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Medio siglo de Volumen 1 de Pappo’s Blues: el origen de (casi) todo

El primero de los discos solistas de Pappo es, a la vez, el más legendario: a los 20 años de edad instaló nuevos modos en el rock argentino con un trío memorable y canciones para siempre.

Juan Ignacio Provéndola

@juaniprovendola

Viernes 12 de febrero | 16:00

Pappo en 1971, año del lanzamiento de Volumen 1.

Antes de los Charlys y los Spinettas, los Fitos y los Giecos, y mucho antes de los Ceratis y los Solaris, antes de todos ellos… estuvo Pappo. A principios de los ’70, los experimentos solistas llevaban un apellido “de casado”: Billy Bond y La Pesada fue un matrimonio mixto conocido por los tres discos con el Bondo en la voz, aunque también hubo uno con Alejandro Medina y otro con Kubero Díaz, además de el del violinista Jorge Pinchevsky.

Bajo la etiqueta de Pappo’s Blues, el Carpo llevó adelante una carrera solista durante prácticamente toda esa década con siete discos (sus ya célebres volúmenes), cada cual con una formación distinta y nuevos experimentos, pero siempre bajo su liderazgo creativo y compositivo como denominador común. Desde el iniciático Volumen 1 de 1970 hasta el séptimo, en 1978, con él ya en Inglaterra y publicado contra su voluntad en base a antiguas canciones regrabadas.

Pappo’s Blues apareció cuando se separaba Manal (legando casi exclusivamente esa impronta) y convivió con una década en la que hubo una intensa brisa folk (el evento Acusticazo y las primeras versiones del BA Rock lo subrayan), Sui Generis alcanzó niveles inéditos de ventas y convocatoria para "la escena”, León Gieco encontraba su lugar en un sonido bobdylanesco y Spinetta migraba del rock de Pescado Rabioso a la experiencia de Invisible (con Artaud como polea de transición).

Ya de vuelta en Argentina, Pappo maceró su experiencia europea con la de Michel Peyronel y surge una propuesta novedosa para la música y el sonido del rock argentino: Riff. Ese rock duro de cueros, pelo corto y boca ceñida le dio al Carpo otra exposición y visibilidad dentro del circo-circuito del rock argentino. Ya eran los ’80 y era posible pensar en una banda como comercial: la música empezaba a pasarse en algunos medios masivos, los sellos grababan discos sin tanta vuelta, aparecían shows porque proliferaban lugares y -lo más importante- la curva de gente dispuesta a pagar por todo eso estaba en incesante crecimiento.

Riff pudo aprovechar ese contexto postMalvinas, pero no del todo: con tres discos de estudio y uno en vivo, el grupo se separó en la primera semana de la vuelta de la democracia a causa de los disturbios que se concitaban en sus shows. Pappo lo rearmó poco después con Vitico en una experiencia breve pero de culto: Riff VII junto a JAF en guitarra y voz de apoyo y Oscar Moro en batería. Desde los ’90 en adelante, el Carpo se meció entre épocas de discos y shows solistas con distintos regresos del Riff original.

Al principio fue el Blues

Pero volvamos al inicio: el Carpo antes que Charly y Spinetta, antes que Gieco y Fito, antes que Cerati y Solari. No por competencia estadística, si no por la impronta y el legado, Pappo’s Blues fue el primer proyecto solista continuo y perdurable del rock argentino. Incluso a pesar de que (tal como recordó el productor Chuchu Fasanelli en la entrevista con La Izquierda Diario por su sello Radio Trípoli), el primer éxito comercial de Carpo fue recién en 1992 y con una canción que ni siquiera era suya: el hit “Mi vieja” del disco Blues local.

Sin embargo, dos décadas antes de esa canción propulsada por Tato Bores (y pensada por su hijo Sebastián), Norberto Napolitano ya había escrito auténticos himnos del rock criollo a la luz de Pappo’s Blues como “Sucio y desprolijo”, o el mismo “Desconfío”, standard que versionaron desde Celeste Carballo hasta Daniela Herrero.

Tan solo el Volumen 1 tiene “El hombre suburbano”, “El viejo” y “Adonde está la libertad”, un verdadero manifiesto de época en los primeros meses de 1971, mientras Agustín Lanusse se aprestaba a tomar el mando de Marcelo Levingston en un auténtico auto-golpe del golpe que la línea del teniente Juan Carlos Onganía le había asestado a Arturo Illia en 1966.

