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Red Internacional

Música / Rock. Los Fundamentalistas en el Estadio Único: de regreso a La Plata

La banda del Indio Solari inauguró la era de estadios en pandemia en el mismo lugar donde había iniciado su épica de escenarios. ¿Se viene una convivencia entre el ritual analógico y la revolución de las pantallas?

Juan Ignacio Provéndola@juaniprovendola

Martes 14 de diciembre de 2021 | 12:00

En 2017, el mismo año donde el Indio Solari cantó por última vez en vivo en aquel show de Olavarría, Rocambole estrenaba una exposición de nombre profético: “La batalla de las pantallas”. Todavía no existían el Covid, los barbijos ni las vacunas, y ni siquiera estaba expandido el formato streaming, pero el artista pareció dejarnos un título que se entiende mejor hoy que ayer.

Por aquel entonces Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado ya habían pasado por una experiencia similar: en 2015 habían exhibido el DVD de sus presentaciones en vivo en el Estadio Ciudad de la Plata de fines de 2009 en aforos más propios de los espectáculos que del cine. El Luna Park (¡el rock del rico Luna Park!) fue el primero de ellos.

El anclaje en esta nueva interfaz se profundizó a fines del 2019, cuando el Indio ya estaba virtualmente retirado del escenario en vivo y en directo pero su producción encontró una alternativa que tuvo gran recepción: su aparición en pantalla gigante para “acompañar” con su cuerpo y voz pregrabados a la performance de Los Fundamentalistas. Por eso volvieron a repetir en el mismo lugar (el playón exterior del Microestadio Malvinas Argentinas), aunque con un agregado: un holograma del propio Solari ubicado ya no detrás del escenario, sino en la misma fila de los músicos.

Esto último sucedió el 7 y el 8 de marzo del 2020, ya con la pandemia respirándole en la nuca a Argentina y dos semanas antes de la primera cuarentena. ¿Otra puesta profética? Quizás.

Como sea, el aislamiento encontró a Los Fundamentalistas con esa interfaz ya desarrollada, motivo por el cual sus streamings tuvieron ese elemento adicional: ya sea en el interior del Malvinas como en las ruinas de Epecuén, la banda repasó el repertorio solariano con su líder apareciendo en las pantallas para hacer temas del grupo, de Los Redondos y también algunos estrenos.

Al otro lado de la ASPO, la DISPO y otros acrónimos que salieron de nuestro vocabulario tan rápido como entraron (demostrando que, como decía Einstein, el paso del tiempo no depende tanto de las agujas que lo mueven como de los ojos que lo miran), Los Fundamentalistas vuelven a los escenarios en lo que fue la inauguración de la era de estadios en pandemia. Y, acaso para cerrar el círculo, lo hicieron en el mismo lugar donde el Indio Solari comenzó su épica de escenarios en formato solista: el Estadio Ciudad de La Plata, al que siempre llamamos “Único” (aunque haya otros cuatro en el distrito) y desde hace un año fue rebautizado como “Diego Armando Maradona”.

En aquella ocasión, Solari se había tomado un año desde la salida de su disco debut El Tesoro de los Inocentes para analizar en qué aforo presentarlo. El mismo músico confesó en ese tiempo que no se imaginaba aupar tanta convocatoria. Pero dos shows colmados en La Plata y otro en el Velódromo de Montevideo le mostraron la real dimensión que su presencia en vivo era capaz de generar.

Es muy difícil valorar y calificar una performance cuando lo más intenso se vive más allá del escenario. Un viejo reproche de los inventores de la despectiva etiqueta del “rock chabón” es el protagonismo que comenzó tener el público en los recitales a partir de la década del 90’. Pero así son las cosas en Argentina, donde los fenómenos masivos se vuelven populares porque la masa que le da dimensión hace carne aquello que consume. Lo vibra interiormente de manera subcutánea para sentirlo propio. Muchos eruditos se irritan con esto, aunque ni siquiera pueden consolarse con la “originalidad del descubrimiento”: el crítico musical y ensayista Greil Marcus ya lo había estudiado antes y lejos.

Así las cosas, solo queda rendirte ante un verdadero fenómeno social que congrega multitudes con el único propósito de encontrarse en búsqueda de la felicidad que estos eventos propician.

Como en las viejas misas ricoteras (una categoría que excedió a la propia existencia de Redondos), La Plata fue lugar de peregrinación durante el sábado y el domingo, días en los que la capital bonaerense fue tomada por las huestes solarianas a pesar de que Los Fundamentalistas tocaron al mismo momento que muy cerca lo hacían Babasónicos en el Club Atenas (trinchera que, curiosamente, antaño supo frecuentar Patricio Rey). Y no solo cimbró la ciudad: hasta altas horas de la madrugada del lunes la autopista Buenos Aires - La Plata discurría en tránsito lento con centenas de autos y micros que volvían con paciencia del estadio.

La puesta y apuesta de Los Fundamentalistas fue a lo concreto: las canciones. Como ya es costumbre desde la ausencia en cuerpo del Indio, los músicos se fueron turnando en el micrófono para desandar un repertorio de treinta canciones por noche. Si bien el repaso incluyó la carrera de Solari desde principio hasta la fecha (una sublime versión de “Un tal Brigitte Bardot”, de aquel demo de 1982, con la polenta de Deborah Dixon, hasta la revisión de “El ruiseñor, el amor y la muerte”, último opus de LFDAA), siempre quedan lugares para sorpresas.

Era esperable la figuración del Indio en pantallas, tal como sucedió en las últimas veces, aunque en las de este fin de semana se produjeron con más cantidad de lo habitual: la grabación de Solari apareció seis veces y de diversas formas. En el ya clásico “Flight 956”, en “El que la seca, la llena”, de su último disco, alentando en ambas noches alguna de las dos canciones estrenadas en el streaming de Epecuén (el sábado fue “Rezando solo”, el domingo "Encuentro con un ángel amateur”) y tres nuevas que comienzan a darle músculo a lo que podría ser un nuevo disco: “La vida es una misión secreta”, “Jericó” y “Aeropuertos rebeldes”.

¿Perlas? Muchas. Tantas como la cantidad de gente que copó el doblete en el Ciudad de La Plata (unas cien mil personas entre las dos noches). Porque el arte es subjetivo, y los rituales mucho más. Pero hubo momentos donde el campo se encendió por demás: el pulso bailable de “El charro chino” con una bola de boliche destellando colores desde el techo del estadio, el recuerdo del inédito “Mi genio amor” o el tronido nuclear de “Fuegos de octubre”. Y, por supuesto, “Jijiji” como hoguera de exorcismos después de años difíciles, aislamientos, días sin ver el sol más que por la ventana y esa necesidad de “mover el culito”, como alguna vez azuzó el Indio y el domingo repitió Pablo Sbaraglia.

Al final, el tecladista confesó: “No esperábamos esta convocatoria. Es hermoso lo que pasó. No sucede en ningún otro lugar del mundo. Disfrutémoslo, pero también cuidémonos”. A esa altura, de regreso al condenado paraíso, las cosas ya estaban claras y no hacía falta agregar demasiado. El que fue y lo disfrutó, volvió feliz. Y, por si alguien dice lo contrario, el cantante —como siempre— deja su respuesta en una canción: “El que la seca, la llena”.




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