Sociedad

EL CORONAVIRUS EN LOS BARRIOS

Lisandro Olmos: la pandemia en los barrios olvidados

Entrevistamos a Romina y Lorena, vecinas de Lisandro Olmos, en las afueras de la ciudad de La Plata, quienes nos dieron su mirada sobre la vida en el barrio y cómo afectó la llegada del COVID-19.

Miércoles 8 de abril | 11:40

Barrio de laburantes

Lisandro Olmos se encuentra al oeste del casco urbano de La Plata. A las casas de Romina y Lorena las divide la Ruta 36, la famosa rotonda de acceso a la ciudad. Ambas nos cuentan que hoy, bajo control policial, ese acceso se encuentra interferido a raíz de la pandemia. Cada vez que alguien va a comprar o al cajero tiene que rendir cuentas para poder cruzar la rotonda.

La zona es conocida históricamente por la presencia de grandes unidades carcelarias. También es la zona de grandes quintas, donde sus trabajadores, familias enteras, son inmigrantes.

Otro gran sostén económico fue durante muchos años la fábrica textil Mafissa, la que empleó miles de personas a lo largo de su funcionamiento y por la que varias familias se fueron asentando y formando barrios a su alrededor.

Esa empresa cerró sus puertas tras un incendio, muy dudoso (como tantos otros), generando la excusa perfecta para cobrar el seguro y despedir, a su antojo, a empleados por fuera de lo que manda la ley. Duele un poco ver ese monstruo vacío, que podría estar fabricando alcohol en gel y la materia prima para hacer barbijos y camisolines para que se provea a los hospitales.

La familia Curi, dueña de la textil, dejó a muchas familias sin su sustento fijo y sin obra social. Hoy muchas de ellas son las que pasan a vivir el día a día, “a changuear de lo que sea”, nos cuenta Lorena.

El barrio Santa Rosa, donde ella vive, es “un barrio de laburantes”, dice.
“El 90% de los que vivimos acá en el barrio, estamos en el área del empleo informal, en negro, sin licencias y sin indemnizaciones. Las mujeres mayormente trabajamos limpiando casas y los hombres en albañilería, peluquería, cortando pasto o lo que sea”.

“Acá en los barrios olvidados todo nos cuesta”, continúa, “Para acceder a los colectivos de línea, donde siempre vamos hacinados, tenemos que caminar varias cuadras, no importa lluvia, frio, ni calor”
Lamentablemente, la basura es parte del paisaje, y los reclamos al Municipio no tienen respuestas. Estos se acumulan como las ratas en los residuos humeantes. “Para las elecciones, cuando quieren nuestros votos, somos de Olmos, pero si reclamamos pertenecemos a Melchor Romero. Esa es la excusa para dejarnos sin respuesta”

Hay una salita de salud en la zona que no tiene los recursos básicos, ni de personal ni de insumos, por lo que hay que contar con obra social o trasladarse muchísimos kilómetros, de madrugada, para poder acceder a un turno en algún hospital público.

Precarización y pandemia

Pero ¿qué pasa ahora? Estamos en alerta mundial por una pandemia. En nuestro país se resolvió que hay que “quedarnos en casa”: cuarentena para que no suba la curva y seamos menos en enfermarnos al mismo tiempo. Las consecuencias en el bolsillo se dejan ver.

Romina cuenta que las visitas a las unidades carcelarias se encuentran suspendidas, por lo que todos los comercios de la zona dejaron de trabajar, por ende muchas personas empleadas allí quedaron en cero.

Ambas entrevistadas coinciden que “al mismo tiempo que aumenta la carne, la verdura, los productos básicos para vivir, las y los trabajadores nos quedamos sin laburo. En el barrio la mayoría de las mujeres que, como nosotras, son sostén de hogar, con niños y bebés a cargo, nos quedamos sin una fuente de ingreso”

A lo que Lorena agrega que “las personas para las que trabajamos ni siquiera nos han ayudado con mercadería en este contexto. Conocemos vecinos que viven a mate hace días, y algunos rompen la cuarentena para vender un numero de rifa, una bici, un electrodoméstico o simplemente pidiendo un paquete de fideos, con las mejillas coloradas por vergüenza de tener que pedir, por no poder salir a trabajar”
El hambre y la desesperación van en aumento, “armamos estrategias para ayudarnos entre nosotros, pero el círculo es pequeño y se cierra”

Romina vive en la zona conocida entre los vecinos de Olmos como la de “atrás de la vía”. Allí, quienes trabajan en las cooperativas municipales, con sueldos siempre por debajo de la canasta básica, continúan con sus labores en el barrio. Esto en medio de la disposición de cuarentena, sin protección adecuada, y con riesgo a contraer también otras enfermedades, como el dengue.

