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Red Internacional

Un capitán del ejército británico de la Primera Guerra Mundial junto a un fotógrafo buscan identificar los cuerpos de sus compañeros caídos. Entre ellos subyace una reflexión sobre la guerra y la memoria.

Lunes 3 de enero | 12:22

“El último árbol antes de entrar en el mundo de los muertos es el olmo”, dice el poeta Robert Graves que dijo el poeta Virgilio. Olmo en idioma galés se dice Llwyfen.
Morris Llwyfen es un capitán del ejército británico durante la Primera Guerra Mundial, parte del Regimiento de Fusileros Galeses, a quien sus soldados miran divertido cuando se pone a tomar esa cosa rara que algunos piensan que es una droga exótica: es que toma mate, porque Llwyfen nació en el desierto de la provincia de Chubut donde se inventó esa “torta galesa” que en Gales mismo nadie conoce.

Como unos cuantos argentinos de hace cien años, hijos de inmigrantes, fue a pelear a Europa por la patria de sus padres. Ahora, en 1920, se dedica a buscar e identificar los cuerpos de sus compañeros caídos en la guerra en los campos de Bélgica para rendirles homenaje. Va acompañado de alguien que va documentando todo para el Estado británico, el fotógrafo Ivan Bawtree (vaya uno a saber qué árbol es ese, otra madera).

Llwyfen y Bawtree conviven haciendo su tarea durante varios meses, hablan entre ellos, pero nunca terminan de caerse bien. Es que, a comienzo de 1920, se firma el Tratado de Versalles, y se intenta armar algo parecido a un “orden” internacional de posguerra, que necesita de mucha narrativa y relato que lo cimiente; Bawtree tiene buenas intenciones, aunque es parte de esa maquinaria y parece representar la escritura de la Historia, así con mayúscula, mientras que Llwyfen sería parte de ese caos de las historias, en minúscula y en plural.

En el primer caso, el de Bawtree, el que habla parece ser el Estado, que necesita su gran monumento al “soldado solo conocido por Dios”. Se trata de la “conmemoración” oficial, que necesita una única voz, la dominante. En el segundo caso, el de Llwyfen, se trata de la “rememoración”, es decir, la memoria de los vencidos, que es plural. Porque los soldados, aunque pertenecen al campo imperial que triunfó en la guerra, en realidad son vencidos.

Llwyfen fue a pelear como voluntario en su momento, tomándose un barco desde Buenos Aires, con la épica y la poesía de la gloria del Imperio. Bawtree, “como todo inglés más o menos educado”, sabe algo de poesía, pero no combatió. Por eso habla de los soldados que se “sacrificaron” por el Rey. Hay algo del orden de la estetización de la política ahí, siguiendo a Walter Benjamin, aunque Bawtree lo reproduzca inconscientemente.

Ese lenguaje hiperbólico no va con el rústico Llwyfen, que entre sus ovejas de Chubut no supo mucho de poesía, pero a lo largo de la guerra fue perdiendo la inocencia y aprendió que los mitos (los de Bawtree) se basan en nervios y carne, que fueron aplastados en los barros de Flandes. No se “sacrificaron” por nada, no hay nada “sacro” en morir en las trincheras de Flandes. Llwyfen también conoció poetas guerreros (como a Graves), pero solo él y sus compañeros comprenden cabalmente esa poesía de las trincheras, que expresa esos pensamientos que todos sabían que tenían pero no sabían cómo expresarlos. Y en el caso de Llwyfen se trata de una lucha (estrés post traumático de por medio) con su memoria, para poder expresar esa experiencia que al hacerlo lo cansa tanto como si la volviera a vivir.

La Historia de un gran imperio colonial necesita “héroes”, sobre todo anónimos, para armar ese relato hegemónico, universal. Si acepta las historias en plural, el multiverso contiene también las de sectores de soldados que, conforme a su experiencia, llegaron a evolucionar hasta la conciencia de que esa guerra entre potencias imperiales por un nuevo reparto de la dominación de todo el mundo no era la suya. Hubo otros que, sin llegar tan lejos, comprendieron a su manera que a esos muertos, que son hablados desde la memoria oficial, les quitan el sentido de sus experiencias, y por eso mismo muchas veces tienen más vida que los parias que todavía respiran y que tienen historias para contar que incomodan, pero no les alcanza la voz.

Walter Benjamin en 1940, decía que “el don de encender en lo pasado la chispa de la esperanza solo le es dado al historiador perfectamente convencido de que ni siquiera los muertos estarán seguros si el enemigo vence”. En la novela de Lorenz, esos “muertos que viven” son los que pelean porque no se distorsione la memoria de los otros muertos, que ya no pueden pelear su reputación ni sus historias. Parece como que Llwyfen triunfa cada vez que puede identificar a un caído y ponerle un nombre. Y que cada vez que no lo consigue, triunfa “Dios”, el Rey, y su “soldado desconocido”.

John Berger, en una cita con la que empieza la novela, dice que antes del capitalismo los vivos veían a los muertos como un proyecto inconcluso, que aspiraban a completar, mientras que ahora el capitalismo transformó a los muertos en los eliminados, puro descarte, soldados desconocidos y apenas como un decorado de fondo hecho una masa indistinguible. Esto último es lo que se juega en la novela.

El autor es historiador y tiene dos obsesiones, que tal vez para él son solo una: los ’70 y Malvinas. Por distintas vías aparecen guiños de esos temas en este relato.




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