Cultura

#PASTILLAS

Manual para mujeres de la limpieza (que también escriben)

Breve repaso por la vida de Lucia Berlin y su literatura.

Pablo Minini

@MininiPablo

Sábado 3 de agosto | 00:00

Lucia Brown nació el 12 de noviembre de 1936 en Alaska. Hija de un ingeniero de minas y una madre fría y alcohólica que la trató bastante mal.

De clase media yanqui, el padre peleó en la Guerra Mundial y al terminar él y la familia se mudaron a Chile. Automáticamente ascendieron a burguesía entre los "rotos" chilenos. De su infancia contó alguna vez: "siempre he tenido un don para quedar mal”. Protestante entre católicos, yanqui entre chilenos, burguesa entre obreros, eso fue su niñez y ella era plenamente consciente.

Volvió a EE. UU., se casó a los 17, tuvo dos hijos, su marido se largó, ella conoció a un pianista, se casó, empezó a escribir, se separó, se casó, tuvo dos hijos más; su tercer marido, Buddy Berlin, pasaba tiempo con la heroína mientras Lucia pasaba tiempo con el alcohol, se separaron en 1968. Ella, que conservó el apellido, quedó sola con cuatro hijos, sin casa, sin trabajo, con la botella… y sus cuentos.

Se comparó su escritura con la de Hemingway. Ambos escribían frases cortas, con muchos verbos, lo que hacía que la lectura se volviera vertiginosa, con poco tiempo para pensar y sin posibilidad de levantar la guardia: Lucia te da un knock out y tocás el suelo antes de darte cuenta. Cuando abrís los ojos, ella ya está en otra cosa. No da muchas pistas, sino que te muestra una foto y lo que se ve en ella. Tarea del lector es identificar el contexto.

Como Hemingway, viajó. Hemingway por el mundo, Berlin por todo su cuerpo. Como Hemingway bebió todo el alcohol que pudo. Pero en lo que él era un detalle pintoresco, en ella fue condena. Ernest andaba de farra y haciendo amigos; Lucia entró y salió de rehabilitaciones. A Ernest se lo admiraba; a Lucia la querían llevar a la cama, de paso.

Escribió. Trabajó de secretaria de un ginecólogo, de maestra, de enfermera, de mujer de limpieza. Sus cuentos se compilaron bajo el título Manual para las mujeres de limpieza, que es, de hecho, el título de uno de ellos.

Cita de ese cuento: "Mujeres de la limpieza: que las patronas sepan que trabajan a conciencia. El primer día dejen todos los muebles mal colocados, que sobresalgan o queden torcidos. Cambien el orden de los cepillos de dientes. Hacer mal las cosas no sólo demuestra que trabajan a conciencia, sino que además les permite ser estrictas y mandonas (…) Acepten todo lo que la señora les de y digan gracias. Luego lo pueden dejar en el colectivo, en el hueco del asiento."

Habló de lo que los escritores hombres de sus años no hablaban: del trabajo de las mujeres, de la segregación, del alcohol y las mujeres, de la muerte, del sexo y del deseo de las mujeres.

En sus cuentos reconstruye su vida. Le dijeron que en realidad no era literatura porque volcaba sus recuerdos. Aclaremos los tantos: Lucia tuvo una vida que vale la pena leer. Aun así lo que ella hizo fue un tanto más complejo: se detuvo a mirar la vida mientras limpiaba casas ajenas o curaba heridas o sobrellevaba la resaca. Y le dio su color particular, el color de Lucia.

Rehízo su historia personal a través de la literatura. Habló de clínicas de abortos, de su madre desastrosa, de un padre idiota, de familiares frívolos. Habló de las cosas que robaba de la casa de sus patronas maltratadoras. Habló del cuerpo musculoso y terso de los hombres que caían al hospital cuando estaba de guardia. Habló de adultos abusadores y de mujeres hermosas. Habló del llanto y del maltrato y de la amabilidad de los extraños.

Sus cuentos no cuentan una verdad: la transforman. Y le sale muy bien.

En 1994 un amigo la hizo entrar en una universidad como docente y escritora invitada. Sus últimos 10 años los vivió como quiso, fumando, escribiendo, rodeada de jóvenes.

Tenía escoliosis desde los 10 años. Con el tiempo se convirtió en una joroba. Con el tiempo se le perforó un pulmón. Con el tiempo tuvo cáncer. Murió el día de su cumpleaños, en 2004, a los 68 años.

Nos dejó pasajes hermosos y terribles que sólo pudo escribir una mujer que no estaba segura de si el mundo la acariciaba o la cacheteaba.







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