Leé también: Grave denuncia contra el Municipio de La Plata por cooperativista contagiado de coronavirus

Ambas mujeres se preguntan por qué siempre pagan los mismos, haciendo referencia a que se persigue al del almacén de la esquina pero nadie hace algo con los grandes remarcadores de precios, como “la Serenísima", por dar un ejemplo, o las cadenas de hipermercados. “Ellos son los primeros eslabones de una cadena que termina en nosotras, las que tenemos que comer cada día sin un peso en el bolsillo”

En relación al ingreso de emergencia de 10 mil pesos que habilitó el Gobierno nacional, Romina plantea que, aún accediendo, “la vida se está haciendo muy difícil, y es plata que llega tarde y no alcanza para llenar la olla hasta el último día del mes”.

Y la asistencia estatal es poca o nula: “las bolsas de comida prometidas a los barrios no llegan, o muchos no nos hemos enterado, quizá estén en casa de algún puntero de turno, esos que en los barrios abundan” agrega Lorena.

La falta de acceso a un trabajo estable, a la atención adecuada de la salud, a una vivienda digna. Condiciones dignas de vida. “Esta pandemia muestra lo perverso de un sistema en el que veníamos remándola contra corriente”

Romina y Lorena nos cuentan que a veces se sienten abatidas, desesperadas y abandonadas, con la incertidumbre de no saber que comerán sus familias, y pensando q en breve serán varios de su entorno los que tendrán que poner en riesgo la vida por el virus, la represión policial, por romper la cuarentena, o el hambre.

“Es angustiante la sensación de saber que no puede darle a sus hijos lo básico que necesitan, extrañarlos y, muchas veces, no estar con ellos hoy por cuestiones económicas. Aunque otras personas ayuden, no quiero vivir de la limosna, ni de esperar del otro, quiero sostener nuestro hogar con un laburo digno”.

Ambas nos dicen que charlan mucho con amigas/os y conocidas/os, quienes también les cuentan sus preocupaciones, de las dudas, las ganas de romper la cuarentena para traer un mango a casa, el miedo a enfermarse, el miedo a la cana en la calle.

“Quienes vivimos en los barrios sabemos para qué usan su poder” y el enojo con las diferentes Iglesias, que no hacen nada por la comunidad, solo generan culpa y odio de pobres contra pobres, mientras se siguen llenando los bolsillos con los subsidios del Estado.

Una salida de los de abajo

Pero no todas son malas en esta crisis. Ellas saben que existe una salida para los de abajo. Saben de organización y lucha, y eligieron ese camino: "la organización, la solidaridad y la lucha son las únicas herramientas que tenemos para construir otra realidad".

Ambas relatan con orgullo, el ejemplo de los docentes que se organizan en sus escuelas laburando codo a codo ante la situación de hambre en los barrios; la fuerza de trabajadoras y trabajadores de la salud que exponen sus vidas laburando en la primer trinchera contra la pandemia, con los recursos mínimos; los obreros del Astillero que están por empezar a fabricar camillas y camas para los hospitales; y ni hablar del ejemplo de Madigraf, la cooperativa recuperada por sus trabajadores que está produciendo alcohol en gel para los barrios.

Romina y Lorena se reconocen como parte de una clase que mueve el mundo y que se organiza solidariamente para pasar esta situación y para exigir sus derechos.
“Los trabajadores tenemos que organizarnos frente a esta crisis y pelear por un salida de los de abajo, por ejemplo con un impuesto a las grandes fortunas, como las de la familia Curi (Mafissa), por nombrar a una empresa que se enriqueció tantos años en la zona. Solo con ese impuesto, si tocáramos sus intereses, podríamos garantizar un salario de 30 mil pesos para todos los desocupados y precarizados. Sacándole un porcentaje mínimo, a estas familias multimillonarias podríamos darle de comer a toda la gente que está pasando necesidad. Son ellos o nosotros". Lo dicen enojadas, pero también con fuerza y convencidas.

Es verdad lo que nos cuentan. Los barrios olvidados sufren desde siempre las penurias de este sistema, pero también saben que solo con la organización de las y los trabajadores, con la solidaridad de clase, se puede enfrentar todo esto y pelear por una salida de fondo: la salida de los de abajo.







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