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PANDEMIA Y PROTESTAS

Los trabajadores migrantes radicalizan las protestas en Líbano

Los migrantes son el sector más precarizado del Líbano. La profundización de la crisis en el país ha empujado a miles a tomar medidas más radicalizadas.

Salvador Soler

@SalvadorSoler10

Martes 12 de mayo | 18:27

Líbano atraviesa una de sus peores crisis en el terreno económico y social, agudizada por la pandemia del COVID-19. Desde octubre pasado se están viviendo oleadas de manifestaciones contra el régimen instaurado luego de la guerra civil que culminó en 1990. En las últimas semanas los manifestantes han roto el confinamiento obligatorio para inundar las calles contra las políticas del Banco Central y el Gobierno de congelar el cambio a dólares de la libra libanesa, para evitar la escasez de la divisa norteamericana, en el marco de la depreciación de la moneda.

Estas manifestaciones actuales se convirtieron en nuevas revueltas del hambre, dando continuidad a las comenzadas en octubre del 2019 que voltearon al primer ministro Harari, y que apuntan contra el Gobierno -apoyado sobre un régimen sectario religioso-, la austeridad, la corrupción política, la falta de responsabilidad, el desempleo, la recesión y los impuestos planificados sobre productos básicos como el combustible, el tabaco y los servicios de comunicación como WhatsApp.

La gran mayoría de la población depende del giro en dólares de las remesas desde el exterior, o del pago en dólares dentro de Líbano para enviarlo a sus familias en otros países.

Por esto es que protestan los trabajadores recolectores de residuos de la empresa Ramco, que exigen el salario en dólares o su equivalente en moneda local. Muchos de ellos son sirios, palestinos, nepalíes, bengalíes o indios. Durante toda la tarde de este martes, levantaron barricadas enfrentando la represión de la Policía Militar en sintonía con la radicalización que han alcanzado las protestas en las últimas semanas.

La desesperación, la angustia y la bronca han hecho que las protestas del país sean más violentas. Las sucursales bancarias han sido bombardeadas y quemadas con molotovs, y un manifestante fue asesinado recientemente en la ciudad norteña de Trípoli después de que las fuerzas de represivas abrieran fuego con balas de goma y munición real.

La ex-colonia francesa alberga a cientos de miles de trabajadores migrantes. El caso más indignante es el de al menos 250.000 trabajadoras domésticas bajo el sistema de contratación “kafala” provenientes de Filipinas, Etiopía y otros países africanos o sudeste asiático. Este régimen laboral impone condiciones semiesclavas, utilizado en todo el Medio Oriente, implica la vinculación de la residencia legal de los trabajadores migrantes con sus empleadores, siendo totalmente abusivo, aumentando el riesgo de que sufran super-explotación laboral, trabajo forzoso y tráfico de personas, ya que muchas de ellas terminan en redes de prostitución.

Además, el mes pasado Human Rights Watch advirtió que más de un millón de refugiados sirios, corrían el riesgo de pasar hambre durante el bloqueo del coronavirus si el Gobierno no acudía en su ayuda.

A principios del 2020, la pobreza ya era de alrededor del 50% con una tasa de desempleo del 46% según el presidente libanés, Michel Aoun. El confinamiento obligatorio por el virus aumentó el desempleo y la pobreza, mientras que el hambre se está extendiendo por todo el país provocando una caída enorme del nivel de vida de la clase trabajadora. El ministro de Asuntos Sociales, Ramzi Mousharafieh, estima que el 75% de la población necesita ayuda en un país de alrededor de seis millones de personas. Human Rights Watch ha declarado que más de la mitad de los residentes del Líbano corren el riesgo de pasar hambre debido a que el Gobierno no brindó asistencia a quienes perdieron la vida. Hoy, con la devaluación, están pagando 4.000 libras libanesas por dólar.

Las manifestaciones en Líbano vienen combatiendo el colapso de la economía del país, que arrastra una de las deudas públicas más altas del mundo, 76.000 millones de euros -150% de su PBI- mientras el actual primer ministro Hassan Diab tramita un nuevo rescate del FMI por 10.000 millones de dólares y otro plan de ajuste. La situación actual muestra la debilidad de la economía libanesa basada en las finanzas, el lavado de dinero y el turismo a 30 años del fin de la guerra civil que aún guarda enormes tensiones entre las distintas facciones del Gobierno. Sin embargo, los manifestantes por el momento parecen superar las diferencias étnicas y religiosas, e incluso nacionales para evitar morir de hambre.

La pandemia había puesto en standby los procesos de lucha de clases en todo el mundo, pero estas revueltas del pan en Líbano, las luchas de los trabajadores Amazon y el personal de salud de EE. UU, las protestas por hambre en Bolivia, o las huelgas obreras en Francia, Italia o España, están recuperando el aliento a medida que se aleja el fantasma del virus.







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