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Los usos del populismo: antinomias de una estrategia reformista fallida

Claudia Cinatti

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Fotomontaje: Juan Atacho

Los usos del populismo: antinomias de una estrategia reformista fallida

Claudia Cinatti

Reflexiones a propósito, pero no solo, de la publicación de For a Left Populism de Chantal Mouffe.

El “momento populista”

La configuración del mapa político pos crisis de 2008 permitiría afirmar casi con grado de certeza que el “populismo” es el nuevo fenómeno maldito que vino para quedarse, al menos por un tiempo.

En un nivel descriptivo, el significante “populismo” le pone nombre a una realidad elocuente por sí misma: se hunden los partidos tradicionales socialdemócratas y conservadores, la hegemonía neoliberal está en crisis terminal y florecen variantes políticas a derecha e izquierda del “extremo centro” [1]. Hasta ahí todos podemos estar de acuerdo. Sin embargo, como ha comprobado la ciencia política, el significado de esta categoría bastarda es esquivo, y hay tantos “populismos” como movimientos, líderes y partidos hablan en nombre de la escisión de lo “popular” con las “elites”.

El triunfo del Brexit en Gran Bretaña y de Donald Trump en Estados Unidos, el gobierno de coalición de Italia entre la proto fascista Lega y el Movimento Cinque Stelles, el Frente Nacional de Marine Le Pen y La France Insoumise de Jean Luc Mélenchon en Francia, Syriza en Grecia, Podemos en el Estado español, Bernie Sanders, Jeremy Corbyn, y sigue la lista, muestran que el populismo ha dejado de ser un privilegio (o una maldición) de los países atrasados que llegaron históricamente tarde a las revoluciones burguesas, para instalarse en el corazón de las democracias capitalistas avanzadas como inscripción política de la polarización que dejó la Gran Recesión.

Esta suerte de “primavera populista”, que ya va por su segunda década si se incluyen como antecedente el ciclo prácticamente concluido de los “gobiernos posneoliberales” de América Latina, es objeto de una supernumeraria producción teórica y de acalorados debates políticos.

Los detractores liberales del populismo no plantean grandes novedades. Siguiendo la tradición de las elites ilustradas del siglo XX, ven en esta segunda ola del fenómeno populista (¿popular?) una expresión de irracionalidad cercana a la religión [2], y por lo tanto, una amenaza directa a las democracias (burguesas) constitucionales, los principios iluministas y la modernidad. Entre los más activos militantes del bando antipopulista está el historiador Loris Zanatta, no casualmente una de las plumas dilectas del diario La Nación.

Del otro lado de la grieta, los teóricos posmarxistas Ernesto Laclau (fallecido en 2014) y Chantal Mouffe han rescatado la categoría de populismo del lugar oscuro al que la había condenado el mainstream de la teoría política, convirtiéndose en los intelectuales orgánicos del llamado “populismo de izquierda”, un campo político difuso en el que entran desde los gobiernos kirchneristas y el chavismo hasta Podemos y Syriza. No sorprende entonces que Chantal Mouffe se haya transformado en la filósofa de cabecera J. L. Mélenchon y, emulando a Durán Barba, funja como estratega (electoral) de La France Insoumise, para que se consolide como un “populismo de izquierda” exitoso y le dispute la hegemonía al “populismo de derecha” del Frente Nacional de Marine Le Pen, birlándole de paso algunos de sus símbolos.

De la “razón” a la “estrategia” populista

Retomando las elaboraciones de La razón populista, el último trabajo teórico sistemático de E. Laclau, Chantal Mouffe acaba de publicar For a Left Populism [3], un escrito breve más cercano al género literario del panfleto que al paper académico.

Que no sea un libro académico no quiere decir que no tenga teoría, aunque no está allí la novedad, o el centro de la discusión. La muestra gráfica es que ocupa solo las páginas finales de un apéndice.

