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Los 70 en Argentina: del Gobierno de Isabel Perón al golpe de Estado

Hoy recorremos los años 1974 y 1976, entre el gobierno de Isabel Perón y los inicios de la dictadura genocida. ¿Cómo fue esta revulsiva etapa de la historia argentina? Último episodio de la serie ¿Qué pasó en los 70?

Domingo 14 de febrero | Edición del día

Los 70 en Argentina: Del gobierno de ISABEL PERON al GOLPE DE ESTADO - YouTube

Luego de la muerte de perón el 1 de julio de 1974 y, al asumir Isabel, la situación en Argentina se vuelve muy crítica. El Pacto social hace agua, la crisis económica y política se profundiza, los conflictos obreros se multiplican por mejoras salariales y condiciones laborales. También la triple A recrudece los ataques y la guerrilla también. A principios de noviembre de 1974 Isabel Perón impone el estado de sitio. Las fuerzas represivas tienen cada vez más control. La crisis económica mundial golpea fuerte. Los precios de los granos caen y eran, igual que hoy, la gran entrada de dólares para el gobierno.

Hay inflación y los reajustes salariales por decreto son bajos. La izquierda sindical se sigue desarrollando, conquistando nuevas comisiones internas o sindicatos locales. La represión sobre ese activismo obrero y también estudiantil se hace cada vez más fuerte. Isabel nombra de Ministro de Educación a Ivanissevich, un viejo peronista ultraderechista.

El año 1975 comienza con el Operativo Independencia, donde la actuación del Ejército es directa en la represión interna en Tucumán y todo el Noroeste Argentino. Las cárceles se llenan de presos políticos y las libertades políticas se restringen.

Los trabajadores responden y en marzo hay dos huelgas emblemáticas. Una en Ledesma, en Jujuy el feudo azucarero de la familia Blaquier, que es derrotada y varios activistas son detenidos.

La segunda es en Villa Constitución donde el sindicato metalúrgico había sido ganado por una lista combativa y antiburocrática (LINK VIDEO ANTERIOR). Allí se realiza un operativo represivo nunca visto. Miles de efectivos de distintas fuerzas policiales e incluso matones armados a las órdenes del gobierno invaden la ciudad. Más de 300 trabajadores y toda la flamante conducción de la UOM son detenidos, muchos de ellos pasarían varios años presos. Sin embargo, desde abajo surge la resistencia. Se elige un Comité de huelga, con la segunda línea de dirigentes y activistas. Es una huelga heroica que dura dos meses pese a que la ciudad sigue asediada por la represión ilegal.

En la ciudad sitiada surgen formas de autodefensa armada contra los fachos que a la noche hacían atentados y buscaban a los del Comité de huelga. Si esa voluntad de enfrentar a las bandas fascistas se hubiera extendido y profundizado, tal vez otra hubiese sido la historia. Tampoco en este terreno faltaba voluntad de los obreros más conscientes. Pero ni Montoneros ni el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) atacaron a estos sectores, negándose en el fondo a armar grupos de autodefensa y a poner su arsenal de armas en función de esta tarea.

A principios del año 75, fracasa el intento de reflotar un nuevo Pacto social. La crisis se agudiza porque se cumplen los 2 años establecidos y se convoca a las paritarias. En medio de la discusión de los convenios colectivos de trabajo, el gobierno peronista lanza un Plan de ajuste brutal, de shock, que anuncia el nuevo ministro de Economía Celestino Rodrigo.

Básicamente implicaba la suba de combustibles, tarifas, y precios de 150 al 200%, similar devaluación del peso, e Isabel pretendía un tope máximo de 45% de aumento de salarios. Desde el interior empiezan las primeras respuestas obreras, marchas y paros contra Rodrigo y su plan.

En el Gran Buenos Aires surge una fuerza desde abajo que desborda a la burocracia sindical. Los sindicatos, las comisiones internas, delegados y agrupaciones sindicales antiburocráticas se nuclean en las Coordinadoras que se convierten en verdaderas formas de autoorganización por fuera de la CGT y de la burocracia que llegan a encuadrar a más de 100 mil trabajadores en especial del GBA, siendo un factor decisivo.

El 7 y 8 de julio la CGT, desbordada y con temor a perder todo, convoca a una huelga general por la aprobación de los convenios. Pero no es un simple paro nacional como los que veremos después muchas veces bajo Alfonsín, De la Rúa o incluso al final de Menem, y algunos bajo los gobiernos kirchneristas. El Rodrigazo es algo distinto. Se inicia desde las bases, de hecho el país estaba parado hacía semanas, y tiene un carácter político. Los obreros llegan a Plaza de Mayo cantando “Conteste, conteste, Isabel cuánto gana un obrero, cuánto gana un coronel”. Solo hay insultos para López Rega, el ministro político y responsable de la Triple A, y Rodrigo.

