Cultura

EL TELESCOPIO

Los pobres de Baudelaire y la Amanda de Víctor Jara, testigos que caminan las barricadas de un nuevo mundo

El espiral de la historia da vueltas por los vaivenes de la memoria y nos invita a caminar con ella y sus bellos testigos. Andemos pues.

Viernes 1ro de noviembre | 06:15

Imagen: Caro Daglio

Corre el año 1864, Charles vive la modernidad parisina. Ve cómo demuelen barrios bajos y antiguos para dar paso a las grandes avenidas destellantes y rodeadas de espléndidos cafés y bulevares. La ciudad se convierte en un espectáculo de luminosidad excéntrica, sin embargo, por aquel hueco de entre los escombros, emergen esos ojos que nadie quería en esa nueva urbe naciente. Aquella sombra de trincheras y miserias que muestra que no todo brilla en la luz.

En un reluciente café, una pareja contempla el esplendor de la avenida, cuando en la calzada, justo delante de ellos, se asoma “un pobre hombre, con cara de cansancio y barba entrecana, que llevaba de la mano a un niño, mientras sostenía en el otro brazo a una criaturita demasiado pequeña para andar. Todos iban andrajosos”, narraría en el Spleen de París ese Don Charles.

Los seis ojos quedaron fascinados por la opulencia ajena y efímera que les devolvía la imagen del café. “Qué hermoso, pero es una casa donde sólo puede entrar gente que no es como nosotros”, diría el padre entre dejos de resignación y aceptación.

Del otro lado del vidrio, prehistoria de las murallas que dividen, los ojos de ella destilan caprichos de clase “No soporto a esa gente con los ojos abiertos como platos ¿No puedes decirle al dueño del café que los eche de aquí?” una vidriera que respira clase: los pocos con mucho y los tantos nadies con nada. En pocos años venideros esos se cansarán y levantarán las calles de una Comuna libre.

Bajo resabios de rojas hazañas, un mayo en Francia retuerce la senda otra vez, volando por los aires la estructura, llegando a latitudes del mundo sur.

Corre el año 1969, un Víctor campesino canta la realidad de su país a través del amor obrero. Es Amanda que corre a la fábrica todos los días a ver a su Manuel tan solo por cinco minutos, una maravillosa eternidad. Y lo hace hasta que él parte a la lucha. Y suena la sirena y al trabajo muchos no volvieron, tampoco Manuel.

Y la guitarra del campesino universitario siguió recitando, junto a los miles de ojos que posaban en la vidriera de la pandilla oligarca de cualquier café en cualquier lugar, el amor de dos obreros de cualquier fábrica en cualquier lugar por el derecho de vivir en paz…
Destrozaron al poeta chileno y acallaron la melodía por varios años.
Hasta que alguien y algunos con algunas dijeron basta.

Corre el año 2019.
El fuego francés de los chalecos amarillos bailotea por las trincheras del nuevo siglo. Cenizas de comunas y mayos llueven en la multitud.
Jara toma las calles de un Santiago ensangrentada pero despierta, en los balcones y las marchas. El poeta no murió. Jóvenes y viejos lanzan banderas de dignidad por los 30 pesos y por los 30 años.

La vidriera fue resquebrajada. Llegará la tarde en que aquellos ojos pobres tomarán un café junto a las Amanda y los Manuel.
Hilos de continuidad.







Temas relacionados

El Telescopio   /    Chile   /    Relato   /    Francia   /    La Plata, Berisso y Ensenada   /    Cultura

Comentarios

DEJAR COMENTARIO