La formación de Volumen 1 es como esas delanteras que se recuerdan de memoria: Napolitano, Lebón y Amaya. David en versión bajista (algo que solo haría en ese disco y en Pescado 2, dos años después), Black camino a ser una leyenda de la batería y Pappo lanzado a su propia rienda de blues y valvulares tras intentarlo en Los Gatos y Los Abuelos de la Nada.

En lo sucesivo, Pappo’s Blues contaría con los talentos de Machi Rufino y Pomo Lorenzo (ambos en el Volumen 3), Alejandro Medina (en el 4), el luthier Fanta Beaudoux (en el 5, también conocido como Triángulo, y en el 6) e, incluso, eventuales participaciones golondrinas del Ruso Lebón y el Negro Black. Pero jamás volvió a repetirse ese trío en un disco completo, de punta a punta, tal como ocurrió en el fundacional Volumen 1. Aquel que exhibió al primer gran Pappo, mostrándole al rock argentino (entonces urbano y meramente porteño, hasta que avanzada la década La Plata empezó a orbitar como satélite) algo que por entonces no se había visto ni oído.

Entre Gatos y Abuelos

Aunque lo ubican en el barrio de Villa Mitre, Pappo solía decir que había nacido en Santa Fe. Que su crianza fue entre campos y calles de tierra. También decía que le gustaba la música clásica y, por eso, aprendió piano antes que guitarra. El rock se precipitó en un entorno auténticamente metalúrgico: mientras su papá y su tío hacían calderas en los talleres Napolitano Hermanos, llegaba a manos de Pappo su primera viola eléctrica. Tenía quince años y en los cinco siguientes adquiriría una caudalosa experiencia.

Trabajó como músico sesionista en La Cueva, pasó fugazmente por la primera formación de Los Abuelos de la Nada (y la lideró cuando impuso su sonido blues sobre la psicodelia de Miguel Abuelo y este decidió abandonar la banda que llevaba su propio nombre), y en el verano de 1969 fue pianista de Manal, instrumento con el que grabaría su primera canción solista: “Nunca lo sabrán”, incluida en Pidamos peras a Mandioca, compilado con el que también se estrenó el homónimo sello.

Luego llegarían Conexión Nº 5 y Los Gatos, en donde grabó los dos últimos discos (y dejó su yerra, sobre todo en los yeites y el solo de "Rock de la mujer perdida”). A los 19 años ya exhibía búsqueda y personalidad. El rock argentino (una escena intrépida, pero en formación, que todavía no se autopercibía como tal) había mostrado buenos discos, grupos interesantes y canciones valorables, pero no aún un guitar hero capaz -encima- de componer, escribir… y cantar. “Me acuerdo del día que Barry, dueño del sello Trend, de Londres, y productor de The Foundations y muchos otros conjuntos de éxito, escuchó a Pappo y dijo: Luego de Eric Clapton y Jimi Hendrix, no escuché un guitarrista que me impactara tanto”, recordó Jorge Álvarez, dueño de Mandioca y quien más insistió para que el Carpo abandonara ropajes grupales y se lanzara a una carrera solista.

“Quería que se zambullera en su propio delirio”, afirmaba Álvarez. Lebón venía de Estados Unidos. Ya se perfilaba como guitarrista, aunque de todos modos aceptó tocar el bajo. Lo había visto con Manal y eso fue suficiente para confiar en sus habilidades.

Que sean tres

Black Amaya dice que, un día de 1969, Héctor Starc (a quien acababa de conocer luego de que el guitarrista publicara un aviso en un diario buscando baterista) lo llevó a una casa en la calle Artigas. Tocaron la puerta y del otro lado abrió un tipo completamente despeinado, en pijama y pantuflas. “Hola, soy Pappo, pasen”, les dijo. A pesar de ese outfit, el Carpo no estaba durmiendo, sino ensayando con Los Abuelos de la Nada.

La amalgama entre ambos terminó de consolidarse en el verano siguiente, cuando coincidieron en Mar del Plata con sus proyectos: Black en la Yerba Mate Blues Band y Pappo ya en Los Gatos. De vuelta a Buenos Aires, la casa del Carpo en La Paternal se convirtió en el depósito de los instrumentos de la banda liderada por Litto Nebbia y, cuando estos no estaban, de zapadas en las que podían participar al bajo Vitico, el mismo Spinetta o Rinaldo Raffanelli. Curiosamente, el que terminó de cerrar el triángulo fue un pibe que estaba planeando mudarse a Estados Unidos: un flaquito de pelo largo al que le decían Davies. Su documento, en cambio, revelaba que se llamaba Óscar David Lebón.

