Géneros y Sexualidades

ANTE LA MUERTE DE LA DIRIGENTE TRAVESTI

Lohana Berkins: “Si pudiera nacer de nuevo, elegiría ser travesti”

El 5 de febrero, falleció Lohana Berkins, la dirigente travesti más reconocida de la Argentina y una referente internacional del movimiento LGTB. Sus restos fueron velados en la Legislatura porteña, donde su familia, amigas y amigos, recibieron las condolencias de activistas del movimiento LGTB, referentes del feminismo, sus compañeras de la cooperativa de trabajo Nadia Echazú, personalidades políticas y de la cultura, militantes de partidos de izquierda, funcionarios y legisladores. En representación del PTS en el Frente de Izquierda y de la agrupación Pan y Rosas, estuvimos allí con el legislador porteño Patricio del Corro y una delegación de compañeras y compañeros, para rendirle homenaje.

Andrea D'Atri

@andreadatri

Sábado 6 de febrero de 2016 | Edición del día

"Hay que tener mucho coraje", dibujo de Andrea D’Atri

Traidora del patriarcado

Lohana Berkins nació en Salta, en algún año de la década del ’60, pero siendo muy joven tuvo que abandonar su pueblo para recalar en la capital provincial y luego, trasladarse a Buenos Aires, donde –como la mayoría de las travestis- logró sobrevivir en la prostitución. En Buenos Aires, conoció a las militantes de la Asociación de Travestis Argentinas (ATA), cuando participó –como integrante de la Asociación de Meretrices de Argentina- en la IIIº Marcha del Orgullo de 1994. Fue a través de ellas y de Carlos Jáuregui –conocido dirigente del movimiento gay- que empezó a reconocer la importancia de organizarse en torno a su identidad de género y pelear por la visibilidad y el reconocimiento de las personas trans. Es así que funda, junto con otras compañeras, la Asociación de Lucha por la Identidad Travesti y Transexual (ALITT).

Lohana Berkins junto a Carlos Jáuregui, en el Primer Encuentro de Organizaciones LGTB en Rosario, 1994. Fotografía de Valeria García.

“Somos traidoras del patriarcado y muchas veces pagamos esto con nuestra vida. (…). El patriarcado nos castiga por ‘renegar’ de los privilegios de la dominación que nos adjudican los genitales con los cuales nacemos. Las mujeres se sienten muchas veces con un sentimiento de invasión, de usurpación de la identidad. Por el otro lado, sufrimos la violencia institucional, aplicada en aras de salvaguardar la moral, las buenas costumbres, la familia, la religión. Esta violencia es consecuencia de otra, la social, y nos es aplicada por atrevernos a desafiar el mandato social de lo que tenemos que ser y hacer. A diferencia de gays y lesbianas, las travestis no tenemos opción en cuanto a nuestra visibilidad. No podemos elegir no decir a nuestras familias qué somos o queremos ser, no podemos elegir cuándo salir del closet”, señala en su artículo “Un itinerario político del travestismo”, publicado por Diana Maffía en la compilación Sexualidades Migrantes, género y transgénero.

Su avasallante personalidad, su humor desopilante, su fuerza combativa, su aguda inteligencia y su enorme avidez por el conocimiento la transformaron, muy pronto, en una referente indiscutible del movimiento LGTB de la Argentina. Marcó una nueva etapa para el activismo, en una época en que las travestis sólo eran visibles para la policía, que las perseguía y encarcelaba, las golpeaba, las violaba y las asesinaba con la impunidad que les daba su invisibilización, la marginación social y la discriminación institucional de la que eran víctimas.

Ganar las calles para dejar la calle

Aunque pronto se hizo conocida en el ambiente del activismo, en el año 2000, ganó mayor popularidad cuando decidió abandonar la esquina del barrio de Flores donde ejercía la prostitución y enviar una carta a la entonces secretaria de Promoción Social del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, la locutora y política Pinky Satragno, pidiéndole una audiencia. El presidente Fernando De La Rúa había dicho que no quería prostitución en la calle y Lohana –que había empezado a prostituirse a los trece años- encontró allí una buena excusa para exigir trabajo y visibilizar la discriminación laboral contra las travestis.