La intencionalidad manifiesta de este libro-programa es intervenir en la coyuntura (pos)política de Europa occidental abierta con la crisis de 2008. Según Mouffe, el futuro es populista. Queda definir si será hegemonizado por la derecha, y por lo tanto dará lugar a un régimen autoritario, o si será hegemonizado por su variante de izquierda, abriendo la perspectiva de “recuperar y radicalizar la democracia”. El “populismo de izquierda” es el nombre que le da Mouffe a una estrategia político-discursiva que con otros términos, recrea la ilusión reformista de operar un cambio del modelo hegemónico neoliberal en crisis por otra formación hegemónica “democrática radical” dentro de la institucionalidad existente del estado burgués y las relaciones sociales en las que se basa.

Mouffe hace una síntesis breve pero precisa de la evolución del sistema de categorías elaboradas por ella y Laclau, desde su formulación posmarxista de Hegemonía y Estrategia Socialista (1985) hasta el “populismo de izquierda” y el consecuente abandono de toda referencia al marxismo y al socialismo, aunque más no sea en clave “reformista radical”.

Sin pretender sustituir la lectura de la extensa obra de Laclau-Mouffe, acá será suficiente con articular algunas de las palabras clave y traducirlas de la “jerga” de la lingüística, el postestructuralismo y el psicoanálisis, al lenguaje de la política y la estrategia.

Según Mouffe, el consenso neoliberalismo entre los partidos del “extremo centro” (pospolítica) creó una situación “posdemocrática” [4] que se define como una crisis de la democracia liberal en la que no hay proyecto alternativo al régimen oligárquico neoliberal, lo que equivale a decir en sus términos que se ha liquidado el carácter “agonístico” del régimen democrático liberal que supone el conflicto entre adversarios dentro de los marcos institucionales existentes.

En términos más teóricos, Mouffe sostiene que en los regímenes democráticos hay una tensión entre dos tradiciones: la “tradición liberal”, que es el imperio de la ley, separación de poderes, libertad individual; y la “tradición democrática que tiene como pilares la igualdad y la soberanía popular" [5]. A riesgo de simplificar, con el neoliberalismo la “democracia” existe pero reducida a su expresión “liberal”, es decir, a las elecciones, mientras que fue subsumido el componente de soberanía popular.

Esta crisis dio lugar al “momento populista” que estaríamos viviendo, que excede obviamente la dimensión temporal. Mientras que algunos lo viven como una tragedia porque hasta ahora el “populismo de (extrema) derecha” arrancó con ventaja, Mouffe propone tomarlo como una gran oportunidad que solo se podría aprovechar adoptando una estrategia “populista de izquierda”. Esto implica construir una “voluntad colectiva”, o un “pueblo” a partir de establecer una frontera que dividida el campo político entre un “nosotros” y un “ellos”. Hay dos elementos clave de esta “lógica populista” de construcción de un “pueblo”: uno es que ante una pluralidad de demandas alguna juegue el rol de “significante vacío” es decir que por su ambigüedad permita la articulación de estas demandas en una “cadena de equivalencias” (esta sería la articulación hegemónica) y el otro son los “significantes flotantes” que trazan la frontera política interna que siempre es móvil. Eso quiere decir que no solo cambia lo que divide el campo de la política entre un “nosotros” y un “ellos”, sino también que una demanda puede articularse en sistemas de significación de signo opuesto. Por ejemplo el “desempleo” puede articulase en un sistema de izquierda, si implica reclamo por trabajo, o en uno de derecha si implica culpar al inmigrante por robar el trabajo propio.

Como se puede intuir esta falta de contenido político concreto de la “lógica populista” hace de la política un formalismo, sin intereses de grupos sociales más o menos permanentes, y sin ideología. Esto lleva a concebir la estrategia populista como una “técnica” al uso –lo que hace que haya populistas neoliberales (Thatcher, Reagan), de elite (Macron) antineoliberales, xenófobos, racistas, de izquierda, etc. En síntesis, toda política tendría su dimensión populista.

