Mundo Obrero

A 85 AÑOS DE SU CREACIÓN

Los orígenes de la CGT

Fundada en 1930, la CGT cumplió hace pocos días 85 años de vida. Los comienzos de la central que logró mayor peso en la clase obrera sindicalizada.

Claudia Ferri

@clau.ferriok

Jueves 1ro de octubre de 2015 | Edición del día

El aniversario llega con una central fragmentada en al menos tres sectores. Hugo Moyano, encabezó un acto con motivo del nuevo aniversario desde la histórica sede diciendo que por aquellos años los dirigentes “no hacía mucho habían bajado de los barcos y no paraban de deslucir con politiquerías indescifrables el derecho de los trabajadores” y que “insistían en vanas querellas y controversias ideológicas que en nada ayudaban a mitigar la explotación en la que estaban sumidos los obreros”.

Estas “controversias ideológicas” a las que se refiere Moyano son las ideas socialistas, sindicalistas, anarquistas (y tiempo después comunistas) que confluyeron en la conformación de la CGT el 27 de septiembre de 1930, tres semanas después de haberse producido el primer golpe de estado en el país. La clase obrera argentina llegó a la década del ’30 con un importante grado de organización y de experiencia en la lucha de clases.

Las primeras centrales obreras creadas a comienzos del Siglo XX se encontraban fuertemente influenciados por los anarquistas que consideraban a los sindicatos como una herramienta de los trabajadores para enfrentar los abusos del Estado y de los empresario. Los fuertes niveles de represión de la época se vieron en “la Semana Roja”, la “Semana Trágica” y la “Patagonia Rebelde” (las dos últimas huelgas fueron reprimidas bajo el gobierno del radical H. Yrigoyen). Con el paso de los años, la corriente anarquista fue perdiendo influencia, cediéndole su lugar a los “sindicalistas” quiénes consideraban que los trabajadores sólo debían jugar un rol activo dentro del plano sindical y reivindicativo. Las condiciones económicas adversas que desencadenaron una profunda crisis económica a nivel mundial en 1929, sumado a la crisis del régimen político y a la agudización de la represión, van a producir el franco retroceso del sindicalismo, pasando de 100.000 afiliados a tan sólo 10.400 en 1927. Para este momento el movimiento obrero organizado se encontraba divido en tres centrales sindicales.

La conformación de la CGT y la estatización de los sindicatos Impulsada primero por la Federación Obrera Poligráfica Argentina (FOPA) que representaba a los imprenteros, se le sumaron la Unión Sindical Argentina (USA) – sindicalistas- y la socialista Confederación Obrera Argentina (COA). A pesar de haber sido creada para fortalecer al movimiento obrero en una coyuntura económica y social adversa, la cúpula de la CGT prefirió comenzar su historia pactando con el gobierno militar de Uriburu, antes que organizar a los trabajadores en sus lugares de trabajo. Impotente para enfrentar la coyuntura, la resistencia quedó en manos de una minoría anarquista y comunista.

La década del ’30 vio un creciente fortalecimiento de la clase obrera, incentivado por la industrialización, como quedó demostrado en la gran huelga de la construcción dirigida por el PC (de más de cien días) y los paros generales de enero de 1936. Como ocurre en la actualidad con gremios como camioneros, UOM, SMATA o la UTA, la primera CGT estaba dirigida por los gremios que tenían mayor poder de negociación. Éstos son los que pueden afectar de alguna forma el normal funcionamiento de la economía. Fueron los ferroviarios los que encabezaron la central de trabajadores a partir de 1930, representando al 65% del total de los afiliados. Tenían lo mejores sueldos y recibían una serie de beneficios impensados para ese momento como vacaciones pagas, licencia por enfermedad y caja de jubilaciones.

La influencia alcanzada por los grandes gremios llevó a que sus dirigentes se separen cada vez más de las bases acelerando el proceso de burocratización y logrando importantes beneficios para sus propios intereses sectoriales. La figura paternalista de los caudillos sindicales que deciden a espaldas de los obreros, reemplazó al histórico método de democracia directa de viejos sindicatos anarquistas. Perón, desde la Secretaría de Trabajo y Previsión (1943 a 1945) reguló las relaciones entre el capital y el trabajo y medió en los asuntos gremiales. Entendió que si quería gobernar necesitaba a los dirigentes y a sus sindicatos como aliados estratégicos para contener, cuando sea necesario, la lucha de clases. En enero del ‘45 se sumaron a la CGT nuevos gremios en expansión: metalúrgicos, construcción, vestido, madereros, vitivinícolas, panaderos, portuarios y azucareros.

El gobierno peronista, además de impulsar masivamente la sindicalización de los trabajadores, le brindó un lugar central a la burocracia sindical. Esto la llevó a pegar un salto de calidad, recibiendo importantes beneficios económicos del Estado. La CGT se subordinó plenamente al gobierno y actuó bajo su órbita. Con una serie de concesiones que permitieron mejorar las condiciones de los trabajadores, los sindicatos se convirtieron en un grupo de apoyo político directo al régimen y a Perón. Si bien la central había sufrido desde sus orígenes una serie de rupturas, con Perón, volvió a unificarse reforzando el proceso de burocratización y estatización de las organizaciones obreras. La Ley de Asociaciones Profesionales fue clave para consolidar esta relación: le permitía al Estado controlar la actividad sindical, reglamentar las huelgas y determinar qué gremios estaban autorizados a negociar con las patronales.

El “modelo sindical peronista” se convirtió en la columna vertebral del movimiento, abandonando la independencia política de los trabajadores organizados y alejando a sus direcciones de los intereses de los “representados”. Sin embargo este modelo se vio desafiado en numerosas oportunidades por el avance de los sectores clasistas y de izquierda en los cuerpos de delegados y las comisiones internas, sobre todo en las etapas de ascenso del movimiento obrero.

¿Qué sindicatos queremos?

Hoy en día existen 5 centrales sindicales. Dicen que se quieren unificar, pero el objetivo no es fortalecer al movimiento obrero para enfrentar el ajuste. Antes que nada, los burócratas se proponen como garantes de la “paz social” en las calles y en los lugares de trabajo, al mismo tiempo que buscan mantener las posiciones de privilegios, que tienen desde hace décadas, y su poder real (y material) que les dejan los sindicatos: cajas de jubilaciones, subsidios y negociados con las tercerizadas. Los marxistas revolucionarios consideramos una necesidad de primer orden recuperar los sindicatos de las manos de la burocracia traidora que, hoy en día, tiene a los mismos dirigentes atornillados en sus sillones desde hace décadas, muchos de ellos acusados de corrupción como es el caso de Antonio Caló.

Peleamos para que los sindicatos sean independientes del Estado y para que la democracia sindical sea el método que permita construir sindicatos activos, militantes que construyan una alternativa real para el conjunto de las masas explotadas apuntando a la auto-organización. El sindicato ceramista de Neuquén marcó el camino conquistando una herramienta fundamental para la lucha, organizándose en asambleas, rotando en sus cargos para volver a trabajar cobrando el mismo salario que cualquier trabajador y asegurando la posibilidad de que sean revocados mediante asambleas.







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