Política

OPINIÓN

La vuelta de un debate clásico: sindicatos e izquierda en la Argentina

La lucha de la alimenticia Pepsico Snacks irrumpió en la escena política y reactualizó una polémica esencial: el rol de los sindicatos, sus ambivalencias, fortalezas y debilidades.

Fernando Rosso

@RossoFer

Juan Dal Maso

juandalmaso@gmail.com

Jueves 20 de julio | Edición del día

Cuando todos vaticinaban la entrada a un escenario político con primacía de la compulsa electoral, la “cuestión obrera” irrumpió para patear el tablero. La batalla de PepsiCo actuó como catalizador de un malestar extendido en lo profundo de la clase trabajadora. Es una lucha ejemplar y la manifestación más destacada de un fenómeno que también tuvo otras expresiones como la huelga de los trabajadores de la UTA de la ciudad de Córdoba, la pelea contra los despidos en Atucha o el conflicto de los choferes de la tradicional línea 60 en Buenos Aires.

El trabajo o la influencia de la izquierda en la base de las fábricas y empresas vuelve a ser motivo de polémicas. La capitulación infame del triunvirato de la CGT oficial ante un plan que, con todas las “gradualidades” del caso, intenta avanzar contra conquistas estructurales del movimiento obrero -con la reciente reforma aprobada en Brasil como modelo-, está reconfigurando el mapa sindical argentino. Con una postura combativa, una política de frente único hacia las organizaciones de masas y una orientación tendiente a conquistar el apoyo popular, la lucha de PepsiCo se ubicó en el centro de la política nacional. Valen la pena algunas reflexiones.

Sindicatos, sociedad y Estado

Allá lejos y hace tiempo, algún día del mes de mayo de 1933, el detenido N° 7047 de la cárcel de Turi en Italia, Antonio Gramsci, anotó en las páginas de un cuaderno de tipo escolar que para entender la crisis del parlamentarismo había que estudiar la sociedad civil y en particular el fenómeno sindical. Es decir, el proceso de organización “de los elementos sociales de nueva formación, que anteriormente no tenían ’vela en este entierro’ y que por el solo hecho de unirse modifican la estructura política de la sociedad. Habría que investigar cómo ha sucedido que los viejos sindicalistas sorelianos (o casi) en cierto punto se hayan convertido simplemente en asociacionistas o unionistas en general. Quizá el germen de esta decadencia estaba en el mismo (Georges) Sorel; o sea en un cierto fetichismo sindical o economista.”

En la Argentina del centenario de Mayo, frente al anarquismo y ante un Partido Socialista que privilegiaba la práctica del mero parlamentarismo, surgieron en 1904-1906 los “sindicalistas sorelianos (o casi)” que se constituyeron como corriente sindicalista revolucionaria y oponían la acción sindical a la acción política. Luego de un complejo y largo proceso que comienza con las relaciones de algunos referentes con el gobierno de Hipólito Yrigoyen, los sindicalistas revolucionarios se transformaron en sindicalistas a secas. Sus prácticas e ideas fueron incorporadas posteriormente en el sindicalismo peronista. Previamente habían guardado un conveniente silencio frente a la dictadura del general José Evaristo Uriburu y tuvieron un vínculo estrecho con el gobierno de Agustín P. Justo. Con inteligencia y un poco viveza, Perón tomó de ellos la impronta antipolítica, pero reconduciéndola hacia las buenas relaciones y a la tutela directa del Estado. Sindicalización masiva y estatización, todo en un mismo acto.

Del mito de la huelga general al “nunca me metí en política, siempre fui peronista”, la integración de los sindicatos en el Estado cambió la fisonomía del movimiento obrero argentino. Un proceso que no es exclusivamente criollo, ya que tuvo lugar en los principales países del mundo durante los años de entreguerras.

Otro pensador clásico que tuvo el planeta sin visado durante la mayor parte de la década del ’30 y terminó trágicamente sus días en el exilio mexicano, León Trotsky, reflexionó constantemente sobre esta cuestión fundamental. Y fue en el país de Emiliano Zapata y Pancho Villa donde terminó de configurar la caracterización sobre la peculiar expresión de esta tendencia en América Latina: la estatización y el totalitarismo sindical como factores predominantes para contener y controlar a un movimiento obrero cada vez más fuerte, ante burguesías nacionales estructuralmente débiles.

