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Lopérfido y Avelluto, la contracultura de los derechos humanos

Elizabeth Yang

@Elizabeth_Yang_

Viernes 8 de abril de 2016 | Edición del día

Desde las declaraciones de Lopérfido a inicios de este año, organismos de derechos humanos y artistas vienen reclamando su renuncia (ver LID). Y no es para menos, “No tengo ningún problema en decirlo, en la Argentina no hubo 30 mil desaparecidos, fue una mentira que se construyó en una mesa para conseguir subsidios.” fueron sus palabras y las defiende en pos de una supuesta libertad de opiniones, un “ceder la palabra” por la tolerancia ideológica.

Sin embargo, los objetivos en verdad son otros como lo demuestra el exmilitar Jorge Di Pasquale que interrumpió varias veces a un testigo en el juicio de lesa humanidad "La Escuelita" en Neuquén, al grito de “¡no eran 30.000!”.

El testigo era José Montes, dirigente del PTS y obrero jubilado del Astillero Río Santiago, quien explicaba al tribunal que "No había una guerra como dicen los genocidas, no fue un problema que se les fue la mano en la tortura, fue un plan orquestado desde el imperialismo yanqui. Se quiere negar un genocidio de clase porque lo que hicieron fue cortar la tradición de lucha de la rica historia obrera". Escuchar este testimonio, según lo describe el diario Río Negro, fue lo que literalmente sacó de quicios al militar genocida, quien recurrió a los argumentos que desde el poder le dan pie para su postura del primer relato, el que dice que fue una guerra contra el “comunismo apátrida”. Este primer relato está tan lejos en el tiempo que se hace hasta difícil escribirlo.

Y el ministro de Cultura de la nación no es menos en sus posiciones políticas en relación a los derechos humanos. Fue productor del documental “El diálogo” estrenado en el BAFICI del 2014, al que asistieron Hernán Lombardi, por aquel entonces ministro de cultura de la ciudad, Gabriela Michetti y Laura Alonso del PRO, Ernesto Sanz de la UCR, entre otros. Los mismos que hoy están en el poder. Claro, no es una casualidad ni que el viento los amontona, sino que son parte de la misma política que los va aunando. El propio Lombardi destacó en aquel momento la importancia de esa película para construir una visión "más tolerante y amplia". Así le llama al intento de reconstruir relatos ya derribados por la lucha incansable de las organizaciones de derechos humanos y partidos de izquierda que se han mantenido independientes del gobierno y siempre enfrentaron la impunidad.

El documental y también el libro homónimo plantean que en los 70 no hubo ni víctimas ni victimarios, y pone a todos los sujetos en el mismo plano. Ni tampoco nada que reivindicar de esa época ni héroes ni grandes luchadores. Así lo explican en diferentes entrevistas sus directores Pablo Racioppi y Carolina Azzi, la novia del ministro Avelluto, a quien luego de los 500 despidos la designó coordinadora de comunicación.

El film “El Diálogo” consiste en una conversación entre Fernández Meijide (recordemos que fue mentora junto a otros de la Alianza y del gobierno de De La Rúa) quien viajó especialmente en mayo de 2013 a Florianópolis, a entrevistarse con Héctor Ricardo Leis, autor de “Un testamento de los años 70” un libro de un montonero arrepentido que llega a decir tonterías como que “La violencia es una droga, literalmente. La violencia seduce y cuanto más se la ejerce más seduce. Esto nos fue llevando, no sólo a nosotros sino también a los militares”. O barbaridades como las que plantea en el trailer mismo de la película “somos todos Videla en la Argentina”.

En el año del 40 aniversario del golpe genocida, cuando aún resuenan las miles de voces desde la Plaza de Mayo colmada, desde el poder, y en particular desde los ministerios de Cultura hay un intento de plantar la semilla de los viejos relatos que niegan el terrorismo de estado y el genocidio, los relatos de la “guerra sucia” o el de “los dos demonios”. Pero estos intentos se enfrentan día a día con la batalla cultural ganada de los derechos humanos, la que mantuvo la lucha por la cárcel a todos los genocidas, y que nunca se contentó con descolgar un cuadro de la pared.







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