Sociedad

A 100 AÑOS DE LA REVOLUCIÓN RUSA

León Trotsky y el arte de la insurrección

Este libro escrito por un coronel del Ejército norteamericano, Harold W. Nelson descubre la profundidad y evolución de León Trotsky como teórico militar, como estratega y “general” revolucionario hasta el triunfo de la Revolución rusa.

Domingo 20 de agosto | Edición del día

Trotsky como estratega*

La obra reconstruye históricamente la maduración de Trotsky como estratega militar partiendo de sus intervenciones en la Revolución de 1905 y las polémicas posteriores en el seno de la socialdemocracia rusa, para luego desentrañar su rica experiencia como corresponsal de guerra en los Balcanes en 1912-13, así como sus análisis sobre la Primera Guerra Mundial. Muestra cómo el futuro fundador del Ejército Rojo extrae conclusiones y adquiere los conocimientos militares que le permitirán convertirse en el gran estratega de la insurrección de octubre en 1917.

A los 26 años, el joven Trotsky llega a estar a la cabeza del Soviet de Petrogrado, antes de la derrota de la primera Revolución rusa de 1905. El inevitable conflicto armado que plantea la revolución lo encuentra con escasos conocimientos militares.

De las conclusiones de aquel proceso elaborará la primera formulación de su teoría de la revolución permanente. La insurrección, la relación con el ejército, la constitución de una fuerza armada de la revolución, serán algunos de los problemas de estrategia que reflexionará Trotsky a partir de entonces.

En 1912, como corresponsal del periódico Kievskaia Mysl (“El Pensamiento de Kiev”) en la primera guerra de los Balcanes, Trotsky entra en contacto casi directo con el fenómeno militar. Pondrá todas sus capacidades al servicio de sumergirse en la “guerra real”, las contradicciones de las sociedades en guerra y sus condicionamientos estratégicos y tácticos. Experiencia que continuará en la Primera Guerra Mundial.

Nelson muestra cómo Trotsky aborda en forma notable las alternativas estratégicas y tácticas de la ofensiva de la Liga Balcánica contra el Imperio Otomano de 1912. Evalúa las condiciones para la ofensiva, tanto su fuerza física (donde la débil estructura productiva de la Liga le impedía un esfuerzo de guerra prolongado), como su “fuerza moral”, como la denominaba el general prusiano Clausewitz.

Observa cómo el esfuerzo de guerra también estaba comprometido: el campesino podía morir para defender su aldea y su familia, pero no tenía ningún interés –y menos entusiasmo– en arriesgar su vida en una guerra tan ofensiva como esta. El odio nacional surge como precario sustituto ante esta falta de “fuerza moral”.

Trotsky, lejos de dejarse llevar por los éxitos iniciales, busca determinar el “punto decisivo” de la guerra. Una vez determinado (en este caso pasaba por la toma de Constantinopla) logra establecer los posibles cursos de acción y determinar cuál es el que contiene las mayores probabilidades de éxito.

Respecto a las elaboraciones de Trotsky sobre la Primera Guerra Mundial, Nelson muestra cómo Trotsky fue un agudo intérprete de la guerra de trincheras, desde sus consecuencias en la psicología del soldado, hasta el análisis de sus características técnicas, pasando por sus consecuencias tácticas y estratégicas. Llegó a una conclusión anticipatoria, no solo en lo militar, sino también en política, ante las variantes socialdemócratas que, utilizando las metáforas militares, sostuvieron que la “guerra de trincheras” debía transformarse en estrategia para el movimiento obrero occidental.

Como señala Nelson: “Después de estudiar la guerra en los Balcanes y Europa Occidental, Trotsky aprendió las ventajas tácticas de la defensa […] había aprendido también que la victoria definitiva puede alcanzarse solo mediante la acción ofensiva”. Este tipo de conclusiones acompañarán a Trotsky mucho más allá de lo militar, marcarán el tipo de pensamiento que lo distinguirá como estratega revolucionario a lo largo de toda su vida.

* Extracto de Ideas de Izquierda Nro 34.

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