Esta larga historia de la relación Estado/Sindicatos tiene muchos episodios, pero más allá de la coyuntura, el aparato de los gremios burocratizados cumple un papel central en la conservación del orden estatal y social. Si se puede decir junto a Juan Carlos Portantiero que la Argentina es una formación social que “combina Oriente y Occidente”, en el sentido de un capitalismo periférico o semicolonial pero con una estructura social-estatal compleja; lo es en gran parte por esta relación de los sindicatos con el Estado. Un factor muy significativo de todos los eventos que tuvieron lugar en nuestro país desde 1945 en adelante.

La burocracia sindical es, en este contexto, una casta que tiene una doble faz, actúa como “sociedad civil” cuando cumple un rol más reformista y como “Estado” cuando es un apéndice del control y disciplinamiento. Este doble rol no necesariamente es alternativo. Acorde a las reflexiones gramscianas sobre el “Estado integral” o las de Trotsky sobre la estatización mencionadas antes, esta hibridación de Estado y sociedad civil que tiene lugar en la práctica de la burocracia sindical se da como una simultánea combinación de ambos roles, con un objetivo común: el sostenimiento del orden burgués.

Debe garantizar el mantenimiento de ciertas conquistas mínimas en un sector limitado de la clase trabajadora mientras impone el totalitarismo que aumenta proporcionalmente con la posición estratégica que detenta la fracción de clase a la que, a su manera, representa. El vínculo directo con el Estado se garantiza jurídicamente en estas pampas a través de Ley de Asociaciones Profesionales y mediante los fondos de las Obras Sociales y el cobro compulsivo de la cuota sindical que termina administrando el Estado.

En un texto que tiene casi cincuenta años (“Las limitaciones y posibilidades de la acción sindical”, publicado en Pensamiento Crítico, La Habana, 1968) el marxista inglés Perry Anderson, definió las paradojas del sindicalismo en general de la siguiente manera: “Pero, al mismo tiempo, a causa de la naturaleza paradójica del sindicalismo –un componente del capitalismo que por su naturaleza lo es también antagónico- ni siquiera los peores sindicatos suelen ser meras organizaciones de adaptación a la situación imperante. Si lo fueran, a la larga perderían sus miembros por no obtener ventajas económicas”.

En nuestro país, además de la histórica dependencia estatal, hay que agregar la transformación de ciertos sectores del sindicalismo directamente en empresarios, fortaleciendo un proceso de “extrañamiento” y superestructuralización más profundo, en relación a los intereses de los trabajadores de a pie. Esta tendencia explica tanto la ubicación escandalosamente claudicante del Triunvirato, como el inicial proceso de agrupamiento de sectores más reformistas (Corriente Federal y otras) ante el ajuste de Macri.

En la Argentina existen nada menos que 3.400 gremios que se reparten en partes iguales entre los que tienen personería gremial y los simplemente inscriptos. La simple inscripción es la forma que adoptaron muchos sindicatos que se crearon como alternativa obligada ante la defección de la dirigencia sindical más tradicional (el del Subte de Buenos Aires es el más conocido, pero no el único).

Pese a los avances en las divisiones de un movimiento obrero que fue mucho más compacto en otros tiempos, la densidad sindical en nuestro país es indiscutible. De esta realidad y de la relación estrecha entre Sindicatos y Estado surge una conclusión preliminar: cualquier hipótesis de lucha revolucionaria no puede prescindir de la pelea por recuperar los sindicatos y darle un curso independiente al movimiento obrero, tanto en el terreno de la lucha económica como en la esfera del combate político e ideológico.

