Política

ANÁLISIS POLÍTICO

Macri, Massa y la “nueva” agenda conservadora

Viaje a Davos, Ley de derribo y detención de Milagro Sala, tres componentes del escenario político. El derecho a la protesta social en debate. La resistencia al ajuste y el lugar de la izquierda.

Eduardo Castilla

@castillaeduardo

Viernes 22 de enero de 2016 | Edición del día

La semana que se cierra fue fructífera en hechos que ilustran nuevas tendencias en la situación política. Todas marcan un giro aún más notorio hacia la derecha en el terreno de la superestructura política, pero también se evidencia la creciente resistencia obrera a las consecuencias del ajuste.

En ese marco, la política burguesa parió una suerte de “acuerdo de trabajo” entre el macrismo y el agrupamiento que, por ahora, conduce Sergio Massa. Algo así como una extensión de Cambiemos, más allá de sus fronteras formales.

La racionalidad de ese acuerdo, hay que buscarla en la necesaria garantía de “gobernabilidad” que exige el gran capital para implementar su plan económico. A mediados del año pasado -en el Council de las Américas- Daniel Scioli había hecho gala de “poseer” ese atributo, dado su carácter de líder peronista. Pero el gobierno de Cambiemos -nacido de la alianza inestable de la UCR y el PRO, luego de un ajustado balotaje- debe ratificar a cada momento su capacidad para ejercer la gestión estatal.

Massa y sus fieles son, por estos días, uno de los baluartes que permite a Macri no ejercer el poder solo mediante el látigo, limitando un desgaste temprano. Hace poco más de una semana ya lo había demostrado la votación del presupuesto en la provincia de Buenos Aires. Allí –como pronto ocurrirá a nivel nacional- el nuevo oficialismo se vio obligado a bajar a la arena de la negociación permanente. Después de la aprobación y acorde a su arraigado catolicismo, “Maru” Vidal, más que agradecer a San Expedito, debe haber encendido velas a San Perón.

Consignemos que el acuerdo de Macri con Massa también busca aportar su grano de arena a la reorganización del peronismo en su conjunto. Un peronismo moderado y “responsable”, que se comprometa a rajatabla con el ajuste, vendría a ser el deseo de Macri,

Pero el calendario electoral impone un ritmo vertiginoso a la política argentina. El peronismo en la oposición ya empezó la cuenta regresiva hacia las legislativas de 2017. Esa será la vara para medir los niveles de “colaboración” posibles.

Davos y la “integración al mundo”

El “coalicionismo” con Massa se extendió más allá de las fronteras nacionales. El viaje conjunto a Davos en pos de “atraer inversiones” y la presencia en las reuniones con David Cameron y Joe Biden, mostraron la solidez temporaria de ese acuerdo, en pos de garantizarle rentabilidad al gran capital imperialista.

No sería ocioso recordar que Daniel Scioli también había sido mencionado como parte de esa comitiva. Que no haya subido al avión de Air France no objeta que compartía lo esencial del programa hacia el gran capital internacional.

Massa, antes de partir, afirmó que los “trapitos sucios se lavan en casa”, dando a entender de manera elíptica, que persisten ciertos desacuerdos políticos. Pero una vez en Suiza sonrió ante cada cámara que encontró y se ufanó de haber sido presentado en todas las reuniones como el “jefe de la oposición”. Un “cumplido” de Macri a la altura de sus necesidades políticas y del ego que-comentan- tiene el tigrense.

La visita al Foro Económico Mundial puso en la agenda un nuevo salto en la sumisión al capital imperialista. Sonrisas constantes y reuniones amables tienen ese trasfondo. Las promesas de inversiones se mezclaron con el aval de EEUU al endeudamiento argentino y las frases vacías que siempre parecen quedar bien.

Señalemos al pasar que no estamos asistiendo a la “entrega de la soberanía”, como pretende presentarlo cierto sector del kirchnerismo. Muy por el contrario, la llamada “década ganada” dejó el saldo de una alta subordinación a los dictados del capital extranjero. La “restricción externa”, renacida a partir de 2011 y traducida en escasez de dólares, está en la base de la política rastrera de Macri y Massa frente a los buitres que sonríen.

El “empoderamiento” de los represores

La Ley de derribo constituye la medida central de la nueva Emergencia de Seguridad. Cuestionada abiertamente por sectores del progresismo y de la izquierda, viene a ser una suerte de “premio consuelo” para el Frente Renovador y para Massa, que bregaron por una política de este tipo durante toda la campaña electoral.

Constituye, al mismo tiempo, una suerte de “empoderamiento” mayor para las fuerzas represivas. Que la misma Gendarmería implicada en múltiples casos de trata de personas y narcotráfico sea la encargada de velar para que esos delitos no ocurran, se parece mucho a la historia que otorgaba al lobo la potestad de cuidar a las ovejas.

