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Red Internacional

Aniversario.Los 120 años del teatro Mitre de Jujuy y un discurso que atrasa más de un siglo

Fundado en 1901, se festejaron los 120 años del Mitre con super producción, pero un contenido que atrasa siglos.

Nadia RugeColumnista Pateando el Tablero

Sábado 4 de septiembre | 10:41

El 29 de agosto. Se llevó a cabo un espectáculo por los 120 años del teatro Mitre de Jujuy, una super producción con 120 artistas en escena, un escenario 360º montado afuera del teatro en la intersección de Alvear y Lamadrid. Luces increíbles, 4 pantallas gigantes y sonido del mejor.

El secretario de Cultura Luis Medina Zar, dijo que la idea de este espectáculo era tener una propuesta pionera, diferente, y que la comunidad disfrute del arte al aire libre.

Personalmente no vi ninguna propuesta nueva, el arte desde sus orígenes ocupa las calles, las paredes, las plazas, las cavernas, el espacio público, el espacio verde al aire libre. Este fue un escenario de elite montado sobre la calle. Las butacas de adentro imitadas y ordenadas milimétricamente afuera, con lugar reservado para “personalidades”, vallas, seguridad, y publico limitado; algo que la calle no limita pero el gobierno sí. Para poder ver esta propuesta, la comunidad debía sacar entradas por internet.

Se anunció a las dos de la tarde del viernes 27 que se reservaban entradas desde las 12hs del mismo viernes , y a las 14:10 ya estaban agotadas (además el comunicado oficial decía que las entradas estarían disponibles recién el sábado). Aunque fue un espectáculo en la calle, la gran cantidad de público que se quedó sin entradas no podía asomar ni la nariz porque todo estuvo bien custodiado, separado, y controlado. Novedosa y sobre todo popular la idea del Zar ¿No? Ponele.

La gala del Mitre fue armada como para el mismísimo Bartolomé. O para Gerardo. O para el gobierno nacional, porque Medina Zar dijo que desde nación “nos vieron por streaming”.

120 años contados desde el poder y para el poder

Según el guion, en 120 años de teatro pasaron por sus tablas el sainete criollo, las danzas españolas, las danzas folclóricas, la ópera, el ballet, algo de circo, los títeres, la comedia musical y pará de contar. No existió según este relato ninguna expresión disidente, no hubo teatro independiente de creadores jujeñxs, tampoco nuevas expresiones en la música, las danzas, artes plásticas y visuales, ni nuevas expresiones artísticas urbanas, jujeñas, jóvenes… nada. Tampoco expresiones históricas como “el vejigazo” por ejemplo, el origen disruptivo y contestatario de lo que hoy conocemos como fiesta nacional de los estudiantes, donde les jóvenes satirizaban, criticaban fuertemente y se burlaban de los poderosos de turno, y ejercían creativamente su derecho a la libertad de expresión.

Cada segmento de esta producción estuvo representado desde el estereotipo mas burdo, atrasado, machista. Desde una visión elitista y absolutamente comercial. Todo el espectáculo, de principio a fin es conducido por un personaje estilo bululú.

Un actor solitario que va contando historias de pueblo en pueblo y asume distintos personajes al presentar cada escena. Al malambo por ejemplo, lo presenta una especie de Juan Moreira bruto y machista, peluca de cotillón y vincha de juguete, gaucho que hace de mujer desde la burla (como hace siglos, cuando no nos dejaban pisar un escenario por ser mujeres y nuestros papeles los hacían ellos, así). Gaucho macho, pobre y “de pocas luces” por decirlo de alguna manera, como si al texto lo hubiera escrito Domingo Faustino Sarmiento. A la hora de las danzas españolas el presentador asume rol de un torero, también desde el más absoluto estereotipo machista y bruto. El que imita burlándose los pasos de flamenco sin que le salga uno, diciendo que las mujeres no nacimos para “ser comprendidas, sino amadas”.