Esa carta, para la que consiguió más de doscientas adhesiones –con las firmas de la Madre de Plaza de Mayo Línea Fundadora Nora Cortiñas, el escritor David Viñas y el artista plástico León Ferrari, entre otras- , señalaba: “El motivo de mi carta responde a que jamás pude acceder a un trabajo. Posiblemente, esta misma le resulte familiar como todas las que usted recibe a diario. Pero yo me atrevería a decirle que no. Mi situación de no ocupada no radica tan sólo en la falta de trabajo sino que por mi condición de travesti me veo obligada a ejercer la prostitución callejera...” En otro párrafo, hacía referencia a su condición de clase y de género: “Por mi doble condición de excluida: de pobre y travesti, demando que el fin último de una democracia sea atender y asistir a la ciudadanía en su conjunto, sin ningún tipo de discriminación y respetando las diferencias”.

“No me eran extraños el maltrato de los hombres, la violencia, el frío, tres grados bajo cero y yo bajo un arbolito, la lluvia, la miseria de las comisarías, de las cárceles. Me parecía que ése era el mundo, algo para lo cual yo estaba hecha. Había empezado a prostituirme a los trece años, y uno sentía que era parte del juego, pero no me daba cuenta de que yo me estaba muriendo por dentro. Lo que yo estaba dejando ahí era tremendo. Por eso dije ‘no voy más a la calle’, y esa decisión significa reclamar otra dignidad”, explicaba en una entrevista de ese entonces al diario Página/12. Estaba convencida de que el Estado era responsable de legitimar la discriminación y por lo tanto, contra él había que ir para conquistar el derecho a una vida vivible.

En ese entonces, un político podía hacer una campaña electoral prometiendo “una ciudad sin travestis”, mientras los medios azuzaban a los vecinos que se organizaban para barrer a las mujeres y las personas trans que ejercían la prostitución en determinados barrios de Buenos Aires. “Nadie hace el mínimo intento por ocultar su travestofobia. (…). Si el cartel dijera por una ciudad sin judíos, sin discapacitados, o sin mujeres, ¿cuántos hubiesen saltado a repeler la barbarie?”, decía Lohana en aquella entrevista.

Mientras tanto, terminaba sus estudios secundarios, convirtiéndose en la primera travesti inscripta en una escuela con su nombre elegido y presentándose de acuerdo a su identidad de género. Obviamente, no tardó en ser elegida delegada de su curso, por sus compañeros y compañeras.

Poco después, el entonces legislador de Izquierda Unida por el Partido Comunista, Patricio Echegaray, la contrató como secretaria. Lohana se convirtió en la primera travesti trabajadora del Estado, en la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires. La misma donde ayer velamos sus restos.

Amar a la trava

Fue para esa época que la conocí personalmente. Antes sólo la había cruzado en las Marchas del Orgullo, pero nadie nos había presentado. Pero en mayo del 2000, la entrevisté para el periódico La Verdad Obrera, la prensa del Partido de los Trabajadores Socialistas. Si las travestis eran discriminadas social e institucionalmente, también vale decir que tuvieron que enfrentar los prejuicios travestofóbicos de gran parte de la izquierda que para entonces, ni siquiera asistía demasiado a las Marchas del Orgullo.

Éramos una excepción y creo que fue porque advirtió eso que, en una ocasión, Lohana me hizo de “guardaespaldas” cuando una reconocida dirigente lesbiana –de lo que ella denominaba “la burocracia homosexual”- me atacó, gritando que el Partido de los Trabajadores Socialistas era homofóbico porque habíamos criticado políticamente a la comisión organizadora de la Marcha del Orgullo. Con la izquierda, Lohana construyó puentes que se transformaron en alianzas indiscutibles en las calles, enfrentando la represión, la persecución policial e institucional, en las luchas por las libertades democráticas, peleando por la liberación de presas y presos políticos y otras demandas sociales. Y también organizando las “contramarchas”: grupos minoritarios de activistas LGTB y sectores de la izquierda que nos resistíamos a que las marchas del Orgullo fueran apenas una fiesta comercial, sin denuncias políticas contra la Iglesia, el gobierno y las fuerzas represivas del Estado.

Actividad en el Centro Cultural Rosa Luxemburgo, que impulsaba el PTS, por la libertad de "lxs presxs de la Legislatura", con activistas de distintas agrupaciones políticas y sociales, 2004.