Funge, claramente, como una confirmación del peso que la nueva coalición gubernamental le otorgará a las fuerzas represivas en la agenda política. Peso que está determinado además, de manera directa, por el rol que deberán cumplir a la hora de garantizar la aplicación del ajuste.

Sin embargo, como lo mostró la crisis de la Triple fuga, la descomposición que inunda las fuerzas represivas en todos los niveles, puede traer “sorpresas” en cualquier momento. Los mayores atributos que, con esta normativa, otorgan Macri y Massa, pueden desatar nuevas tormentas.

El macrismo y el control de las calles

La detención de Milagro Sala como parte de un avance en la criminalización de la protesta social constituye un salto en la política represiva del nuevo gobierno. No porque no hubiera habido ya manifestaciones reprimidas -Cresta Roja y La Plata están ahí para evidenciarlo- sino porque avanza en un sistema de chantaje y persecución de la mano de la casta judicial, utilizable en cualquier circunstancia, ante cualquier medida de lucha. De allí la reacción extendida que incluyó al kirchnerismo, a la izquierda e incluso a instituciones internacionales como la OEA.

El punto ciego del gobierno –y de las administraciones provinciales de su signo- sigue siendo el control de las calles y la protesta social. Jujuy y el encarcelamiento de Sala funcionan como laboratorio de las respuestas esperables ante el ascenso de las luchas de resistencia. Lo actuado por Gerardo Morales no debiera sorprender. Su matriz radical registra antecedentes gorilas desde hace más de un siglo. El breve gobierno de De la Rúa vuelve a la memoria en estos casos.

La detención de Sala y las acusaciones entrañan cierta paradoja. Cae sobre la dirigente de la Tupac el peso de una casta judicial que, a pesar de 12 años de Relato, sigue casi intacta. En el mismo combo habría que incluir el hecho de que este tipo de criminalización ya se ejerció durante el kirchnerismo. Así lo señaló el periodista Mario Wainfeld, afirmando ayer que “el dirigente ferroviario Rubén “Pollo” Sobrero fue arrestado años ha acusado de delitos tremebundos, no comprobados: hubo funcionarios que avalaron esa tropelía”. No olvidemos que uno de los “funcionarios” que más tropelías avaló fue Aníbal Fernández, nombre que el periodista de Página elige no mencionar.

El debate que se abrió en estas horas entre el PTS y el PO, partidos integrantes del Frente de Izquierda, se halla íntimamente ligado a esta cuestión esencial. La lucha contra la criminalización de la protesta social no puede quedar en el terreno de las “correctas” declaraciones, sino que es preciso ganar la calle junto a los sectores que comparten la pelea contra esa avanzada reaccionaria.

Los caminos de la resistencia

Las perspectivas de un acrecentamiento de la represión y la criminalización de la protesta social caminan paralelos al desarrollo de la resistencia obrera.

El crecimiento económico del período kirchnerista dejó, como parte de su “herencia”, una fuerte recomposición social de la clase trabajadora. Esa fortaleza es un obstáculo, como ya empieza a evidenciarse, para el avance de la política de ajuste del gobierno. A diversos niveles y con diversos grados de organización, sectores de la clase trabajadora, responden al ataque.

Desde La Izquierda Diario hemos venido dando cuenta, entre otras, de la dura pelea de los trabajadores del Grupo23 contra el vaciamiento impuesto por los empresarios Spolski y Garfunkel. Asimismo cronicamos la reunión de miles de trabajadores petroleros que, en el sur del país, resolvieron resistir los despidos en el sector.

Si en el terreno de la política, el massismo funciona hoy como una suerte de muleta del gobierno de Macri, en el terreno de lo “social”, el mejor aliado del macrismo es la burocracia sindical que, hasta el momento declamó mucho e hizo poco frente a la devaluación y los despidos.

En campaña Mauricio Macri había prometido a esta burocracia la ayuda para "frenar a los troscos”. Si los dirigentes sindicales consideraron realista la promesa no viene al caso. Pero es un hecho que el combo de despidos, inflación y techos salariales no parece una buena fórmula para ir hacia allí.

El período venidero anuncia mayor resistencia de la clase trabajadora y los sectores populares. El macrismo sufre el peso de su propia debilidad de origen. El ajuste que ya está aplicando impide que pueda “enamorar”, excepto a los sectores más reaccionarios de clase media que constituyen su base social hace ya tiempo. Pero estas franjas también “sienten” con el bolsillo, la “víscera más sensible” al decir de Perón. También allí Macri deberá mostrar éxitos en el plano de la economía.

La izquierda trotskista, que conquistó posiciones en sectores centrales de la clase trabajadora ya es parte de esta resistencia inicial en curso. El futuro cercano le dará, seguramente, más protagonismo.







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