Napolitano pensó dos nombres para el trío: Los Rancheros y Especies. El primero fue descartado, mientras el segundo se transformó en el título de una particular canción del Volumen 1 con una cadencia en la línea más stoner de Black Sabbath. El que encontró la denominación final fue Jorge Álvarez, quien aseguraba insistirle para que “abandonara toda otra cosa que no fuera su música y se zambullera en su propio delirio”.

“La exuberancia, la fabulosa capacidad para la improvisación de Pappo y su guitarra, una base rítmica fuerte y rica fueron haciendo de ellos un trío que maravillaba a cuantos asistían -técnicos incluidos- a esa increíble serie de sesiones”, agregó el fallecido productor. Las ocho canciones fueron grabadas en cuatro noches, un tiempo récord, inusual, y encima en Phonal, un estudio que no acostumbraba a grabar rock sino sonidos para películas. Como si esto fuera poco, además Pappo caía con las canciones por la mitad: un riff, algún leitmotiv y no todas las estrofas. Todo se terminaba ahí dentro. Entre la adrenalina y la experimentación salió uno de los discos más increíbles que haya dado en ya no el rock, sino la música argentina en toda su historia.

Canciones para siempre

Riffs. Densidad. Maquinaria perfecta. Si Vox Dei y Manal cimentaron las bases del formato trío en el rock argentino, Volumen 1 amplió la construcción con nuevos ambientes. Ya nada sería igual desde esa nueva manera de sonar: para Divididos o el formato carnal de La Renga (Chizzo-Tete-Taque), Pappo’s Blues es una biblioteca a la cual recurrir, y ese disco en especial su clásico angular. Si hasta hay un link inevitable entre “Voy a enloquecer”, cuya versión original fue retocada en V8 y Ricardo Iorio la regrabó en Almafuerte tal como la había compuesto, y “Algo ha cambiado”, en la que Pappo inicia advirtiendo: “Por favor, déjenme / o voy a enloquecer”.

Volumen 1 abre con ese furibundo blues&rock psicodélico, quizás el gen que le había quedado de su paso por Los Abuelos de la Nada pero tamizado por el filtro pappero: un wah wah salvaje, Hendrix mirando de reojo. En los últimos años (ya sea como solista, ya sea como con Riff), Pappo tenía a la Gibson Les Paul con guitarra referencia. Pero en aquella época iniciática el Carpo estaba en pleno viaje incendiario con Fender: una Strato blanca fue el hacha con la que se abrió camino a lo largo de ocho canciones.

Luego aparece “El viejo”, un boogie con slide que le mete rebaje a la intensidad inicial (y que Los Piojos recuperaron en los ’90 como puente intergeneracional). La vibración y el ritmo vuelven con “Blanco y amarillo” antes del groove lebonesco de “Hansen” y el instrumental “Adiós Willy”, donde Pappo va al piano para después despacharse con el gran clásico del disco: “El hombre suburbano”. No fue casual que Viejas Locas la haya reversionado desde su Lugano natal: la métrica y rítmica rockera es tan solo la excusa para arropar una letra es puro descargo existencial de un tipo que habita Buenos Aires no desde el etnocentrismo de la calle Corrientes, sino en Paternal, barrio que no transpira precisamente moscato, pizza y fainá, sino el aceite de los talleres mecánicos.

Cierran el opus los ya mencionados “Especies” y “Adonde está la libertad”, el blues hecho protesta con una letra ametrallada por la violencia represiva de esa época: “Nunca la hemos pasado tan mal”, “es imposible aguantar” y “escapar de toda esta locura intelectual” se suceden como si fueran proclamas estampadas en banderas de una década presagiada áspera.

Cuando todo estaba por descubrirse en el rock argento, Pappo desparrama fuego, riesgo y audacia. Algo nuevo dentro de lo nuevo, que no era muy popular pero iba generando adeptos e interesados. El disco se graba entre diciembre de 1970 y enero de 1971, y sale a la venta en febrero. Luego el Carpo hace el primero de sus viajes a Londres. Acá el vinilo se vende. Entonces le llega un telegrama: “volvé, shows inminentes”. Antes de pisar Buenos Aires, los tres conciertos programados para el Teatro Metro ya habían agotado. El trio se vuelve a agrupar y Napolitano pone definitivamente en marcha su carrera solista. Lo que seguirá a eso es historia conocida.







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