¡Después viene el carnaval! Allí el presentador es un disfrazado de coya. Así de brutal. Disfraz de coya de cotillón, se muestra una persona disfrazada de un coya que no sabe ni caminar, que viene cantando un carnavalito, tropieza y antes de subir al escenario, se cae y se golpea. Además habla exageradamente (¿Como hablan los coyas?) y cuenta que el próximo año habrá carnaval (sin hacer mención a la pandemia) y cómo va a escaparse de “su” china para ser soltero. Como va a “chupar” en exceso, tirar el celular para que nadie lo encuentre y volver listo para la “chutiada” de “su” china cuando vuelva después de una semana – porque, claro, las “chinas” no tenemos derecho al carnaval, nos quedamos en casa y esperando para atacarlos, según este personaje.

Gaucho, gallego y coya pobres, representados como brutos, gente que no sabe hablar, ni caminar ni bailar. Ah! Pero cuando los personajes son señores de la alta sociedad es distinto. Trajes, pelucas blancas, caminan bien, hablan bien, cantan bien. Un hilo conductor que no corta ni dos segundo con el machismo. 120 años contados por varones, como si no hubieran existido bululúas y juglaras (prohibidas, perseguidas, escondidas, censuradas, pero las hubo chikes, las hubo).

Punto aparte el contenido que se vierte como verdad única y no es tan así. Como la idea de que el teatro nace en Grecia, hay una mención a Federico García Lorca desde la burla sobre uno de sus poemas más brutales como es “La cogida y la muerte” (“a las 5 de la tarde”) donde discuten tres estereotipos de mujeres ricas sobre lo que es el teatro. Tres mujeres que se burlan de Lorca y de las mujeres gordas, sin ninguna mención al rol de mujer en 120 años de historia. Solo 3 perfiles de chetas que se olvidaron que Lorca dijo: “el teatro que no recoge el latido social, el drama de sus gentes, el color genuino de su paisaje, con risas o con lágrimas, no tiene derecho a llamarse teatro, sino sala de juego, o sitio para hacer esa horrible cosa que se llama “matar el tiempo”.

En el final habló el Mitre, que también tiene voz de varón. Y cumple el sueño (individual) del presentador de hacer comedia musical. Cumple sueño al estilo de la compañía que dirigía el secretario de cultura, es decir, al estilo Disney – como cuando los ratoncitos visten a Cenicienta). El final es al estilo del zar. ¿Una bufonada?
Bueno, no es casual que el secretario eligió para escribir y dirigir este espectáculo de 120 años de historia. Nuestra historia. ¿A una directora de teatro? No. ¿Dramaturga? No. ¿ Actriz? ¿Bailarina, escritor, música o algo por el estilo?
No. Guion y dirección a cargo de una “event planer”.

La historia del teatro, que es nuestra historia, contada por una productora privada de eventos empresariales corporativos y sociales -que habla de clientes y no de artistas- Esa es la mirada y la vara con la que el Zar decidió dejar a cargo esta producción. En la que no participó, según los créditos, ninguna institución estatal de arte (profesorados, escuelas de danza y teatro, etc. Solo compañías privadas)

¿Basta de zares no?

Es hora de escribir la propia historia, recuperar la historia que no cuentan, la del teatro independiente , la de la lucha por la ley del teatro, la del elenco y ballet estables que vaciaron y ningún gobierno se dispuso a recuperar para avanzar en plenos derechos para laburantes del arte y la cultura. La historia del vegijazo y la lucha contra la censura, el oscurantismo. La historia de escuelas estatales de artes en danza, teatro, que no tienen abiertas las puertas del Mitre todavía. Menos de sus galas. Hora de decidir qué quiero decir y qué no arriba de un escenario. Asumir el compromiso del decir, sin ampararse en el fundamento del contrato individual sin más. Porque el teatro es mucho más que eso. Que no nos hagan decir lo que queremos, que no hablen por nosotros.

Y en ese sentido , me gustaría cerrar con unas palabras de Carlos Fos, que nos incita a conocer y valorar la exposición y expresión del bagaje teatral modelado por las voces de grandes maestros, pero también por los susurros de aquellos anónimos que ponen día a día sus sueños en praxis, sin medir sacrificios ni reparar en medios.
Es hora de “gambetear el mero divertimento y la sobre intelectualización para lanzarse, sin redes de contención, a pelear en el terreno de las ideas a los vacuos y atractivos cantos de sirena de aquellos que desean transformar al teatro en mercancía transable.




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