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OPINIÓN // SERIES

Los caminos del Señor, una serie sobre la sociedad danesa y la religión

(Contiene spoilers) El desarrollo de la trama de esta serie abre un abanico de problemáticas sociales y culturales de gran actualidad.

Raquel Barbieri Vidal

Lingüista y Régisseur @RaquelaGabriela

Viernes 9 de agosto | 15:35

Herrens veje, cuya traducción literal es Los caminos del Señor, aunque en castellano figure como “Algo en qué creer” y en inglés aparezca como “Ride upon the storm” (Cabalgando en la tormenta), es una serie emitida por Netflix, que desde el primer episodio atrapa por la gama de temas tratados dentro del contexto de un hogar perteneciente a la Iglesia Nacional Danesa (Iglesia Luterana de Dinamarca).
Creo que es ésta una serie que a priori se hace atractiva estéticamente debido a las ambientaciones interiores y exteriores, la fotografía, el guion, el desarrollo de la trama que abre un abanico de problemáticas sociales actuales—como el asentamiento de los inmigrantes musulmanes en el país escandinavo—y por las actuaciones magníficas, empezando por el protagonista Lars Mikkelsen (en el rol de Johannes, el Pastor), hermano un año mayor del actor de moda Mads Mikkelsen.

¿Por qué elegí esta serie? Por varios motivos; no sólo por mi gusto por el cine y literatura daneses. Al tratarse de una historia de un pastor protestante y su núcleo familiar, sus allegados dentro de la iglesia, la feligresía y el mundo exterior, me sentí interesada en ver qué quería contarse, cuáles serían los conflictos que emergerían (sin los cuales, no hay obra posible), y qué tipo de mensaje habría implícito.
Quizás tenga que compartir el hecho de que estudié la secundaria en un colegio protestante y asistí a la iglesia de igual denominación por muchos años (desde los 8 hasta los 19), además de haber estudiado Teología Pastoral y hebreo bíblico, por lo que no me son ajenas este tipo de temáticas.

Mi curiosidad se incrementó cuando casi de inmediato, se puso de manifiesto que entre el Pastor y su esposa existe una relación abierta; es decir, más allá del amor entre ellos dos y la familia, y mientras otra relación no se lleve a cabo dentro de la misma casa, está admitida la libertad de tener un romance o vínculo meramente sexual fuera del ámbito del matrimonio.
Aun cuando ambos quebrantan a turno el acuerdo y esto acarrea consecuencias, ya partimos de una base diferente a cómo se ve y se vive la vida dentro del marco de cualquiera de las iglesias cristianas en las Américas (me refiero desde Estados Unidos hasta Argentina).

Sólo los mormones fundamentalistas estadounidenses practican la poligamia, pero esto únicamente beneficia a los varones, dado que las mujeres no pueden hacer otro tanto. Es otro fenómeno, uno proveniente de la visión machista de un credo con parámetros diversos a los que se dan dentro de las iglesias tradicionales cristianas.

Volviendo a nuestra historia de “Algo en qué creer” (no me consuela la pobre traducción; era mucho mejor “Los caminos del Señor” o “Cabalgando en la tormenta”); en fin, retornando a la trama, vemos cómo el joven pastor August, hijo menor de Johannes, buscando su función dentro de la Iglesia, empieza a dar clases de religión a adolescentes, y dentro de ese grupo, una chica llamada Caroline, de 15 años, le confiesa que está embarazada y ni siquiera recuerda cómo ocurrió ni con quién, porque estaba borracha en una fiesta, y con su novio no pasó de toqueteos.

De inmediato, ella le pide ayuda a August para practicarse un aborto, y aquí es en donde se hace notoria la diferencia entre las iglesias del norte de Europa y las nuestras: en ningún momento, ni por un instante, August juzga a la chica ni la disuade de hacerse el aborto. Sólo le dice que hay que contarle a su madre porque ella es una menor y que las menores deben acudir acompañadas de un mayor al hospital para dicha práctica.

Como Caroline tiene miedo de una madre potencialmente enojada ante el hecho de que su hija se haya pasado de alcohol y tenido sexo con cualquiera, no hace caso de la recomendación del pastor y toma una píldora abortiva, para lo cual acude a August para que la ayude en tal momento. Se le presenta en la casa sin aviso, mientras la esposa de éste se encuentra trabajando como médica oncóloga en el hospital.

Reitero: El Pastor no da sermones sobre el asunto y sólo está en desacuerdo sobre la no comunicación a la madre de la joven embarazada.

Ya llevamos dos temas en que los escandinavos nos aventajan: un matrimonio aún religioso, puede ser abierto, y el aborto, no sólo no es punible, sino que es legalmente practicable. No son temas tabú.
No será el único caso tratado en esta serie sobre este tema. Más adelante, otra mujer decidirá, tras ir al hospital a abortar, desistir porque habiendo muerto el marido, quiere tener a su hijo. Es su decisión; no la de un pueblo.