Cuando la situación parece incontrolable, Isabel capitula y al mediodía del 8 de julio, antes que finalice la huelga de 48 horas, reconoce las paritarias.

El gobierno queda en la cuerda floja, López Rega y Rodrigo renuncian y otros ministros lo siguen. Isabel pide licencia, siendo reemplazada por el senador Ítalo Lúder. El peronismo, que había retornado al poder para desviar o derrotar el auge obrero setentista, estaba fracasando.

En este contexto la CGT sale a apuntalar al gobierno. Las Coordinadoras no lograron proponerse como una alternativa política al gobierno peronista, lo que le impide dar una perspectiva distinta a los trabajadores a la clase media arruinada por la inflación y el ajuste.

Para este momento, la crisis capitalista en nuestro país se encaminaba a una salida contrarrevolucionaria como en Uruguay o Chile. Pero no era inevitable. Se precisaba tener una estrategia para que esa vanguardia que lideró a sectores grandes de las masas en los días del Rodrigazo se convirtiera en factor político, no solo sindical o reivindicativo, y diera una salida progresiva, obrera y popular. Esa organización política debía combatir en primer lugar la conciencia de colaboración de clases, de esa conciliación entre los explotadores y los explotados que inculcan el peronismo, la burocracia sindical , los reformistas y la centroizquierda.

Esa fuerza que se desató en el Rodrigazo y se expresó en la Coordinadoras es la que hace temblar a los empresarios. La guerrilla es una excusa que les sirve a los poderosos para militarizar el país. El gobierno peronista dicta los decretos de aniquilación de la subversión dando rienda suelta a los militares para la represión abierta.

El líder radical Balbín denuncia y llama a terminar por enésima vez con la guerrilla fabril. Esta era una forma de acusar a los delegados que en las fábricas usaban métodos duros de lucha sindical, como los paros salvajes, los bloqueos y las ocupaciones, a veces con rehenes. Era una incitación a que los echaran, los metieran presos o los asesinara la Triple A.

Además de Balbín, la Iglesia, el imperialismo y la gran burguesía van a golpear la puerta de los cuarteles.

Dos actos guerrilleros se realizan a fines de 1975. Uno de Montoneros en Formosa que en el asalto al cuartel terminan matando a 10 soldados conscriptos para conseguir 70 fusiles. El repudio popular es extendido y los montoneros pierden prestigio. El segundo es en vísperas de la Navidad de ese año, cuando se produce el asalto frustrado al cuartel de Monte Chingolo organizado por el ERP. Como tenían infiltrados que avisan a los militares, éstos estaban preparados y mueren más de 80 combatientes, mientras que la Policía y el Ejército tiene unas pocas bajas. Es el golpe definitivo al brazo armado del PRT aunque seguirá operando pero muy debilitado.

El golpe del 24 de marzo se produce bajo la excusa de terminar con la guerrilla cuando ésta había perdido casi toda su capacidad de fuego y con cientos de militantes presos o asesinados. El golpe genocida crea un estado de terror contra la vanguardia obrera y juvenil y para derrotar definitivamente ese ascenso que había comenzado siete años antes con el Cordobazo. Lo que se busca es sembrar terror, como en Chile o Uruguay, para que por décadas nadie más se animara a cuestionar el poder de los capitalistas.

Así se crearon las condiciones para que el neoliberalismo avance en nuestro país, terminando con las conquistas de los trabajadores y aumentando la pobreza en forma estructural; mientras todas las empresas pasan a manos privadas. Una situación sostenida y consolidada por todos los gobiernos.

A la pregunta ¿qué faltó para que ese poderoso movimiento insurgente pueda derrotar la reacción violenta que representó la dictadura militar? Podemos decir que lo que realmente faltó fue un partido revolucionario que, insertándose en las masas, fuera una alternativa al peronismo que de ser un movimiento nacionalista con rasgos progresivos en los primeros gobiernos; en los 70 se convirtió en un aparato reaccionario destinado a querer salvar al decadente capitalismo argentino asediado por los trabajadores y sus luchas. Un partido que luchara para imponer un gobierno de trabajadores y sectores populares que abriese el camino a la sociedad socialista por la que cientos de miles añoraban y luchaban aun sin tener claridad de cómo lograrlo.






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