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Red Internacional

ESPACIO ABIERTO.Los empleados (ll parte)

Estos pibes se creen que esto es joda- dice Ricardo. Eufórico. Harto de leer los reclamos que tiene sobre la mesa. La mansedad del empleado se apodera de él. Ahora no es Ricardo, él que cobra 17.000 pesos por dirigir el sindicato.

Roberto AmadorObrero de Madygraf y docente de escuela secundaria

Sábado 22 de noviembre de 2014 | Edición del día

No. Ahora es Ricardo con 43.000 pesos mensuales en caja, abonados por la Mercedes Benz, indignándose por los altos niveles de ausentismo en las fábricas.
El mujeriego pensó en los pibes, los que eran números en las planillas que tenía sobre la mesa el jefe. Esos que ni el culo saben limpiarse, como él solía gritar en el cuarto gremial, en el inicio de su ocaso, en su fin como delegado. En la culpa de la gente que no hace más que quejarse.

En su agradecida y dependiente vida, solo decía lo que sentía para complacencia de la mansa necesidad de estar donde estaba, porque era eso o el calor del radiador del auto elevador del cual el jefe pidió se lo bajara luego de crearle el título de asistente gremial, y lo dijo. -Son los mismos pendejos de mierda. Ya no hay respeto por nada. Me acuerdo cuando algún supervisor le ponían los punto a alguno...primero eran las miradas, los gestos con la cabeza, y luego se disparaban al cuarto gremial. Dejaban todo así, al punto que las prensas seguían solas, y la cinta continuaba su marcha dejando caer las piezas a la mierda. Todo por un p… mate. Entonces me llamaban de recursos humanos. Qué pasa con la gente, me preguntaban… Yo que les podía decir…- se alza de hombros, y mira desconcertado al jefe, que le responde, indignado.

  •  Uno hasta la familia deja por cuidarles el trabajo a estos pibes, y ahí los tenés. Trabajan un par de años, y después faltan porque les sale un grano en el c... Y aparecen estos zurdos p… ¿y que buscan? Nada, nada. Ni reivindicaciones, ni estabilidad laboral, ni salario…lo único que quieren es la lucha continua. La anarquía, y destruir la organización que nos dejó Perón-. Dice, recostándose de medio lado sobre la silla. Un iridiscente aire de incomprensión domina su rostro. “estoy harto”, se dice. Derrama su brazo derecho sobre el escritorio, y con el izquierdo extendido sobre su cintura no hace más que afianzar la incongruencia de sus desbordes de ira. De su locura cavernaria. De sus calificativos ya impublicables. Echa una nueva pitada al falso cigarrillo. “sí, todo es un problema” escucha decir al mujeriego, que irónicamente pregunta. ¿Y si se van?
  •  No se van. No se van a ir. Para eso estamos acá- dice Ricardo, que hace números y se dice internamente, conforme y orgulloso. “éramos 20000, y ahora somos 100000, no es poca cosa lo que hicimos. Si tenemos que entregar algo lo entregaremos, porque la gente antes de perder todo o algo, dice algo. Y si ellos no se cuidan el culo, es su problema, nosotros no vamos a defender vagos. Hay que tener compromiso…”. Los ojos turbios del mujeriego, cristalinos y maliciosos lo miran. -¿Vamos a morder?- pregunta, y sonríe con vehemencia.
  •  Sí. Responde el Jefe. Que sigue perdido en reflexiones internas, como queriendo darse más argumentos para el oficio, y piensa algunas de las frases que noches atrás había leído en lo que sería la solicitada que desde el gremio publicarían en los diarios. “La hora de los corazones bien templados…No alentamos ánimos belicistas, ni caímos en la renuncia negligente de los pacifistas… pobres de aquellos que pierdan las verdades tan pacientemente adquiridas y se vuelvan tan pragmáticos y materialistas, que terminen en la misma bolsa que los gorilas…”
  •  La hora de los corazones bien templados- dijo, y miro a sus muchachos con aire renovado. Sus pobladas cejas hacían más turbia su mirada que ahora parecía dialogar con los ojos de ellos. Encendido el espíritu el mujeriego levanto su camisa y mirando la pistola que llevaba en la cintura, pregunto. – ¿Qué hacemos con esto?
  •  Donde está, está bien, por ahora. Hay que ir viendo como marcha todo. Ya sabemos dónde están los pelotudos estos. Un par de estos no van a venir a romper lo que durante años construimos. Si es necesario salir a las calles lo haremos. Golpearemos las puertas que sean. Pero si no nos escuchan… - hace una pausa - sabemos cómo defendernos. Eso que quede bien claro. Porque somos nosotros los que luego tenemos que rendir cuentas- respondió Ricardo, sintiendo el desgarro inquisidor de diez pares de ojos que lo observan a él parado sobre una silla, tambaleante, con su inmensidad sudorosa, y el cuello de la camisa abierta, y sus mangas recogidas hasta los codos. Un acento musical que conoce. Sabe que de la boca que sale no es de un italiano aunque lo parezca, pero más sabe que italiano o no, Alemán, yanqui o japonés lo que reclama es lo que todos ellos quieren. Y aunque alegre y musical el acento italiano, le inquieta comprender lo que dice “Vos no sos nada sin nosotros. Que te quede bien claro”.

    Pensó nuevamente en Perón, como lo pensó y admiro en su plena juventud. Y como esa boca que inmóvil, abovedada que reía a su espalda, había sabido conmoverlo ese 12 de junio de 1974, cuando lo escucho gritar desde el palco. “Retempla mi espíritu estar en presencia de este pueblo que toma en sus manos la responsabilidad de defender la patria. Creo, también, que ha llegado la hora de que pongamos las cosas en claro. Estamos luchando por superar lo que nos han dejado en la República y, en esta lucha, no debe faltar un solo argentino que tenga el corazón bien templado…Cada uno de nosotros debe ser un realizador, pero ha de ser también un predicador y un agente de vigilancia y control para poder realizar la tarea, y neutralizar lo negativo que tienen los sectores que todavía no han comprendido y que tendrán que comprender”. Y al que diecinueve días después, lloraba al ser saqueado por la muerte.

  •  No se van a ir- dijo, y agrego.-no se van a ir porque quien no comprenda…- y llevo su dedo índice al cuello para hacerlo recorrer sobre él de izquierda a derecha.
  •  Como tiene que ser- dijo el mujeriego, que sabía cómo los demás, que Ricardo era todo y nada, ya que al fin era un empleado y no el jefe, porque los cañones se reorientan cuando los patrones mandan.

    Lea Los empleados (I Parte)


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