La esposa del Pastor, Elizabeth (Ann Eleonora Jørgensen, quien me había ya atrapado con su actuación en Forbrydelsen o “The killing”) vive un romance apasionado con una violinista noruega, con quien está dispuesta a irse a Berlín, pero algo terrible en la vida familiar de los Krogh sucede, que hace que la madre de familia decida quedarse a sostener a su marido, a quien sigue queriendo aunque de otro modo, no como a Liv (Yngvild Støen Grotmol).

La historia no está exenta de conflictos y peleas constantes por celos, por rabia, por toda la gama de emociones humanas que todos padecemos alguna vez o varias veces durante la vida. Johannes es un hombre sufriente quien a la vez que ayuda, también perjudica; tal y como pasa entre los seres humanos más allá de las creencias e ideologías.

No sólo la iglesia protestante danesa no condena el aborto ni los acuerdos que dentro de una pareja se hagan a la hora de la monogamia o el poliamor, sino que la homosexualidad es vivida normalmente, así como debería ser en todas las iglesias y fuera del ámbito eclesiástico, dentro de cada sociedad. Así es como Johannes oficia en su iglesia el matrimonio de William con Peter, y lo hace con la misma naturalidad con la que casaría a una mujer con un hombre.
Es el último acto que el Pastor puede realizar en su templo antes de ser vendido al Imán que junto a su comunidad ha comprado el edificio para emplazar su mezquita. Esto ha sucedido porque la congregación de la iglesia de Johannes no sólo ha disminuido, sino que casi no tiene miembros.

Entonces emerge otro tema: El cristianismo como fenómeno decreciente.

La serie está tan bien llevada, que en ningún momento se presenta la historia como una crítica a las creencias personales. Hay personajes creyentes y otros ateos. Los ateos provienen de familias cristianas, judías y musulmanas. Los creyentes lo son cada cual, a su modo, y mismo dentro de la comunidad cristiana, los hay más ortodoxos en contrapunto con los heterodoxos.

Volviendo al delicado tema que en Argentina no logramos desestancar—la legalización del aborto—querría dedicar algunos párrafos que tomé de la Biblia para tener respaldo judeo-cristiano a la hora de referirme a quienes se definen (equívocamente) como “Pro-vida” o “Pro-Life”: La Biblia no habla sobre el aborto, pero sí dice cuándo comienza la vida de un ser humano.

Libro del Génesis: Capítulo 2, versículo 7; es el más claro: El primer humano se convirtió en “ser viviente” (נפש חיה) nefesh hayah, “un alma viviente”, cuando Dios sopló dentro de sus fosas nasales y éste empezó a respirar por sí mismo.
La vida humana comienza cuando empezamos a respirar; es lo que pensaron quienes escribieron la Biblia, y termina cuando dejamos de respirar. Es por esto por lo que la palabra hebrea a menudo traducida como “espíritu” (רואה) ruah, literalmente sería “viento” o “respiro”.

Estar a favor de la vida significaría entonces no estar de acuerdo con someter a una persona a un aborto clandestino, muchas veces casero y en gran porcentaje, sanguinario y con un final desgraciado. Además, la vida no es meramente el derecho a nacer, sino todo lo que vendrá después: alimento, vestimenta, cuidados, escolaridad, salud y todo lo que implica tener un hijo, que es un compromiso de por lo menos dieciocho años.
Estar a favor de la vida es defender las que ya existen y darles dignidad, y en caso de no poder brindársela por falta de recursos materiales, psicológicos o emocionales, por lo menos no interferir en las libertades individuales del prójimo.

Volviendo a la serie tan lograda, Herrens veje, en ningún momento se pretende llevar a la audiencia hacia alguna de las religiones que aparecen, como así tampoco hacia el ateísmo que también se hace presente en algunos de los protagonistas.
Christian, el hijo mayor de Johannes, atraviesa una etapa budista que le ayuda a destrabar aspectos de su personalidad que se hallaban estancados. Asimismo, en un momento hacia el final de la historia, decide ser Pastor. Así de humana es esta historia.

Esta heterogeneidad en el sistema de creencias y en el modus vivendi de los personajes, no hace sino mostrar que la sociedad danesa está un paso más adelante que las nuestras, las de las Américas. Es como si aún los más practicantes religiosos, tuviesen un aggiornamento de lo que significa respetar las libertades del prójimo, como cuando Johannes, increpando a un colega de otra denominación, le señala: - La Biblia fue escrita hace miles de años… no puedes comparar esa sociedad con ésta. Los tiempos cambian y nosotros con ellos.

La serie es estupenda, las actuaciones son superlativas y la historia, intensa, apasionada y variada. No hay manera de aburrirse al verla, escuchando, además, un idioma tan bello como el danés.

Una serie—al menos para mí—casi siempre termina siendo mucho más que una serie…

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