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Lo menos pensado: cuentos eróticos de Navidad

En el marco del espíritu festivo que invade estos días, y de la vorágine que a veces causa, nada mejor que compensarlo con uno de los goces menos esperados y más disfrutables de la navidad: el sexo.

Lola Sánchez

Corresponsal Comodoro Rivadavia

Viernes 20 de diciembre de 2019 | 22:08

En antología de Cuentos eróticos de Navidad (1999) las fiestas se renuevan con un toque sensual y poético, a veces sucio y animal, otras veces tierno, que tiñe los encuentros fraternales de la Navidad con ardiente pasión.

Una serie de cuentos escritos por varios autores, como Leonardo Padura, Mayra Montero y Mercedes Abad, nos llevan desde esporádicas visitas de personajes navideños -con final feliz- hasta el placer entre familiares lejanos y amores prohibidos. Esta compilación rompe con los tabúes y lleva al límite la concepción navideña del encuentro.

En el prólogo adelantan la curiosidad que ya nos alimenta: “¿Por qué, se preguntarán, reunir en un volumen dos temas tan dispares? Así, a bote de pronto, uno diría que la navidad es un antídoto contra la lujuria (...) Sin embargo, precisamente por tratarse de una tradición de origen religioso, y antigua, se presta perfectamente a un irreverencia más profunda, chocante y turbadora”.

“Dorso de Diamante”: El instinto femenino

A diferencia de las narrativas eróticas que trazan una idea patriarcal del goce femenino, el primero de los cuentos de esta antología, “Dorso de Diamante”, de Mayra Montero, ofrece una visión realista y brutal del sexo entre mujeres.

Un amor prohibido que debe quedar en familia, en plena Nochebuena. La protagonista se entrega a un deseo imposible de frenar. Tan bizarro como hacer el amor en medio de un laboratorio, rompiendo frascos que guardan insectos y patógenos: así se halla a sí misma, encontrando una feminidad animalada que se entrega.

Dominar y ser dominada. Con sutileza busca a “su mujer” y la posee, pero también acepta sus órdenes.

“Le dije ‘mujer mía’, y ella entonces me ordenó que subiera, que me sentara sobre su rostro, nunca me había sentado sobre el rostro de nadie, hombre o mujer. Ni siquiera el padre de mis hijos puso jamás sus labios en mi sexo, ni el hombre que llegó después ni tampoco el siguiente. De un modo oscuro, redentor en su instinto, me había estado guardando”.

En este relato, el instinto femenino es una pasión desenfrenada que se condensa en el momento del placer sexual. El amor entre mujeres resulta en un universo donde coexisten el coito más sucio y la ternura más dócil.

En el laboratorio -que se ofrece como refugio para el placer prohibido- las mujeres consuman su amor, consuman sus instintos ocultos y se entregan. Por unos minutos.

Cuando el clímax se apaga, la conciencia animal las abandona y deja su lugar a la conciencia humana. La protagonista sufre el castigo que su animalidad rechazaba: la culpa.

“Me acababa de acostar con su mujer, había tenido en mi boca sus pezones, su sexo, su navegable espalda, y el mundo ardiente de sus nalgas y lo que había adentro. Devoré a su esposa, que en cierto modo era también la mía”.

“...que en cierto modo era también la mía”. Al final, la conciencia humana pesa pero el instinto se queda allí, atravesado y dormido, esperando otra oportunidad.

“Ideogramas húmedos”: la poderosa combinación de sexo y literatura

En este cuento, de tradición asiática (lo que ya marca una línea de perversidad disfrazada con un gesto serio), la literatura se acuerpa en el sexo de una joven norteamericana que se entrega en el deseo húmedo hacia su profesor japonés.

Mercedes Abad logra una narración de dudosa credibilidad, mediante la cual el lector se adentra en las pasiones y acaba por ceder: verdadera o no, la historia nos deja profundamente turbados, profundamente atraídos.

Como otras historias de este volumen, “Ideogramas húmedos”, de Mercedes Abad se narra en clave sexual: al igual que el coito, comienza lento y suave y asciende sin cesar hasta un clímax, una escena poderosísima que condensa el sentido de la historia. Los finales tienen ese sabor entre la amargura, el ardor saciado y el cansancio.

Un ritual japonés: una escritura con tinta y flujos vaginales que espera encantar al hombre deseado. La historia es tan extraordinaria que casi parece real.

“El niño y la sirena”: Romper la norma nunca dicha

Por José María Álvarez, “El niño y la sirena” toca uno de los tabúes más silenciados. Un niño, a punto de estallar en su sexualidad temprana, ve con ojos de adulto a su prima: una adolescente que llega de visita para celebrar la Navidad.

Aquí los símbolos se dan vuelta de una manera fascinante: el portal de Belén se convierte en la excusa perfecta para rozar los cuerpos e iniciar el rito. Como niños, juegan a eso que “hacen los adultos” y abandonan cualquier sentimiento de culpa y vergüenza.

El relato recorre algunas cuestiones “sucias” y normales del sexo adolescente. Y narra una historia de amor breve como muchas otras. Además, seduce al lector con un movimiento incesante entre la línea que divide lo angelical de lo perverso.

Encuentros navideños ¿poco comunes?

Este volumen ofrece múltiples caminos para romper con la santidad de las fiestas, para pensar otros encuentros, otras sexualidades. Y reconocer que en lo que hay de alegría y felicidad también hay un punto ineludible de erotismo.

Con más de diez relatos escritos por hombres y mujeres, la compilación de eróticos de Navidad fascina a sus lectores y los seduce para traspasar el límite entre lo cristiano y lo prohibido.







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