Si además se agrega que según Mouffe el clivaje tradicional entre “derecha” e “izquierda” ya no es gravitante, y el uso del término “izquierda” como complemento de su populismo es un adjetivo, se comprende que uno de los cuestionamientos fundamentales a esta “estrategia” que le hacen otros intelectuales ubicados a la izquierda de la socialdemocracia es cuál es la diferencia entre el populismo de izquierda y el de la (extrema) derecha.

Lo que distinguiría a ambos tipos de populismos es la forma de definir quiénes son los “ellos” y los “nosotros”, donde Mouffe le da un peso importante a la dimensión afectiva (Spinoza) en la constitución de las identidades políticas [6]. Según la filósofa belga justamente aquí está el punto de falla no solo de la socialdemocracia sino de la extrema izquierda marxista que concebiría la política como una actividad racional.

Acá entramos en un terreno resbaladizo. La respuesta de Mouffe es como mínimo preocupante. Más aún cuando considera que el populismo de derecha es otra forma de expresar las “demandas democráticas”. Con este fundamento teórico, la campaña de Mélenchon incorporó algunos “temas” caros al Frente Nacional como la “seguridad” y el soberanismo nacional [7]. Hay un argumento más. Si hoy es verdad que el Frente Nacional no es un partido fascista con todas las letras, es también porque la situación no es lo suficientemente radical. Pero ante una situación de agudización de la lucha de clases sería una base de un movimiento fascista.

¿Hegemonía versus revolución?

Una de las tesis fundamentales de Hegemonía y Estrategia Socialista es que la crisis de la izquierda tradicional (socialdemócrata, eurocomunista y marxista en general) era un producto de su incomprensión de los nuevos movimientos sociales que habían explotado luego del Mayo del ’68. La explicación teórica que dan Laclau y Mouffe es que el marxismo había quedado atrapado en un “esencialismo de clase” que dicho sencillamente quería decir que las identidades políticas eran expresiones de las ubicaciones de los agentes sociales en el proceso de producción, no su expresión mecánica inmediata como quieren caricaturizar nuestros autores, por fuera de la lucha de clases concreta y cuestiones fundamentales como las posiciones estratégicas que detenta el proletariado en el capitalismo. Eso impedía comprender luchas que no surgían necesariamente de las relaciones de explotación en las fábricas, como las luchas feministas, ecologistas, antirraciales, LGTBIQ+, antidiscriminación, etc. No es que negaran la existencia de clases sociales desde el punto de vista sociológico, como no se podría negar la existencia de la “población”, pero sí que tuvieran un rol de antagonismo privilegiado.

La conclusión de este antiesencialismo es la construcción contingente de identidades políticas móviles, sin un locus que concentre las luchas de los explotados, y por eso mismo incapaces de plantearse la estrategia de la revolución social entendida como la toma del poder político y la instauración de un gobierno de trabajadores basado en órganos de democracia directa.

El “populismo de izquierda” intenta ubicarse en un lugar equidistante tanto del reformismo socialdemócrata tradicional, hoy prácticamente en extinción, como de la izquierda revolucionaria. Pero este intento es fallido, y a la hora de las definiciones sigue siendo un “avatar” de la vieja estrategia reformista.

En la lectura particular que hace de la teoría de Antonio Gramsci, Mouffe opone “hegemonía” a “revolución”. Y se pronuncia por la “hegemonía” que implica más allá de los adornos y artilugios lingüísticos, desplazar al “régimen oligárquico” por otra formación hegemónica (¿qué contenido social tendría?) dentro del sistema y las instituciones de la democracia liberal. Este es el límite para diferenciar los “adversarios”, entre los cuales incluye al Frente Nacional, de los “enemigos” que son los “antisistema”.

Mouffe evita hacer un balance serio de la breve experiencia de Syriza que adoptó una estrategia populista de izquierda, dividió el campo de la política entre “ellos” (la troika) y “nosotros” (el pueblo griego ahogado por el derrumbe económico) pero al poco tiempo corrió la frontera y, aceptando los memorándums de la austeridad se sumó al “ellos”. Tampoco discute el camino seguido por Podemos, que empezó planteando una democratización general y terminó del lado equivocado en la lucha nacional catalana y proponiéndole al PSOE un gobierno de unidad.

