Cultura

Lecturas para el Día de la Madre

Dos lecturas para la sobremesa del domingo.

Sábado 19 de octubre | 08:19

El reloj y nuestras vidas, de Roma

¿Quién eres tú?

Yo... yo ya ni sé quién soy... Al menos sabía quién era cuando me levanté por la mañana, pero he cambiado tantas veces desde entonces...

¿Qué quieres decir con eso? -preguntó, severa, la Oruga- . Explícate!

Me temo no poder explicarme -contestó Alicia-, porque, como usted ve, no soy yo misma...

(Fragmento de: Alicia en el País de las maravillas)

Uno cambia constantemente, pero nuestra vida se condiciona por las agujas del reloj, se asemejan al Conejo Blanco que a la voz de: es tarde, mira incesante su reloj de bolsillo.

También nosotros corremos al sonido de un tic-tac que nunca se detiene, hay horas contadas para descansar, porque los niños van a la escuela, porque hay una hora de trabajo y también horarios para amar.

Son muchas las horas que hay que trabajar, -el cansancio acecha- el mismo que nos arrastra a la cama, no para el placer sino para caer en ella rendidos a la promesa que mañana habrá tiempo para ser feliz, a la espera de caricias de unas sábanas que nos hacen compañía y un ruidoso televisor que dice de amores románticos, placeres que huyen del alcance de la mano.

Son pocas las horas para la educación y los niños, la casa, la comida, ropa sucia que lavar, -mientras el niño grita que quiere jugar-, habrán de calmar sus deseos con juguete nuevo que el mísero sueldo obrero pueda pagar.

Los placeres relegados a migajas por falta de tiempo, perdidos entre ollas sucias y pisos que limpiar, los sueños confundidos con el vaivén de las agujas y el rechinar de las máquinas del taller.

Las horas se oyen lejanas cuando se trata de volver a casa, días enteros que se queda el patrón, días que nos pertenecen y queremos vivirlos, sin dejar nuestras vidas en las líneas de producción o en la precariedad de algún trabajo, entre máquinas chillonas y el tic-tac de un reloj.

Descontrato, de Aldana Almendra

Creo profundamente en despojarse del sabor empalagoso del cariño de cotillón, de la torta y los muñecos

del rol de marido y el rol de mujer

que tiene el gusto de familia

rutina, convivencia, trabajo, tareas, vacaciones

la cama matrimonial que supura por el aire el sexo convertido en institución

¿Para qué ponerle cadenas y candados, títulos y chocolates?

¿Qué es el amor?

Vale pena sentir, tocarse, desearse,

Los besos que no vienen con contrato,

quererse porque quererse es construir algo para uno,

para otro y para la sociedad futura,

Ansío un cariño revolucionario.

Libre de la reproducción,

del deber ser, del señor y señora

de los encuentros al final del horario laboral

Para consolar penas

Para no sentirse solos

Para amar pese a lo que llevan en sus duras espaldas

Hasta que un día explota el hartazgo

Explota la explotación

No quiero que explotemos.

Quiero que explote por los aires esa manera de pensar el amor

Porque cuando haya tiempo para decidir todo será distinto.

Quiero que sembremos amor

libre, abierto, para cosechar la revolución de cada cabeza podrida

por curas y monjas, por promesas de hijos y príncipes

corroídas por los cánones de belleza.

El amor es el respeto y el cuidado del otro y de uno que se construye

únicamente en la experiencia

Y donde se combate el estúpido amor romántico que está en función de vincularse para cumplir con la necesidad de los patrones.

No más calladas y novias. Compañeras, revolucionarias.

¿Qué otro amor puede existir que sea mejor, más real que el que se pueden prestar aquellos, aquellas que prestan su vida por la vida de toda la humanidad?

Las autoras

Roma es operaria en el gremio FATSA. Estudia Derecho en la Universidad de La Matanza.

Aldana Almendra nació en La Plata. Milita en Pan y Rosas, estudia en la Facultad de Bellas Artes. Es rapera y niñera precarizada.







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