DOSSIER REVOLUCIÓN DE OCTUBRE DE 1917

Los Bolcheviques en el poder, de Alexander Rabinowitch (Reseña)

Los académicos se han inclinado a culpar a la ideología de los bolcheviques, el marxismo, como la fuente de la “Dictadura del Partido Único”. Otros, como Alexander Rabinowitch en su libro Los Bolcheviques en el poder. Primer año del gobierno de los soviets en Petrogrado, ahondan en las circunstancias que llevaron a este desenlace, aunque sin romper con la lógica de los historiadores liberales.

Miércoles 26 de noviembre de 2014 | Edición del día

Desde que se derrumbó la URSS y se desclasificaron los archivos soviéticos, los historiadores han excavado en los registros despejando dudas y, algunos como Rabinowitch, discutiendo contra la visión dominante que puso a los bolcheviques en el podio de los “dictadores”. El autor ha escrito ya dos libros: Preludio de la revolución: los bolcheviques de Petrogrado y el levantamiento de Julio de 1917 (1968), y Los Bolcheviques llegan al poder (1976).

La idea de que la culpa de todo la tuvo la ideología marxista fue planteada por François Furet en El pasado de una ilusión. La creatividad en este terreno avanzó desde ese entonces e historiadores como Martin Malia denominaron “Ideocracia” al Estado Soviético, era el gobierno de una “idea”, la “dictadura comunista”. Rabinowitch en su libro dispara contra estas interpretaciones, para él: “Ni la ideología revolucionaria, ni el establecimiento de ningún comportamiento dictatorial son útiles para explicar los cambios fundamentales que intervinieron en el carácter y el rol político del partido bolchevique, o de los soviets en Petrogrado, entre noviembre de 1917 y noviembre de 1918, aunque su impacto no debe ser enteramente descartado”.

El factor explicativo, para el autor, debe buscarse en la transformación del partido bolchevique “de rebeldes en clase gobernante sin el beneficio de un plan acordado anticipadamente, o incluso de un concepto común”, y por ello es más relevante estudiar al partido y los soviets en el fragor de la lucha por su supervivencia.
Las tensiones entre los bolcheviques son conocidas, no solo frente a la toma del poder sino después, una vez en el poder. Rabinowitch analiza al ala moderada del bolchevismo, que poseía una extensa influencia. El debate era por la consigna “todo el poder a los soviet”, interpretada de manera divergente entre los propios bolcheviques.

Para el ala moderada, y de manera extendida entre los obreros y soldados, significaba un gobierno que incluyera a todos los partidos socialistas. La derrota de este sector moderado que hasta último momento negocia un gobierno común es atribuido a la “intransigencia de Lenin”, y a su determinación de disolver la Asamblea Constituyente en enero de 1918 –los campesinos habían perdido interés en su convocatoria al decretar el Soviet el reparto de la tierra–, testimonio de la voluntad del ala radical de los bolcheviques de actuar abiertamente contra los socialistas moderados, mencheviques y S-R de derecha.

El segundo foco de tensión para Rabinowitch fueron los soviets mismos. En Petrogrado durante el primer año, el poder estuvo realmente en sus manos, fue una “dominación de los soviet”, y por ello los bolcheviques compartían su hegemonía con los eseristas de izquierda.

Es en este momento quizás, donde surge una de las ideas fuertes del libro. Rabinowitch claramente inclina sus simpatías y esperanzas en las posibilidades que entrevé podrían haberse alcanzado si la alianza entre bolcheviques y eseristas de izquierda se hubiera mantenido. Según su visión, los S-R de Izquierda cumplieron un rol esencial en la consolidación de los bolcheviques y del régimen soviético durante este primer año en el poder. Su apoyo a la disolución de la Asamblea Constituyente y su incorporación en el mes de marzo a los Consejos de Comisarios del Pueblo, nacional y provinciales, dio al nuevo gobierno personal capacitado y el apoyo de los campesinos.

En Petrogrado, la colaboración de los dos partidos, permitió sostener la ciudad en los difíciles meses en que enfrentó la hambruna, el azote de la desocupación, la huelga de funcionarios del Estado, el cerco militar de los alemanes, e inclusive un brote de epidemia de cólera. La Comuna del Norte, integrada por comisarios bolcheviques como Zinoviev y por comisarios eseristas como Proshian o Nicolai Kornilov en agricultura, fue una muestra de ello.

Pero esta colaboración terminará abruptamente con la sublevación de los S-R de Izquierda, acto que Rabinowitch califica de “suicidio político”. En vez de expresar su oposición al armisticio con Alemania a través de su presencia en los comisariados, nacional y provinciales, y a través de los soviets, el levantamiento –según Rabinowitch no buscaba la caída de los bolcheviques sino presionar sobre ellos– “ofreció a Lenin la mejor excusa que habría podido esperar”.

A partir de ese momento la lógica amigo-enemigo entrelazó la ilegalización y el combate de los bolcheviques contra sus antiguos aliados, con el desencadenamiento del Terror Rojo y la guerra civil y el establecimiento del un gobierno “paralelo” de los generales zaristas apoyado por los británicos y franceses.

Dice Rabinowitch, si hubiese sobrevivido la alianza con los S-R de Izquierda la guerra civil rusa hubiese sido “mucho menos tortuosa” y la política de “requisas” al grano mucho menos duradera. Solo el error político de los S-R de Izquierda y la polarización generada por la guerra civil, que subordina la disidencia a un enfrentamiento mayor, inauguraron el régimen del partido único, y no una idea previa o preconcebida entre los marxistas.

Esta verdad elemental que plantea Rabinowitch se vio confirmada cuando la guerra civil terminó y los bolcheviques iniciaron la NEP. Luego, la derrota de la Revolución Alemana frenó la extensión de la revolución, por lo que surgió y se fortaleció la burocracia en la URSS. Fue en ese momento cuando sectores claves del Partido Comunista de la URSS, como la oposición de los 46, Trotsky y la Oposición de Izquierda, lucharon por el restablecimiento de la democracia soviética. Y esta democracia solo puede ser pluripartidista, debe integrar a los partidos que defienden la revolución y sus conquistas.







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