No sé de ninguna persona –cualquiera fuera su identidad de género o su orientación sexual- que conociera a Lohana e inmediatamente no se enamorara de ella. Y fui una de ellas. Por eso, aunque nunca dejamos de plantearnos nuestras diferencias políticas e ideológicas, éramos cómplices en cada movilización, en cada encuentro y en cada actividad para crear consignas que luego serían entonadas por centenares y miles de personas. Siempre me buscaba para eso “Dale, Pan y Rosas… invéntate algo contra los curas”; “Dale, D’Atri, pensemos un cantito contra el patriarcado”. Yo me reía y le corregía la métrica que no encajaba con la música, o las malísimas rimas que quería forzar a toda costa.

Ayer, cuando nos enteramos de su muerte, varios compañeros de mi partido me recordaron que, siendo ellos estudiantes secundarios en la época de la lucha contra los Códigos Contravencionales, conocieron a Lohana cuando enfrentando la represión policial se les ocurrió gritar con bronca “yuta hija de puta” y ella se les acercó para explicarles, casi amorosamente, por qué no tenían que usar ese término de manera peyorativa.

Ella que se había enamorado del feminismo tuvo que soportar, entre otras cosas, que no la dejaran entrar a encuentros feministas por no ser “mujer biológica”. Con compañeras de distintas agrupaciones y tendencias políticas, también tuvimos que pelear porque dejaran participar a Lohana de los Encuentros Nacionales de Mujeres.
No puedo olvidar el día en que me contó que su familia era acomodada, una familia tradicional salteña de la que salió disparada por su condición de travesti siendo una adolescente. Me dijo: “¿Sabés qué fue lo peor de hacer la calle?” Yo pensé que me iba a hablar de la represión policial o de la violencia de los clientes, pero no. “Lo peor fue el primer día de frío que las travas se juntaron en la vereda a hacer un guiso en una olla y me dieron un platito de plástico. ¿Comer en un platito de plástico yooooooo? Eso me costó un montón. ¡Mi mamá tenía unas porcelanas divinas!” Nunca me preocupé por corroborar si eran ciertas sus historias. ¿Qué importancia tenía? Lohana nos hacía reír, siempre, con sus ocurrencias.

Has recorrido un largo camino, muchacha

Lohana fue, además, asesora de la legisladora porteña Diana Maffía y fue candidata a diputada nacional en el año 2001. En 2008, creó la Cooperativa Textil Nadia Echazú. En 2010, junto con otras y otros activistas de diversas organizaciones, conformó el Frente Nacional por la Ley de Identidad de Género, que impulsó la sanción a nivel nacional de la ley aprobada dos años más tarde. En 2011, fue galardonada como Personalidad Destacada de los Derechos Humanos, en la Legislatura porteña. En 2013, fue designada para presidir la Oficina de Identidad de Género y Orientación Sexual, que funciona bajo la órbita del Observatorio de Género en la Justicia de la Ciudad de Buenos Aires. Y sin embargo, aunque consiguió lugares inimaginables en el mundo de las oficinas institucionales, nunca abandonó la lucha en las calles, donde seguíamos encontrándonos.

Lanzamiento del Frente Nacional por la Ley de Identidad, en el local de la CTA, 2010

Por eso, a pesar de las divergencias ideológicas y políticas que se fueron acrecentando en los últimos años, quiero recordarla como lo hice ayer mismo en su velatorio, con sus propias palabras. Aquellas con las que cerró la entrevista que le hice en el año 2000 para la prensa partidaria del Partido de los Trabajadores Socialistas: “Mi vida fue muy dura pero a pesar de todo esto, si pudiera nacer de nuevo y elegir, elegiría ser travesti. Sería travesti, negra, boliviana, judía, la que se hizo abortos, la mujer golpeada, asesinada por el policía, la que encarcelaron. Elegiría todo eso de nuevo. Porque el triunfo más grande que voy a tener al final de mi vida es que voy a tener la seguridad de que jamás, mientras fui consciente, soporté una discriminación, una exclusión, ni en público ni en privado. Me rebelo a todo esto. Contra la discriminación, la exclusión, la represión seguiré luchando el resto de mi vida…”.

Murió Lohana Berkins. Pero su furia travesti seguirá viva.







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