Los eslabones débiles

En este territorio organizacional de férreo control existen, igualmente, eslabones débiles. Una dualidad que sigue vigente hasta el día de hoy: la estatización de los sindicatos coexistió y coexiste con el desarrollo de las comisiones internas de reclamos o los cuerpos de delegados, que son una forma elemental de poder obrero en la fábrica y sobre todo, como se dice, mantiene a dirigentes y dirigidos “a la distancia de un puntazo”. Por eso en las comisiones internas suele haber delegados afines a posiciones combativas, de izquierda o directamente organizados en la izquierda política, dado que es en el lugar de trabajo donde más control efectivo pueden hacer las bases de los procesos de elección de representantes. Permite elegir con un poco más libertad a sus referentes, evaluando quiénes son los que defienden sus intereses efectivamente. Es dónde menos mediaciones hay del aparato y por lo tanto donde más puede expresarse la realidad de “los de abajo” del movimiento obrero.

En esta dualidad reside la famosa “anomalía argentina” de la que habló el historiador Adolfo Gilly y que está lejos de ser la síntesis de una coexistencia pacífica.

El peso de las comisiones internas y la organización de base se constata a lo largo de la experiencia histórica de la clase obrera argentina. El último episodio de gran envergadura en este itinerario fue el surgimiento en los años ’70 de los sindicatos clasistas cordobeses primero y las coordinadoras interfabriles en el Gran Buenos Aires después. En ese momento de verdadera polarización social y política, del otro lado de la dualidad, la burocracia sindical participaba activamente de la represión paraestatal de la Alianza Anticomunista Argentina.

Tribunos del pueblo

La presencia de la izquierda trotskista en las comisiones internas y cuerpos de delegados en la historia reciente, es parte de esta singularidad de la lucha de clases en la Argentina. La burocracia sindical sabe que ahí tiene su talón de Aquiles y por eso dice: “El conflicto de PepsiCo es político, cuando termine llamaremos a un plan de lucha”, mientras convoca marchas inofensivas para dentro de un siglo y hace campaña por Sergio Massa o Florencio Randazzo.

La lucha de Pepsico, por la organización democrática de base, por las medidas de acción directa, por la valentía para enfrentar la represión estatal, se ha constituido en un ejemplo nacional; un caso testigo, que desnuda a su vez la nula legitimación de una burocracia sindical que vino funcionando como “columna vertebral” de Macri junto con la mayoría de los parlamentarios y gobernadores del peronismo.

Esta lucha a su vez ha comenzado a cambiar los contornos de la situación política. El colaboracionismo de la CGT está cada vez más cuestionado, se hace más audible el reclamo de un paro nacional o por lo menos alguna medida más contundente para una lucha de masas contra las medidas de Macri. La coyuntura electoral puede atenuar o esconder con el humo de la campaña esta emergencia, lo que no puede hacer de ninguna manera es detenerla porque responde a causas más profundas.

Agreguemos de paso, que de esta situación surge un nuevo episodio de la “anomalía argentina”, que retoma ciertos aspectos de los ’70 pero tiene su singulariad. La comisión interna no se limita a contrapesar el dominio del aparato estatizado únicamente al interior de la fábrica, sino que aparece como organización capaz de promover una política de defensa de los intereses de la clase trabajadora y los sectores populares en el ámbito nacional. Su lucha excede el plano “corporativo” para constituirse en un símbolo para todos los agraviados. Las centrales y sindicatos que tienen un discurso de mayor confrontación (otra cosa es la práctica) debieron sumar su apoyo e incluso participar de la movilización. La lucha ejemplar de una fábrica tuvo la potencia para generar ese nivel elemental de frente único obrero. Todo indica que sólo fue el primer episodio de una tendencia que se repetirá en el futuro más o menos inmediato. Y como lección rompe con todo mecanicismo “evolucionista” que afirma que primero se gana la interna, luego el sindicato, luego la Federación y así. Con una política audaz y creativa se puede demostrar que gris es el mecanicismo y verde el árbol de la lucha viva.

Por último una conclusión política: cuando el conjunto de la narrativa de los partidos y coaliciones en campaña se “ciudadaniza” (el FIT es la clara excepción), intentando enterrar por enésima vez a la clase obrera en un océano de discursos; ésta volvió a hacer escuchar el ruido metálico de su voz para decirles a todos y todas que los muertos que vos matasteis gozan de buena salud.






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