Como se puede intuir, el combate del marxismo contra el “populismo” apunta a la madre de todas las estrategias. Detrás de las categorías abstractas del “pueblo” y las “elites” se oculta el antagonismo irreconciliable entre explotadores y explotados y se cimenta una estrategia de colaboración de clases, que le permite a la burguesía preservar su poder, incluso en los momentos de crisis de los cuales el populismo es un emergente. Se entiende que los marxistas opongamos a esta forma particular de ejercicio de la hegemonía burguesa la necesidad de la hegemonía obrera para dirigir la alianza de las clases explotadas y oprimidas en la lucha por destruir el estado burgués y empezar la construcción de una nueva sociedad.

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NOTAS AL PIE

[1Definición bastante afortunada de Tariq Ali de los partidos de la derecha tradicional y de la “tercera vía” a los que considera “la expresión política del estado neoliberal”. Este año publicó una edición actualizada de su libro sobre el tema con el título The Extreme Centre. A Second Warning, Verso, Londres, 2018.

[2“En su visión maniquea del mundo, los populismos insisten en una suerte de ‘fundamentalismo moral’ que les permite levantar un muro entre virtud del ‘pueblo’ y los vicios de sus ‘enemigos’. Esto nos introduce en la naturaleza genéricamente religiosa, expresada más que nunca en la propensión del pueblo populista a su devoción por el líder. He aquí un aspecto crucial concerniente al punto de contacto entre el imaginario populista y el imaginario religioso tradicional”, L. Zanatta, El Populismo, Buenos Aires, Katz Editores, 2014, pág. 69.

[3C. Mouffe, For a Left Populism, Londres, Verso, 2018.

[4El concepto de “post democracia” fue introducido por Colin Crouch para señalar la pérdida de soberanía (nacional-popular) producto de la globalización neoliberal. En este sentido también lo usa Wolfgang Streeck en su libro Comprando tiempo. La crisis pospuesta del capitalismo democrático (Katz Editores, Madrid, 2016). El filósofo Jacques Rancière usa este término para plantear una “democracia sin demos” reducida a los mecanismos estatales.

[5Mouffe desarrolla este tema en La paradoja democrática (Barcelona, Gedisa, 2003), donde discute el modelo agonístico de conflicto entre adversarios contrastándolo con la formulación de Carl Schmitt de la política como distinción elemental entre amigo/enemigo. En el primer caso se trata de una competencia con un adversario que reconoce un marco institucional común. En el segundo la política es de destrucción del enemigo.

[6En For a Left Populism Mouffe alude a esta discusión, en particular, al cuestionamiento que le hace Éric Fassin (Poulisme: le grand ressentiment, Paris, Textuel, 2017) quien sostiene que no hay ninguna posibilidad de transformar los “afectos” de la extrema derecha que identifica con el resentimiento, en afectos de izquierda, definidos como “indignación” o “cólera”. Fassin es quien más abiertamente discute contra la posibilidad de que la izquierda no reformista adopte una estrategia populista. Ver por ejemplo: A legacy of defeat: Interview with Éric Fassin.

[7En una entrevista el jefe de comunicación de la campaña de Mélenchon sostiene que para pelear la base del Frente Nacional no le deben regalar temas como la “seguridad” y tampoco “abandonar símbolos como la bandera y la Marsellesa” muy presentes en la última campaña electoral. Incluso va más allá y dice que “la gente está orgullosa de llevar la bandera, uno empieza a pensar ‘No soy distinto, también llevo la bandera’”, The Revival of French Left-wing Populism: Interview with Political Strategist Manuel Bompard.
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Claudia Cinatti

Staff de la revista Estrategia Internacional, escribe en la sección Internacional de La Izquierda Diario.
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