólogos alemanes, como el químico agrícola Justus von Liebig), que el capitalismo provocó una ruptura irreparable en el metabolismo entre la sociedad y la naturaleza.

La ciudad industrial capitalista despoja al campo no solo de su población rural (para llevarla a vivir hacinada a la ciudad como obreros y mendigos), sino que también despoja a la tierra de sus nutrientes, impidiendo que se sostenga la fertilidad del suelo, y derramando todos sus desechos a los ríos, como el Támesis, con lo cual proliferaban las enfermedades en los barrios.

En consecuencia, era necesario restablecer este metabolismo con la tierra para no solo sostener la fertilidad del suelo y garantizar alimento para todos, sino que también para terminar con las enfermedades provocadas por la contaminación industrial. Es aquí cuando Marx plantea la necesidad de construir una sociedad de productores libres en donde estos puedan regular racionalmente su metabolismo con la naturaleza, para así vivir en armonía con ella.

Hoy nos encontramos con ese desafío. Mientras Marx experimentó la fractura metabólica a través de un fenómeno regional, hoy experimentamos la fractura metabólica como un fenómeno global, la de la crisis ecológica global. Por esto tiene importancia lo que señala Rob Wallace, a propósito de la crisis del Covid-19. Debemos sanar las grietas metabólicas que separan nuestras ecologías de nuestras economías.

En ese sentido tiene vital importancia reconocer que son los trabajadores los que pueden recomponer y regular ese metabolismo, porque es justamente a través del trabajo que nos conectamos con la tierra.

Para terminar con el agronegocio debemos terminar con la concentración de la propiedad privada de la tierra, impulsar una reforma agraria, expropiar la propiedad terrateniente y nacionalizar la banca. ¿Para qué nacionalizar la banca? Para financiar la reconversión tecnológica del modelo agropecuario argentino, otorgándole créditos blandos a los pequeños productores familiares para su reconversión e impulsando grandes granjas estatales agroecológicas manejadas por sus propios trabajadores, además de destinar un mayor financiamiento a los científicos del Conicet para la investigación en métodos agroecológicos y alternativos al agronegocio.

Evidentemente, la salida incluye una combinación de medidas, a las que podemos sumar la expropiación con fines conservacionistas, la transición energética hacia una matriz sustentable y diversificada, recuperando las empresas de energía bajo control de trabajadores y usuarios, para que la energía sea un derecho humano y no un negocio; y también la reconversión tecnológica de la industria metalmecánica para reconstruir los ferrocarriles y garantizar un transporte público seguro y de calidad para todos y todas, superando las deficiencias económicas y ambientales del transporte privado.

En definitiva, necesitamos grandes acciones de masas para darlo vuelta todo. Que frente al escenario distópico al que nos condena el capitalismo con sus crisis, respondamos con la utopía. Menos distopía, más utopía. No porque sea probablemente imposible, sino porque es absolutamente necesario.

• Este artículo está basado en la intervención del autor en la charla Pandemia, crisis ecológica y capitalismo: la necesidad de una salida anticapitalista, organizada por la agrupación En Clave Roja de las facultades de Agronomía y Veterinaria de la Universidad de Buenos Aires, el sábado 25 de abril.







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